Un
coágulo de sangre pareció acumularse en la vena que surcaba el dorso de su mano
derecha. La sensación fue secundada por una especie de calambre eléctrico que
le tensó los dedos índice y anular de la misma mano; fue entonces que notó una
pequeña fisura avanzando por la superficie de un plato a medio lavar. El agua
jabonosa corría a medida que intentaba limpiar las manchas rojas de la salsa de
tomate, pero antes de que pudiera continuar, el plato se rompió como si se hubiera
precipitado desde lo alto, dejando trozos blancos de losa desperdigados sobre
el frío metal del fregadero.
Hace
varios años, en número de “ciencia para
todos”, Ralph había leído como la temperatura podía afectar las estructuras
sólidas y entonces pensó que el plato había sido víctima de dicho fenómeno;
pero la certeza se esfumó, diluida por un evento sin precedentes, una manifestación
casi diabólica para Ralph, quien perdiendo la fuerza de la mandíbula,
retrocedió entre tambaleos chocando de espaldas contra el refrigerador que en
ese momento no paraba de rugir.
Cada
pequeño trozo se elevó atrapado por la caricia ingrávida de una fuerza
invisible. ¿Miedo?, sería natural sentirlo, pero Ralph se mantuvo quieto e
inexpresivo; una parte de él, una parte sepultada por toneladas de dudas y
miedos, se estremeció desde lo más profundo, produciendo una especie de
cosquilleo gutural.
Los
trozos de losa se mantuvieron pegados en el techo por algunos segundos, luego
cayeron como una lluvia blanquecina produciendo un repiqueteo agudo.
Las
pantuflas de Ralph se separaron de los
pies y fueron a dar a los rincones más oscuros de la cocina. El hombre yacía
ahora con una expresión atrasada de asombro y sentado sobre el suelo frío.
Las
primeras horas del día contornearon las casas circundantes y finalmente la de
Ralph White, cuya fachada era cubierta en parte por un manzano anciano.
Ruth
Hemingway, cerca de las ocho de la mañana, salió a fumar su primer y único
cigarro del día, costumbre adquirida luego de haber asistido a varias sesiones
semanales para adictos al tabaco.
De
la misma manera varios ojos se abrieron a esas horas, algunos para leer algún
periódico recién lanzado a la puerta, otros simplemente perdidos en las
profundidades inescrutables de un café recién preparado.
No
se podía esperar nada nuevo en aquel momento, los sonidos de siempre se
reiteraron; algunas aves cantaron por encima de las ramas masajeadas por el
aire, uno que otro vehículo alejándose en la calle perpendicular, un autobús
escolar pasa y se va; nada del otro mundo.
El
Sr. Lance, un octogenario que parecía irradiar un constante mal humor, se
preparaba para un viaje a casa de su hija. Lucía una chaqueta de pana algo
desgastada por los años, una boina le cubría la calva salpicada de manchas
hepáticas y los pantalones de beige parecían ser más cortos de lo normal,
quizás por la obsesión casi tradicional de llevar el cinturón un poco por
encima de la altura del ombligo.
Una
maleta de tamaño medio yacía junto a él, y al juzgar por su postura inmutable
podría decirse que esperaba a que alguien lo recogiera.
Efectivamente,
un automóvil se aproximó por la esquina cercana, era ni más ni menos que la
silueta artística e inconfundible de un Porsche
356, color plateado, indudablemente con un dueño joven. El rostro del Sr.
Lance pasó de muerto a vivo en segundos. Justo cuando el anciano se disponía a
recoger su maleta alguien se le adelantó, a paso fugaz, dejando detrás el
sonido de una puerta cerrándose.
Abraham
Lance tenía treinta y dos años; no era amigo de la modestia en lo absoluto, lo
que quedaba evidenciado en un traje de corte italiano y en una ostentosa hilera
de anillos que precedían a unos nudillos frágiles.
Luego
de saludar afectuosamente a su padre ambos entraron al auto y entonces sucedió
lo que se supone no debía suceder; una ruptura, una chispa, un suceso que se
repetiría algunos años después.
Para
Abraham Lance no tenía gracia alguna lo que acababa de suceder. La primera
idea: un niño de diez o tal vez trece años se había hecho el gracioso y le
había lanzado una piedra al parabrisas de su auto, la segunda idea, más absurda
y obviamente descartable: una lluvia de piedras estaba a punto de comenzar.
