miércoles, 26 de febrero de 2014

Capítulo 3: La primera vez de Ralph



—¿Podrías decirnos que sucedió? —inquirió el policía con tono comprensivo.
Frente a él, un niño taciturno balanceaba su espalda como una rama atrapada por el viento. La capa de sudor que nacía en la base de su cabello le confería una apariencia acentuada de nerviosismo.
El suéter a rombos iba combinado con una camisa del mismo color esmeralda, el cuello de la prenda denotaba descuido en cada arruga expuesta. Apoyó sus pequeñas manos entre los muslos y unió los pulgares tiritones antes de responder:
—Yo… Yo solo…—se mordió el labio inferior con fuerza, luego su mentón se tensó de modo que el color rojo de la carne se tornó blanco—.Yo solo le dije que me dejara tranquilo, le pedí que me dejará tranquilo.
—¿Al padre Ismael? —la vista del uniformado se agudizó sobre una gota de sudor que recorrió la cien del pequeño Ralph.
—Sí, le pedí… le pedí que no me molestara, que quería estar solo.
La imagen del padre fue evocada nuevamente, con el horror característico de los traumas recién implantados; la figura del padre Ismael, decorada por la fantasía infantil, por la exageración del miedo súbito: era un demonio, de dientes filosos, lengua serpenteante y mirada lasciva. Si no lo haces nunca dejaré que te adopten, mocoso. Es la voluntad del Señor, debes entregarte a sus mandatos, decía el demonio con sotana, mientras se interponía entre Ralph y la puerta de la habitación.

—¿Ralph? ¿estás bien? —la pregunta lo sacó del oscuro trance, sacudió la cabeza y cerró los párpados con tanta fuerza que las arrugas se precipitaron hacía el centro de su rostro, luego agregó, sin aflojar el rictus temeroso:
—Luego pas eso—Ralph mantuvo los ojos cerrados, se llevó las manos hacia ambos lados de la cabeza y agregó—: Eso que tengo adentro, lo empujó por la ventana.
—¿Disculpa? —el policía ladeó el rostro mientras apoyaba el antebrazo en la mesa dispuesta en medio del vestíbulo del orfanato—. ¿Qué llevas dentro? ¿un arma?.
—No sé, creo. Solo pasó de repente, le dije que se fuera y luego salió disparado por la ventana.
—¿Suicidio? —preguntó un segundo policía, parado detrás de su colega.
—¿Desde cuándo una persona puede volar seis metros horizontalmente? —arqueó una ceja para enfatizar la ironía—. ¿Y sin tomar impulso? —luego movió la cabeza en ademan negativo y se dirigió a una de las encargadas del orfanato—: ¿Está segura de que no había nadie más en la habitación.
—Estoy segura—respondió Berta Bower mirando a Ralph de reojo como si fuera el mismísimo anticristo.



Periódico local de Chamberlain- 26 de noviembre de 1938 (Extracto)

Conmoción ha provocado la misteriosa muerte del padre Ismael Duke, quién fue encontrado muerto la noche de este 25 de noviembre en el Orfanato central de Chamberlain. El cuerpo fue retirado el mismo día por personal forense. Aunque no se sabe a ciencia cierta la causa del fallecimiento, expertos afirman que pudo tratarse de un suicidio, aunque no se han reunido las pruebas suficientes para constatarlo como tal. El cuerpo fue perforado por las protecciones de la verja del orfanato, las mortales heridas perforaron su hígado y pulmón derecho. Testigos afirman que el cuerpo se movió durante tres segundos antes de quedar completamente inmóvil…



Al día siguiente Berta Bower llamó a Carl White para tramitar la adopción de Ralph. Éste solo pudo inferir que el chico había presenciado un terrible suceso y que, por consiguiente, estar con alguien que lo amara sería lo mejor para superar la traumática experiencia.
Fue ese  25 de noviembre, que el Ralph dejó atrás su apellido original; de Fleming a White: Ralph White.

