jueves, 29 de mayo de 2014

Capítulo 6: Voluntades



Un coágulo de sangre pareció acumularse en la vena que surcaba el dorso de su mano derecha. La sensación fue secundada por una especie de calambre eléctrico que le tensó los dedos índice y anular de la misma mano; fue entonces que notó una pequeña fisura avanzando por la superficie de un plato a medio lavar. El agua jabonosa corría a medida que intentaba limpiar las manchas rojas de la salsa de tomate, pero antes de que pudiera continuar, el plato se rompió como si se hubiera precipitado desde lo alto, dejando trozos blancos de losa desperdigados sobre el frío metal del fregadero.
Hace varios años, en número de “ciencia para todos”, Ralph había leído como la temperatura podía afectar las estructuras sólidas y entonces pensó que el plato había sido víctima de dicho fenómeno; pero la certeza se esfumó, diluida por un evento sin precedentes, una manifestación casi diabólica para Ralph, quien perdiendo la fuerza de la mandíbula, retrocedió entre tambaleos chocando de espaldas contra el refrigerador que en ese momento no paraba de rugir.

Cada pequeño trozo se elevó atrapado por la caricia ingrávida de una fuerza invisible. ¿Miedo?, sería natural sentirlo, pero Ralph se mantuvo quieto e inexpresivo; una parte de él, una parte sepultada por toneladas de dudas y miedos, se estremeció desde lo más profundo, produciendo una especie de cosquilleo gutural.
Los trozos de losa se mantuvieron pegados en el techo por algunos segundos, luego cayeron como una lluvia blanquecina produciendo un repiqueteo agudo.
Las pantuflas de Ralph se separaron  de los pies y fueron a dar a los rincones más oscuros de la cocina. El hombre yacía ahora con una expresión atrasada de asombro y sentado sobre el suelo frío.

Las primeras horas del día contornearon las casas circundantes y finalmente la de Ralph White, cuya fachada era cubierta en parte por un manzano anciano.
Ruth Hemingway, cerca de las ocho de la mañana, salió a fumar su primer y único cigarro del día, costumbre adquirida luego de haber asistido a varias sesiones semanales para adictos al tabaco.
De la misma manera varios ojos se abrieron a esas horas, algunos para leer algún periódico recién lanzado a la puerta, otros simplemente perdidos en las profundidades inescrutables de un café recién preparado.
No se podía esperar nada nuevo en aquel momento, los sonidos de siempre se reiteraron; algunas aves cantaron por encima de las ramas masajeadas por el aire, uno que otro vehículo alejándose en la calle perpendicular, un autobús escolar pasa y se va; nada del otro mundo.
El Sr. Lance, un octogenario que parecía irradiar un constante mal humor, se preparaba para un viaje a casa de su hija. Lucía una chaqueta de pana algo desgastada por los años, una boina le cubría la calva salpicada de manchas hepáticas y los pantalones de beige parecían ser más cortos de lo normal, quizás por la obsesión casi tradicional de llevar el cinturón un poco por encima de la altura del ombligo.
Una maleta de tamaño medio yacía junto a él, y al juzgar por su postura inmutable podría decirse que esperaba a que alguien lo recogiera.

Efectivamente, un automóvil se aproximó por la esquina cercana, era ni más ni menos que la silueta artística e inconfundible de un Porsche 356, color plateado, indudablemente con un dueño joven. El rostro del Sr. Lance pasó de muerto a vivo en segundos. Justo cuando el anciano se disponía a recoger su maleta alguien se le adelantó, a paso fugaz, dejando detrás el sonido de una puerta cerrándose.
Abraham Lance tenía treinta y dos años; no era amigo de la modestia en lo absoluto, lo que quedaba evidenciado en un traje de corte italiano y en una ostentosa hilera de anillos que precedían a unos nudillos frágiles.
Luego de saludar afectuosamente a su padre ambos entraron al auto y entonces sucedió lo que se supone no debía suceder; una ruptura, una chispa, un suceso que se repetiría algunos años después.