Desechar la segunda opción fue rápido e instintivo, tanto que podría decirse
que apenas existió como concepto en la mente furiosa de Abraham. No tenía idea
de lo cerca que estuvo de convertirse en adivino.
Finalmente
sucedió; el granizado gris se dejó caer sobre aquella olvidada calle de
Chamberlain. Los techos de varias casas fueron dañados, Ruth Hemingway saltó
aterrada luego de que una pequeña piedrecilla diera de lleno contra su pie
izquierdo.
Aunque
el caos que secundó la llovizna sembró más miedo que incertidumbre, pronto esta
última se propagó como un virus; y no fue por las grietas provocadas, ni
tampoco por las innumerables ventanas destrozadas… lo más extraño fue que al
cabo de un rato no había rastro de piedra alguna… incluso dentro de las casas;
como si los muertos guijarros se hubieran puesto de acuerdo para desvanecerse
al primer pestañeo.
Ese
día el Sr.Lance y su hijo Abraham viajaron a Texas, no sin antes acudir a la
policía y armar un escándalo con la compañía de seguros. Ruth Hemingway se
dedicó parte de la tarde a recoger algunos platos de porcelana rotos y a
telefonear a algún contratista para reparar los daños en su tejado.
La
Sra. Pinderton, una mujer recatada y de aire protocolar intentaba disimular su
miedo tensando unas cejas angulosas y apretando el labio inferior. Sus dedos
temblaban y no paraba de manifestar su desdicha con elocuencia desbocada. Luego
de unos momentos entró a su casa y comenzó a telefonear a su sobrino, Duncan,
un joven periodista primerizo. Claro, la llegada del esperanzado Duncan no tuvo
sino decepciones consecutivas. Por un momento pensó que su carrera se
dispararía y tendría la oportunidad de ascender en el edificio del “Small
Empire”; pero no encontró nada más que testimonios y perforaciones en techos,
vidrios y algunos infortunados accidentes que involucraban uno que otro cráneo
fracturado.
La
hipótesis de una broma no fue descartada. Pero la desaparición de las piedras
seguía siendo un misterio; Duncan sabía que en el fondo el reportaje solo
quedaría como otro rollo sobrenatural y especulativo sin peso noticioso. Algo
parecido a lo que había sucedido con la desaparición masiva de ganado en las
localidades rurales aledañas hace más de cinco años.
Mientras
todo el mundo intentaba explicarse el porqué de tan abrupto y desconocido
“fenómeno climático”, Ralph White descansaba con un libro en la mano, “Brujería
en el siglo XIX y XX”. El ejemplar yacía abierto sobre la panza de Ralph y el
lomo lucía un llamativo diseño, una línea dorada e ininterrumpida se extendía
de punta a punta ilustrando lo que parecía ser la cadena evolutiva de Darwin,
con la diferencia notoria de un hombre levitando como el último eslabón.
A
unos cuantos kilómetros de distancia, Margaret Brigham reparaba un dañado
pantalón, sometiendo una delicada tela negra a las punzadas limpias de una
aguja reluciente entre sus dedos. Había comenzado hace una hora, antes de que
el día aclarara; era de aquellas personas que gustaban de exprimir cada segundo
disponible.
—Recuerda
que la Sra. Holiday vendrá por su vestido a las cuatro.
—Ya
está listo—dijo la mujer ladeando el rostro con una sonrisa suave—. Ahora estoy
trabajando en las cortinas que me encargaron en el orfanato.
—Eres
un ángel en la tierra hija mía—dijo John Tobías Brigham acariciando la mollera
cobriza de Margaret. Esta le devolvió una mirada teñida de infantilidad y luego
volvió a concentrarse en su incesante labor.
Coser
era sin lugar a dudas una de las actividades que mejor se le daban a Margaret; costumbre
transformada, fortuitamente, en tradición; un arte doméstico inmortalizado por
las experimentadas manos de su abuela, la que, con esmero, había traspasado a
su hija y esta con igual entusiasmo a la suya. Al final de esta cadena maternal
de enseñanzas, la ya no tan pequeña Margaret se esmeraba a tal grado, que sus
pensamientos poco a poco comenzaban a adquirir la textura y color del género,
de modo que durante un instante no supo si estaba pensando en el clima o en un
diseño consecutivo de cuadros y lunares azulados.