Sintió como las manos huesudas de Ruth le sacudían los hombros. Un suave colchón le amortiguaba la cabeza. Sentía el suelo frío en la palma de sus manos y en parte de la espalda. Notó que la silueta de la mujer que lo auxiliaba era contorneada por la luz de un foco redondo colgado en el techo. Por un momento pensó ver a Margaret, lo que sin duda le llenó de alegría. Cuando notó que se trataba de vecina Ruth Hemingway, una mueca agria le tensó la boca.

—Bueno—la mujer sonrío por el alivio—, te desmayaste y empezaste a decir cosas como “quería estar solo” y “lo que llevo dentro” —.Fue muy raro.
—¿Eso dije? —el escándalo se apropió de su voz—. ¿Solo eso? —quería cerciorarse de que su odiosa vecina no supiera nada de aquel tormentoso pasado.
—Solo eso; una y otra vez.

Giró sobre su cadera y se paró con prisa. No tenía tiempo para cavilar sus visiones. De modo que al recordar el porqué estaba en el garaje de Ruth dijo:

—¿Qué cajas eran las que querías mover?


 Luego de ayudar a Ruth Hemingway (y de rechazar con falsa cortesía una taza de té), Ralph cruzó la calle a zancadas para encerrarse en la soledad de su hogar.
Lloró desconsoladamente sentado en el tercer peldaño de la escalera. El pasado lo atormentaba, el presente lo perseguía y el futuro… el futuro se rehusaba a ser prometedor.

El lunes sucedió de forma lineal y monótona; un saludo al portero, subir a trabajar en los arcos metálicos del gimnasio techado, luego volver a casa y ver el canal cristiano del cable.
Gary Monroe era un pastor protestante, de piel bronceada, pelo crespo y apariencia bonachona. Lucía un traje elegante; un juego negro combinado con una camisa del mismo color y una corbata de un carmesí contrastante. Minguo de aquellos rasgos coloridos le resultaba relevante a Ralph, sobre todo porque la Belweder solo transmitía en blanco y negro.  Giró el comando de la pantalla para sintonizar otro canal,  una parte de él se sintió mal por hacerlo, pero la culpa desapareció cuando notó que un partido de beisbol se desplegaba ante sus ojos aburridos.

Sintió una comezón en la nuca derecha, se rascó varias veces mientras se hundía cada vez más en el sofá. Luego su mirada vaga se perdió en las diminutas figuras de los jugadores; pronto, donde había un bateador, Ralph vio dos, el home run anunciado por el comentarista se distorsionó cada vez más hasta perderse en sus pensamientos. Hasta que el partido de beisbol perdió toda relevancia. Hasta que, sin darse cuenta, un nuevo desmayo lo había sepultado en un letargo indefinido.
No hubo sueño, tampoco alucinación. Solo un vacío subconsciente. Cuando sus ojos se abrieron, notó, con extrañeza, que eran cerca de las dos de la madrugada; un parte de él se sintió descansado y otra claramente experimentó un ligero descontrol, por haber perturbado el milimétrico horario de sueño, cuya reparación se había vuelto más difícil debido a la pesadilla de la noche anterior.
De modo que Ralph White se sentó sobre la cama, luego dejó caer todo su cuerpo e intentó conciliar el sueño, quiso convencer a su organismo de que sus ánimos estaban abatidos por algún esfuerzo, claramente fue un esfuerzo en vano.

—¡Mamá! —gritaba la niña pecosa, restregando sus ojos para atenuar las lágrimas .
—Susy, ¿Qué sucede? —preguntó Sarah Wayne precipitándose por encima de pequeño cerco de madera que bordeaba la entrada de su casa.
—¡Ralph White rompió mi trenecito! ¡dile algo! —dijo la niña cuyo labio inferior ocultaba el superior bajo un bulto rojo y babeante.


—¿Es cierto eso Ralph? ¿A caso no eres demasiado grande para andar jugando con niñas de la edad de mi hija? —Sarah tomó a su hija en brazos negándose a relajar el su gesto de desaprobación—. No te acerques a Susy y no rompas los juguetes de otros, cielos, ¿qué pasa contigo muchacho?