Para Abraham Lance no tenía gracia alguna lo que acababa de suceder. La primera idea: un niño de diez o tal vez trece años se había hecho el gracioso y le había lanzado una piedra al parabrisas de su auto, la segunda idea, más absurda y obviamente descartable: una lluvia de piedras estaba a punto de comenzar. Desechar la segunda opción fue rápido e instintivo, tanto que podría decirse que apenas existió como concepto en la mente furiosa de Abraham. No tenía idea de lo cerca que estuvo de convertirse en adivino.
Finalmente sucedió; el granizado gris se dejó caer sobre aquella olvidada calle de Chamberlain. Los techos de varias casas fueron dañados, Ruth Hemingway saltó aterrada luego de que una pequeña piedrecilla diera de lleno contra su pie izquierdo.
Aunque el caos que secundó la llovizna sembró más miedo que incertidumbre, pronto esta última se propagó como un virus; y no fue por las grietas provocadas, ni tampoco por las innumerables ventanas destrozadas… lo más extraño fue que al cabo de un rato no había rastro de piedra alguna… incluso dentro de las casas; como si los muertos guijarros se hubieran puesto de acuerdo para desvanecerse al primer pestañeo.

Ese día el Sr.Lance y su hijo Abraham viajaron a Texas, no sin antes acudir a la policía y armar un escándalo con la compañía de seguros. Ruth Hemingway se dedicó parte de la tarde a recoger algunos platos de porcelana rotos y a telefonear a algún contratista para reparar los daños en su tejado.
La Sra. Pinderton, una mujer recatada y de aire protocolar intentaba disimular su miedo tensando unas cejas angulosas y apretando el labio inferior. Sus dedos temblaban y no paraba de manifestar su desdicha con elocuencia desbocada. Luego de unos momentos entró a su casa y comenzó a telefonear a su sobrino, Duncan, un joven periodista primerizo. Claro, la llegada del esperanzado Duncan no tuvo sino decepciones consecutivas. Por un momento pensó que su carrera se dispararía y tendría la oportunidad de ascender en el edificio del “Small Empire”; pero no encontró nada más que testimonios y perforaciones en techos, vidrios y algunos infortunados accidentes que involucraban uno que otro cráneo fracturado.

La hipótesis de una broma no fue descartada. Pero la desaparición de las piedras seguía siendo un misterio; Duncan sabía que en el fondo el reportaje solo quedaría como otro rollo sobrenatural y especulativo sin peso noticioso. Algo parecido a lo que había sucedido con la desaparición masiva de ganado en las localidades rurales aledañas hace más de cinco años.
Mientras todo el mundo intentaba explicarse el porqué de tan abrupto y desconocido “fenómeno climático”, Ralph White descansaba con un libro en la mano, “Brujería en el siglo XIX y XX”. El ejemplar yacía abierto sobre la panza de Ralph y el lomo lucía un llamativo diseño, una línea dorada e ininterrumpida se extendía de punta a punta ilustrando lo que parecía ser la cadena evolutiva de Darwin, con la diferencia notoria de un hombre levitando como el último eslabón.

A unos cuantos kilómetros de distancia, Margaret Brigham reparaba un dañado pantalón, sometiendo una delicada tela negra a las punzadas limpias de una aguja reluciente entre sus dedos. Había comenzado hace una hora, antes de que el día aclarara; era de aquellas personas que gustaban de exprimir cada segundo disponible.

—Recuerda que la Sra. Holiday vendrá por su vestido a las cuatro.
—Ya está listo—dijo la mujer ladeando el rostro con una sonrisa suave—. Ahora estoy trabajando en las cortinas que me encargaron en el orfanato.
—Eres un ángel en la tierra hija mía—dijo John Tobías Brigham acariciando la mollera cobriza de Margaret. Esta le devolvió una mirada teñida de infantilidad y luego volvió a concentrarse en su incesante labor.

Coser era sin lugar a dudas una de las actividades que mejor se le daban a Margaret; costumbre transformada, fortuitamente, en tradición; un arte doméstico inmortalizado por las experimentadas manos de su abuela, la que, con esmero, había traspasado a su hija y esta con igual entusiasmo a la suya. Al final de esta cadena maternal de enseñanzas, la ya no tan pequeña Margaret se esmeraba a tal grado, que sus pensamientos poco a poco comenzaban a adquirir la textura y color del género, de modo que durante un instante no supo si estaba pensando en el clima o en un diseño consecutivo de cuadros y lunares azulados.