Ralph
White levantó su pierna derecha, la que a esas alturas parecía pesar varias
toneladas. Cuando intentó hacer lo mismo con la izquierda no reparó en que sus
dedos se habían enganchado con un pliegue de las sábanas y la pereza le negó
toda posibilidad de evitar llevar consigo la enorme masa blanca que se había
acumulado entre el desorden. Aún con los ojos cerrados, presionó el puente de
la nariz entre el dedo pulgar y el índice; luego froto violentamente la palma
de sus manos contra el rostro, como si intentara sacarse algún químico infecto.
Cuando
sus ojos se abrieron un paisaje bastante peculiar lo rodeaba. Lo que llamaba
más la atención era el pequeño candelabro comprado en una tienda de segunda
mano; yacía roto sobre la alfombra; a su vez, esta última lucía una especie de
líquido recién esparcido, probablemente del florero roto que brillaba entre el
espacio del mueble de los calcetines y la puerta a medio abrir.
Los
libros… irrecuperables; las páginas estaban repartidas en la habitación como un
esquema irregular de rectángulos caóticos.
Entre
las preocupaciones más comunes, o al menos, las que primero debieron acudir al pensamiento
inmediato estarían: “¿Y ahora cómo pago
los libros?” “¿Quién carajo entró a mi casa anoche?” “¿Me quitarán la
identificación de la biblioteca?”; pero Ralph comenzaba a experimentar
cierto regocijo que pronto nubló todo atisbo de desconcierto.
Luego
de pestañar con intensidad se incorporó y giró sobre sus talones. El muro
contiguo a la cama lucía varias grietas
que como venas oscuras se extendían hasta tocar el techo. Notó que la ventana
estaba abierta de par en par y que el aire freso entraba a bocanadas
intermitentes, trayendo consigo el aroma del pasto húmedo.
Durante
gran parte de la tarde, Ralph estuvo pensando en la manera de acercarse a
Margaret sin que su padre se enterara; tenía que estar con ella, tenía que
decirle miles de cosas, tenía que… tenía que.
De
momento se contentó con un café caliente, luego encendió la radio y mientras un
suculento jazz alcanzaba cada rincón de la casa se puso a meditar, sentado en la
sala de estar, con el rostro apoyado en los nudillos y el codo sobre uno de los
brazos del sillón. En aquella posición imperturbable la luz del amanecer, que
fluía libre entre las dos casas que yacían frente a la suya, le rozaba la
frente justo por encima de los ojos.
No
despegó la vista del cristal sucio de su ventana, empezó a asociar la forma de
las manchas irregulares de polvo con imágenes y el esparcimiento mental que
pronto le nubló los pensamientos se detuvo de golpe cuando la luz del solo le
dio al fin justo en los ojos. Apartó la vista con los ojos cerrados y la nariz
arrugada, pero el fulgor cesó de inmediato y para cuando Ralph se disponía a juntar
las cortinas notó que estas ya lo
estaban.
El
siguiente encuentro “casual” entre Margaret y Ralph se dio—maquinado por este
último—en una amplia calle transitada, un espacio que separaba la barbería de
Sam con una florería modesta cuya fachada evocaba un aire agreste.
La
había seguido durante quince minutos, después de haberla divisado en una tienda
de géneros. El día se había nublado, de modo que las solapas del abrigo largo
que llevaba puesto y la bufanda que circundaban su cuello le cubrían en parte
el rostro; tan curioso como perturbado.
Intentó
muchas veces acercarse de forma cautelosa, pero no tardaba en aparecer un miedo
irracional que le fijaba los pies al suelo y le oprimía la garganta. Fueron
tres intentos: uno cerca de un parque, otro cerca de una cafetería y el tercer
intento recién frustrado; en medio de la calle, escondido entre sus ropas y con
esperanza lánguida.
Sus
miradas estaban a punto de entrar en contacto, del mismo modo en que lo habían
hecho aquella vez en el supermercado; pero la repentina y fugaz aparición de un
camión perturbó el plan de Ralph, tanto que este no pudo evitar una mueca breve
de frustración.
Una
bolsa de tela oscilaba libre bajo el antebrazo de Margaret Brigham; dentro
varios pliegues con diferentes diseños se amontonaban unos sobre otros
confiriendo al paquete entero una textura suave e hinchada.