La madre se alejaba mientras la pequeña acurrucada parcialmente en el torso de su protectora asomaba el rostro rosado por el hombro y sacaba la lengua con desprecio. La imagen fue muy irritante para Ralph, que yacía arrodillado en el suelo, intentando unir las piezas del pequeño tren, el lodo se le metía por las hendiduras de su pantalón corto y sus manos se movían poseídas por el pavor; los trozos de madera del juguete chocaban entre sí creando un ritmo caótico y triste. Cuando Susy se río de su desgracia, Ralph, teniendo apenas siete años elaboró una venganza trascendiendo la conocida ley de “…es un plato que se sirve frío”. Se tomó su tiempo; fue en la secundaria, cuando Susy Wayne perdió todos sus dientes durante una excursión al centro acuático, que el odio fermentado de Ralph subió justo después del tétrico incidente, como espuma por la espalda,  justo al recordar el resentimiento de su infancia, la primera de muchas ocasiones que lo hizo sentirse un marginado. Entonces, el adolescente Ralph río… como nunca lo había hecho antes, río y la sangre que surgió de la boca de Susy se esparció por el tanque de los delfines, como una explosión de ramas rojizas. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Capítulo 2 :La manifestación


La marquesa de la cama crujió un par de veces, secundada por ronquidos irregulares saliendo de la habitación de Ralph White. Eran cerca de las cinco de la madrugada, sus párpados se contrajeron al compás de sus quejidos, en su mente, se maquinaba un escenario idílico pero teñido de cierto repudio contenido.
En el ligero espacio onírico que lo separaba de la noche quieta y fría, un suelo familiar se extendía bajo sus pies, los que a su vez eran pequeños, eran los pies de un niño. Ralph tenía cerca de siete años. Yacía quieto frente a la ventana del orfanato, la habitación desprendía un olor acre, característico de la humedad y la acumulación de polvo. Su mirada pueril atravesaba el cristal y se perdía en la nieve apiñada en el patio frontal.
En la calle, más allá de la verja retorcida, un chevrolet apache de color marrón se estacionaba bajo el tenue amparo de un árbol sin hojas. Del vehículo bajó una silueta familiar; era un hombre alto, cuya calva oculta por un sombrero de alas extensas era difícil de disimular del todo, los ojos dormilones tras el cristal de los lentes de marco grueso parecían estar así más bien por una pereza perpetua que por una condición inherente. Entró caminando con ímpetu, su cuerpo gordo contrastaba como un trozo enorme de carbón entre el hielo y el balanceo del desplace era muy parecido al de un pingüino rechoncho; su nombre era Ismael, era un sacerdote católico de renombre, con frecuencia solía visitar el orfanato para tratar temas de financiamiento o para realizar tutorías teológicas.

Ralph corrió desesperado para ocultarse en algún lugar; saltar por la ventana que daba con el patio trasero le pareció una buena idea, hasta que recordó que la mayoría de los niños estarían jugando a esa hora, armando muñecos de nieve, tirándose bolas blanquecinas o restregando brazos y piernas sobre la nieve para dibujar ángeles genéricos uno detrás de otro. Su cuerpo se tambaleo por la contrariedad de su ocurrencia y terminó por quedar inmóvil en mitad de la escalera. Fue ahí que se encontró de cara con el padre Ismael. Sube a tu habitación, Ralph, dijo en tono carente de emoción. El niño sabía que era lo que pasaría después, el horror vaticinado hizo que su cuerpo adulto se retorciera en la cama, sus manos anchas intentaban alejar un recuerdo vacuo que lentamente adquiría tono, forma, color, sonido e incluso olor.
Era una peste a tabaco rancio que desprendía la solapa del abrigo del padre, o quizá la capa de sudor en su frente cada vez más brillante, lo que le inquietaba a Ralph.
Veía como sus pupilas se dilataban, como su nariz se contraía con la respiración, como sus manos tocaban lo que no debían.