Ralph White levantó su pierna derecha, la que a esas alturas parecía pesar varias toneladas. Cuando intentó hacer lo mismo con la izquierda no reparó en que sus dedos se habían enganchado con un pliegue de las sábanas y la pereza le negó toda posibilidad de evitar llevar consigo la enorme masa blanca que se había acumulado entre el desorden. Aún con los ojos cerrados, presionó el puente de la nariz entre el dedo pulgar y el índice; luego froto violentamente la palma de sus manos contra el rostro, como si intentara sacarse algún químico infecto.
Cuando sus ojos se abrieron un paisaje bastante peculiar lo rodeaba. Lo que llamaba más la atención era el pequeño candelabro comprado en una tienda de segunda mano; yacía roto sobre la alfombra; a su vez, esta última lucía una especie de líquido recién esparcido, probablemente del florero roto que brillaba entre el espacio del mueble de los calcetines y la puerta a medio abrir.
Los libros… irrecuperables; las páginas estaban repartidas en la habitación como un esquema irregular de rectángulos caóticos.
Entre las preocupaciones más comunes, o al menos, las que primero debieron acudir al pensamiento inmediato estarían: “¿Y ahora cómo pago los libros?” “¿Quién carajo entró a mi casa anoche?” “¿Me quitarán la identificación de la biblioteca?”; pero Ralph comenzaba a experimentar cierto regocijo que pronto nubló todo atisbo de desconcierto.
Luego de pestañar con intensidad se incorporó y giró sobre sus talones. El muro contiguo a la cama lucía  varias grietas que como venas oscuras se extendían hasta tocar el techo. Notó que la ventana estaba abierta de par en par y que el aire freso entraba a bocanadas intermitentes, trayendo consigo el aroma del pasto húmedo.

Durante gran parte de la tarde, Ralph estuvo pensando en la manera de acercarse a Margaret sin que su padre se enterara; tenía que estar con ella, tenía que decirle miles de cosas, tenía que… tenía que.
De momento se contentó con un café caliente, luego encendió la radio y mientras un suculento jazz alcanzaba cada rincón de la casa se puso a meditar, sentado en la sala de estar, con el rostro apoyado en los nudillos y el codo sobre uno de los brazos del sillón. En aquella posición imperturbable la luz del amanecer, que fluía libre entre las dos casas que yacían frente a la suya, le rozaba la frente justo por encima de los ojos.
No despegó la vista del cristal sucio de su ventana, empezó a asociar la forma de las manchas irregulares de polvo con imágenes y el esparcimiento mental que pronto le nubló los pensamientos se detuvo de golpe cuando la luz del solo le dio al fin justo en los ojos. Apartó la vista con los ojos cerrados y la nariz arrugada, pero el fulgor cesó de inmediato y para cuando Ralph se disponía a juntar  las cortinas notó que estas ya lo estaban.

El siguiente encuentro “casual” entre Margaret y Ralph se dio—maquinado por este último—en una amplia calle transitada, un espacio que separaba la barbería de Sam con una florería modesta cuya fachada evocaba un aire agreste.
La había seguido durante quince minutos, después de haberla divisado en una tienda de géneros. El día se había nublado, de modo que las solapas del abrigo largo que llevaba puesto y la bufanda que circundaban su cuello le cubrían en parte el rostro; tan curioso como perturbado.
Intentó muchas veces acercarse de forma cautelosa, pero no tardaba en aparecer un miedo irracional que le fijaba los pies al suelo y le oprimía la garganta. Fueron tres intentos: uno cerca de un parque, otro cerca de una cafetería y el tercer intento recién frustrado; en medio de la calle, escondido entre sus ropas y con esperanza lánguida.
Sus miradas estaban a punto de entrar en contacto, del mismo modo en que lo habían hecho aquella vez en el supermercado; pero la repentina y fugaz aparición de un camión perturbó el plan de Ralph, tanto que este no pudo evitar una mueca breve de frustración.