La
mujer entró a una tienda de amplios ventanales, una vez dentro una anciana
atendió a su presencia con una sonrisa cálida y luego de hablar por varios
minutos Margaret comenzó a examinar un muestrario con agujas de varios tamaños.
Luego se dirigió a otro rincón del local para examinar minuciosamente una masa
colorida de madejas de lana. Durante los quince minutos que ella estuvo dentro,
la mirada de Ralph no se despegó; yacía fijada, no por un anhelo acosador; lo
que sin duda pudo haber sido, sino más bien por lo que hasta esas alturas se
había vuelto una costumbre, un instinto automático: asechar a la mujer que
durante el último mes había ocupado un lugar significativo en sus sueños más
privados, el único ser sobre la tierra que le caía bien a sus sentidos.
Tomó
una bocanada de aire y luego se dispuso a volver a casa. Durante los próximos
tres días la rutina fue la misma; siempre asegurándose de que Margaret nunca
pudiese verlo. Cuando volvió a casa un Jueves frío, prendió la chimenea cuyo
corazón incandescente no había iluminado la sala de estar desde que el anterior
dueño de la casa había sentido los primeros indicios de los días otoñales.
Durante
varias horas buscó en los clasificados, algún empleo para ganarse la vida y de
paso para mantener la mente ocupada.
Fue
durante aquella cavilación acompañada de óvalos rojos dibujados sobre la
superficie del periódico, que una mosca voló cerca de Ralph, moviéndose de
forma errática, trazando curvas y rectas rápidas, violentas; un patrón
irregular que no tardó en volverse desesperante, sobre todo porque el sonido
emitido por el insecto pasaba de la oreja izquierda a la derecha.
Cuando
la paciencia de Ralph se había acabado, cual hilo tensado y luego cortado,
decidió acabar con la vida de aquella pequeña erinia en miniatura. Tomó el
mismo periódico donde estaba buscando trabajo, lo enrolló con apremio
vengativo, apretó la lengua con los labios en una expresión concentrada y
arremetió contra la mosca.
El
puntito negro posado sobre la mesa de madera desapareció, pero no había rastro alguno
de su muerte en el rollo de papel, tampoco sobre la superficie de la mesa… la
muy desgraciada se había posado con descaro sobre la frente sudada de Ralph,
este se golpeó la zona con la palma abierta; tan fuerte había sido el golpe que
fácilmente pudo ser confundido con un aplauso. La mosca seguía viva, aún
rigiendo invicta su pequeño trozo de cielo.
Pasaron
algunos minutos de lucha interminable entre los zumbidos inoportunos y los
intermitentes ataques de ira que terminaban por destrozar uno que otro objeto
de vidrio o porcelana. La escena se había convertido en una representación—al
menos desde el punto de visa de algún director de cine—del odio más intenso y
la respuesta más provocativa.
Cuando
pudo ver nuevamente a la pequeña existencia negra, notó que esta se posó inerte
sobre el periódico enrollado. Nunca había deseado tanto terminar con la vida de
una mosca, pero el tedio parecía superar poco a poco a su impaciencia.
“Mosca de mierda, como desearía que… como
desearía que te quemaras… ¡sí!, quémate puta mosca hija de…”
No
era sencillo para Ralph desahogarse en un medio tan inmaterial e ilimitado como
su imaginación… pero cuando dicho desquite pasaba a un plano real y lo hacía acompañado de una
orden imposible de negar, las cosas se ponían interesantes.
Sucedió
que estando la lámpara encendida metro y medio de la mesa, el insecto, atraído
por la intensa aura blanca de la ampolleta voló hacía ella como lo haría una
polilla devota a las formas luminosas. Siguiendo la ruta trágica que emula las
puertas de un paraíso cuyo interior solo ofrece fuegos violentos.
Cuando
se posó sobre el vidrio caliente no tardó en doblar las piernas, como si una
fuerza la fijara… y ahí se quedó hasta que el calor de cien wats terminó por
desprender sus miembros tras emitir un ligero repiqueteo.
Luego
de probar su nuevo don con dos moscas más, tres ardillas, un perro…era el momento de dar el siguiente paso y Ralph solo pudo pensar en el nombre de una
persona.