Ralph White sacudió las manos con más fuerza, intentando apartar las visiones del futuro recóndito como si de humo se tratara. El recuerdo se hacía cada vez más vívido, el tormento le roía la cordura como si un ácido imparable se filtrara en su razón, diluyéndola, carcomiendo su humanidad.
El infierno que se desencadenó hubiera seguido por varios minutos más, pero una estridente interrupción pospuso la tortura. Aledaña a la cama, una pieza decorativa de porcelana se había roto en varias partes, lo que no habría sido extraño en absoluto si no fuera porque el plato con el dibujo de una lejana Alaska, estaba colgado en la pared contraria. Al extraño suceso se sumó uno de mayor misticismo; la puerta de la habitación de Ralph yacía rota, las astillas como dientes de piraña, apuntaban hacia dentro, como si algo imparable hubiera irrumpido, pero ese algo no se divisaba para nada. Cuando Ralph White intentó encender la luz, notó que la ampolleta estaba rota y los trozos de vidrio se habían desplegado amenazantes a lo largo de una alfombra felpuda.
Se contrajo un poco antes de reaccionar. Sentía un miedo hormigueando su espalda y estremeciendo cada músculo. El rostro del padre Ismael aún le atormentaba. El rostro destrozado y el cuerpo mutilado del padre. ¡Sí!, el cadáver retorcido y clavado sobre la verja del orfanato, con el rostro desfigurado y sus genitales expuestos; todo conjugado en un paisaje macabro que marcó, no solo un hecho noticioso que había adquirido matices legendarios, sino también la infancia difícil de más de un huérfano que había acudido a la entrada tras escuchar el grito de espanto y el posterior romper de los cristales.

La telekinesis, conocida por aquel momento como “psicoquinesis”, era un fenómeno que había suscitado más de una caza de brujas a lo largo de la historia. Lo curioso es que la condición de Ralph se ramificaba en estados de mayor complejidad. Cuando era adolescente, siendo un espléndido estudiante, aunque muy conflictivo con las teorías científicas, un evento, similar al de la muerte del padre Ismael, se había desarrollado durante una clase de historia universal.

—El Renacimiento tuvo al ser humano como centro de los grandes avances propios de la época. A diferencia del Medioevo, la cualidad humana no se vio eclipsada por la existencia de Dios—Cuando terminó de explicar se llevó una mano a la boca, como si una bilis infecta le hubiera recorrido la garganta.

La brillante respuesta que Ralph había expuesto con forzada elocuencia, no era en absoluto una ocurrencia propia. Durante breves instantes, el, hasta entonces, escuálido Ralph White, había respondido casi por inercia a la inquisitiva voz de Zoe Desjardin, cuya hija, una deportista empedernida y obsesionada, había quedado anonadada con la intervención del chico más tímido de su escuela, que por lo visto, le había quitado las palabras de la boca, literalmente.
Ralph White experimentó por mucho tiempo con su talento, atribuyendo su existencia a Dios o a los ángeles. Lo extraño, y quizás, lo más perturbador que sucedió durante aquel periodo de curiosidad, fue que el día después de que Ralph viera un documental del holocausto judío; del cual muchas escenas vívidas había repasado una y otra vez, una monja treintañera se habría suicidado de la misma manera en la que lo habían hecho unos actores durante la dramatización proyectada en el salón de clases.
No era lo que tenía en mente. Intentó convertir a muchos de sus compañeros al cristianismo, pero, a pesar de haber tenido cierto éxito, intentó apartar aquel don diabólico de su vida; decisión que tomó cuando uno de sus “convertidos” había crucificado a uno de sus mascotas en el patio de la escuela.
No entendía porque razón la gente hacía esas cosas, ni tampoco entendía porque él podía suscitar tan horrendas desgracias.

Barrió las esquirlas de la ampolleta con cuidado y las retiró con una pala de mano. Cuando echó los trozos en una bolsa, notó que su pulso irregular hacía que su mano derecha le temblara como la cola de una serpiente cascabel. Pero no era el miedo lo que le  provocaba tan repentina reacción, era el deseo, el anhelo, el poder que palpitaba dentro de sí mismo, el poder de doblegar voluntades.
Entonces pensó en Margaret Brigham. En su cabello cobrizo, casi rojo, en sus ojos profundos, en la sonrisa cordial que le elevaba con distinción sus pómulos pulidos. Su fascinación lo llevó a pensar que quizás podría sacar provecho de su don. Quizás podría sacar de en medio los obstáculos que la vida le había impuesto y por fin tomar las riendas de todo, hacer las cosas a su manera, a la manera correcta.