Una bolsa de tela oscilaba libre bajo el antebrazo de Margaret Brigham; dentro varios pliegues con diferentes diseños se amontonaban unos sobre otros confiriendo al paquete entero una textura suave e hinchada.
La mujer entró a una tienda de amplios ventanales, una vez dentro una anciana atendió a su presencia con una sonrisa cálida y luego de hablar por varios minutos Margaret comenzó a examinar un muestrario con agujas de varios tamaños. Luego se dirigió a otro rincón del local para examinar minuciosamente una masa colorida de madejas de lana. Durante los quince minutos que ella estuvo dentro, la mirada de Ralph no se despegó; yacía fijada, no por un anhelo acosador; lo que sin duda pudo haber sido, sino más bien por lo que hasta esas alturas se había vuelto una costumbre, un instinto automático: asechar a la mujer que durante el último mes había ocupado un lugar significativo en sus sueños más privados, el único ser sobre la tierra que le caía bien a sus sentidos.

Tomó una bocanada de aire y luego se dispuso a volver a casa. Durante los próximos tres días la rutina fue la misma; siempre asegurándose de que Margaret nunca pudiese verlo. Cuando volvió a casa un Jueves frío, prendió la chimenea cuyo corazón incandescente no había iluminado la sala de estar desde que el anterior dueño de la casa había sentido los primeros indicios de los días otoñales.
Durante varias horas buscó en los clasificados, algún empleo para ganarse la vida y de paso para mantener la mente ocupada.
Fue durante aquella cavilación acompañada de óvalos rojos dibujados sobre la superficie del periódico, que una mosca voló cerca de Ralph, moviéndose de forma errática, trazando curvas y rectas rápidas, violentas; un patrón irregular que no tardó en volverse desesperante, sobre todo porque el sonido emitido por el insecto pasaba de la oreja izquierda a la derecha.

Cuando la paciencia de Ralph se había acabado, cual hilo tensado y luego cortado, decidió acabar con la vida de aquella pequeña erinia en miniatura. Tomó el mismo periódico donde estaba buscando trabajo, lo enrolló con apremio vengativo, apretó la lengua con los labios en una expresión concentrada y arremetió contra la mosca.
El puntito negro posado sobre la mesa de madera desapareció, pero no había rastro alguno de su muerte en el rollo de papel, tampoco sobre la superficie de la mesa… la muy desgraciada se había posado con descaro sobre la frente sudada de Ralph, este se golpeó la zona con la palma abierta; tan fuerte había sido el golpe que fácilmente pudo ser confundido con un aplauso. La mosca seguía viva, aún rigiendo invicta su pequeño trozo de cielo.
Pasaron algunos minutos de lucha interminable entre los zumbidos inoportunos y los intermitentes ataques de ira que terminaban por destrozar uno que otro objeto de vidrio o porcelana. La escena se había convertido en una representación—al menos desde el punto de visa de algún director de cine—del odio más intenso y la respuesta más provocativa.
Cuando pudo ver nuevamente a la pequeña existencia negra, notó que esta se posó inerte sobre el periódico enrollado. Nunca había deseado tanto terminar con la vida de una mosca, pero el tedio parecía superar poco a poco a su impaciencia.

Mosca de mierda, como desearía que… como desearía que te quemaras… ¡sí!, quémate puta mosca hija de…”

No era sencillo para Ralph desahogarse en un medio tan inmaterial e ilimitado como su imaginación… pero cuando dicho desquite pasaba  a un plano real y lo hacía acompañado de una orden imposible de negar, las cosas se ponían interesantes.
Sucedió que estando la lámpara encendida metro y medio de la mesa, el insecto, atraído por la intensa aura blanca de la ampolleta voló hacía ella como lo haría una polilla devota a las formas luminosas. Siguiendo la ruta trágica que emula las puertas de un paraíso cuyo interior solo ofrece fuegos violentos.
Cuando se posó sobre el vidrio caliente no tardó en doblar las piernas, como si una fuerza la fijara… y ahí se quedó hasta que el calor de cien wats terminó por desprender sus miembros tras emitir un ligero repiqueteo.

Luego de probar su nuevo don con dos moscas más, tres ardillas, un perro…era el momento de dar el siguiente paso y Ralph solo pudo pensar en el nombre de una persona.