Recordó lo que había sucedido durante el culto de las diez de la noche. Cuando decidió ir con su mejor ropa, su mejor sonrisa y su mejor biblia (Ralph White tenía veintidós biblias diferentes). Recordó la cara de Tobias Brigham, recordó cómo se había acercado, rodeando a una multitud que se despedía, para apartarse con él a un rincón alejado. Recordó la amenaza velada “Margaret, mi hija, mi querida Margaret, no se involucrará con usted, de ninguna manera. No la saludará, no le sonreirá y no pecará con su mirada. Lo he visto, husmeando la pulcra humanidad de mi muchacha. Soy un hombre de Dios, pero mi temperamento tiene límites… y hasta Dios quema a sus hijos cuando es necesario”.
Cuando vio la imagen de Margaret alejándose entre la multitud, desapareciendo sin dedicarle ni una mirada, sin siquiera despedirse; Ralph White se retiró de la iglesia, a paso apresurado, como si escapara de un incendio devorador.

Las noticias de la mañana solo lo deprimieron más. Cada día era lo mismo, una muerte por aquí, una balacera por allá, ¿por qué no, una violación?, una guerra en algún país bajo, un político acusado de infidelidad. Raph White anhelaba escuchar algo como: Un huracán de proporciones se acerca a Maine y tendrá su mayor foco en Chamberlain. Imaginó su casa desapareciendo entre el vendaval, imaginó la iglesia, imaginó nuevamente a Tobias Brigham, pero intentando respirar a la mitad de un caos espiral.
Su fantasía fue interrumpida por un moderado Ding Dong, proveniente de la entrada.




Del otro lado de la puerta, la penúltima persona que quería ver en toda la tierra (después de Tobías), su tediosa vecina, Ruth Hemingway.

—¡Buenos días! —la sonrisa era tan perfecta, tan odiosa, tan forzada, que Ralph sintió una necesidad urgente de romperla de un puñetazo. Contuvo su ira y respondió con postura reticente:
—Buenos días.
—Me preguntaba si…—cuando Ruth titubeaba solía frotar la punta de su viejo delantal entre su dedo índice y el pulgar—. Me preguntaba si le importaría ayudarme con un problema que tengo en el garaje, son unas cajas que llegaron hace poco, pero no quedaron bien acomodadas. No le pediría ayuda si no fuera usted tan fuerte, o eso supongo—la condescendencia que salpicaban sus palabras era atenuada por la timidez reinante en su timbre de voz, de modo que Ralph aceptó a regañadientes.

La casa de Ruth Hemingway era, a diferencia de la casa de Ralph, un festival visual de matices vívidos. Amarillo, rojo, verde y azul se mezclaban en tantas partes que le conferían a la fachada un toque lúdico propio de los jardines infantiles.
Cuando entraron al garaje, la foto de un Cristo crucificado hizo que Ralph pestañara, como si la luz de un foco se hubiera prendido de golpe. Una visión le hizo arder la frente, era la imagen del mismo Cristo, pero dentro de un armario oscuro, sintió una sensación repentina de claustrofobia, quería escapar de ese lugar. Cuando su vista se aclaró, notó que yacía tirado en el suelo y el rostro de Ruth le miraba con preocupación mientras ésta gritaba “¡Ayuda!”.


lunes, 3 de febrero de 2014

Capitulo 1: La iglesia impura



Ralph White miró con desdén la cara de Rut Hemingway, una señora de cuarenta y tantos cuyo acento sureño le resultaba inexplicablemente repugnante. Las manos huesudas de ella se plegaban bajo una bandeja redonda sobre la cual una docena de galletas caseras parecían temblar con ligereza. 

—No hay mejor manera de dar la bienvenida que con galletas recién salidas del horno—Esbozó una sonrisa protocolar que fue secundada por palabras igualmente forzadas—.Mi nombre es Rut, Rut Hemingway, vivo en aquella casa verde limón.

—No hay necesidad—"verde limón, ridículo", pensó—.de verdad no hay necesidad.
—Insisto...—su pequeña boca quedó abierta y su cabeza se inclinó en señal de duda.
—White, Ralph White—extendió la mano de forma mecánica.

Rut sujetó la bandeja con su mano izquierda y extendió la mano derecha con actitud cortés. Ralph evitaba frecuentemente el contacto con otras mujeres, para él suponía un pecado el simple hecho de mirarles el cabello. Esta visión exagerada de las doctrinas más tradicionales fue lo que hizo de aquel saludo una falta de lo más impía que media hora después intentaría expiar por medio de dolorosas penitencias.
Cuando la mano de ella entró en contacto con la de Ralph, éste sintió una profunda incomodidad, una especie de choque eléctrico y punzante le dio de lleno en la nuca. Era culpa, odiosa y pérfida culpa; sentimiento que para él era tanto una carga como una bendición.

—Ruth Hemingway, trabajo en la tienda  Rupert Chlotes, si un día le interesa puede pasarse por ahí, le puedo hacer un descuento— miró a Ralph de forma incomoda, escudriñando en sus pupilas inertes, en busca de una respuesta positiva.

—Claro, porqué no—respondió él con la mirada cautiva en la nariz aguileña de Rut. 

Quizás no podía escucharla realmente, pero su mente abría inquietantes posibilidades; podía escuchar la respiración de Rut, como el aire entraba y salía, como aquellas ovaladas fosas nasales parecían contraerse y dilatarse al compás de esas exhalaciones infernales. Sintió de pronto la necesidad sofocante de tapar aquellos agujeros, quitar ese estruendoso sonido, liberar al mundo de aquella respiración constante.
Ralph le devolvió una sonrisa tensa cuya falsedad Rut no divisó en lo absoluto. Ella le devolvió una sonrisa complaciente y luego de despedirse se marchó a paso rápido, tarareando distraída mientras saludaba a la gente que pasaba por la calle.

Cuando bajo la mirada vio aquellas galletas frescas, el aroma era dulce, yacían cubiertas con una especie de chocolate amargo. Entró para comerlas mientras leía junto a la ventana, como lo hacía cada día exactamente a las tres de la tarde.
La casa de Ralph aún no estaba del todo ordenada. Se había mudado hace unas semanas y aún quedaba mucho por hacer. Las cajas yacían apiladas en el pasillo principal, algunos libros estaban dispuestos en hileras sobre los estantes, en su mayoría literatura cristiana clásica, tratados teológicos y algunas descabelladas obras que apoyaban la inquisición. 
Un cuadro de la última cena decoraba una pared grisácea en donde solo había una fotografía, la familia de Ralph. Su padre, madre, sus dos hermanas y él, de fondo una extensa pradera. Ralph White era el único con vida. Vendió todo el terreno que antes había pertenecido a su padre para costear la casa y varias comodidades.

Acercó el sillón a la ventana, posó la biblia sobre un pequeño pedestal y comenzó a leer detenidamente mientras comía las galletas. El sentimiento de culpa fue aumentando a medida que avanzaba en el libro de Lucas. 

Extracto de "El caso de Ralph White"- Revista Sunshine 1960

"...nos pareció de lo más extraño, jamás un paciente había respondido de esa manera al tratamiento. El señor White dice tener revelaciones del cielo, pero estamos considerando seriamente la posibilidad de algún trastorno de la percepción. Inquieta de igual manera el modo en el que uno de los encargados de la seguridad el Señor White se hirió a sí mismo con una tijera; varios cortes en las piernas, suponemos que el estrés lo alteró pero existe una..." 



El líquido ácido salió expulsado grotescamente, Ralph se tocaba  la campanilla y el vomito adquiría una tonalidad cada vez más infecta.
"No está bien, no está bien", pensaba mientras intentaba expulsar cada migaja de galleta ingerida. 
Cuando terminó su cara había adquirido matices cadavéricos. Se apoyó sobre el muro del baño y se miró en el espejo.
—Debe ser limpiado, ¡debe ser limpiado!—se incorporó con pocas fuerzas y caminó hasta la cocina.


Se apoyó con la mano sobre el muro para poder guiarse, mientras dejaba una estela de baba y suciedad impregnada por donde pasaba los dedos. Bajo el brazo derecho la biblia yacía como parte de su cuerpo.
Finalmente se sentó en una pequeña silla en una esquina y se apoyó sobre el lavaplatos. Su mirada dubitativa se intercalaba con expresiones de miedo, rabia y agonía. En sí era una escena bastante perturbadora, sobre todo porque al parecer Ralph White parecía disfrutar aquel caótico cambio de emociones y conflictos internos.

El día avanzó, eran ya las cinco de la tarde y Ralph permanecía en la cocina discutiendo consigo mismo múltiples formas de castigarse por haber sido tan "próximo" con una mujer desconocida. Era un día Domingo, de modo que el trabajo no era motivo para abandonar su desquiciada meditación.
El mantel plástico que cubría la mesa ahora estaba rasgado por doquier y numerosas canciones religiosas se escapaban como un balbuceo moribundo que inundaba el entorno de desdicha y tristeza.

"La carne es pecado, el hombre es carne, el hombre es pecado"
El reloj de la sala de estar sonó de repente pero no pareció afectar la concentración de Ralph.
"El que habita bajo el abrigo del altísimo, morará bajo la sombra del omnipotente"
Al cabo de una media hora el teléfono suena.
"Expiar es un deber, mi deber..."
Su mirada fanática permanecía clavada sobre las hojas, el dedo índice se desplazaba a una velocidad demencial. Los versículos se intercalaban con artículos de conspiración política, imágenes de cristo y varios recortes de periódicos. 
El teléfono volvió a sonar. Su respiración se aceleró. La mano presionó con tal fuerza el aparato, quizás porque se imaginó por un instante el frágil cuello de la señora Hemingway cediendo ante el ímpetu furioso de sus dedos. Permaneció en silencio, aguantando por un instante la respiración.
—¿Hola?—La voz era ronca, intensa. 
—Diga
—¿Ralph? ¿Eres tú?
Reconoció inmediatamente aquel tono, aquella frecuencia áspera impresa en cada palabra. Era su hermanastro, Victor.
Victor White era  pintor y fotógrafo. Pertenecía a una familia bastante liberal en la que Ralph nunca pudo encajar debido a su particulares limitaciones filosóficas.
Cuando la familia original de Ralph murió en un accidente de tránsito, pasó parte de su adolescencia en un orfanato. Nunca fue de muchos amigos; mientras varios de los chicos del Golden Wing pasaban largas horas en el patio o jugando en los pasillos, él permanecía enclaustrado en una fortaleza de libros religiosos pertenecientes a una monja que solía visitarlos cada invierno.

—Victor, ¿Por qué llamas?, ¿Cómo conseguiste el número?
—Nunca me dijiste que te mudarías, pude ayudarte con el traslado.
—No era necesario. No tienes porque ayudarme—El tono de voz se tornó levemente defensivo.
—Ralph…—calló por unos cinco minutos—.Solo quiero que sepas que…
Colgó sin dudarlo, con una mueca agría y despectiva.

El teléfono sonó nuevamente, lo levantó y dejó caer sin pensarlo dos veces.


16 de Abril de 1934  Periódico semanal de Chamberlain, extracto:

…Louis Hale, una dedicada monja muy querida por la comunidad fue encontrada muerta este Lunes a las 15:45 hrs en el patio del orfanato Golden Wing. El cuerpo presentaba diversos rasguños que según los detectives fueron provocados por sus propias uñas. El cuerpo presentaba quemaduras y cortes cuyo origen…

—¿Ya conocieron a Ralph?
Amanda y Carl White respondieron “si” con una sincronía perfecta.
—Es un chico muy curioso. Le gusta leer y parece ser muy religioso. Quizás somos aquello que necesita—agregó Amanda White estrechando la mano de su esposo con esperanza.
—Me parece un buen muchacho, solo necesita un lugar adecuado—sonrió a su mujer y a continuación agregó—:Lo visitaremos semana por medio para conocernos mejor. Si todo sale bien el próximo Jueves tendremos un nuevo White en la familia.

El matrimonio de los White era la personificación viviente del sueño americano. Él era un abogado de éxito y ella una maestra de instituto. Su hijo Victor estudiaba en una academia de arte. Sonreir era una costumbre que el tiempo había consolidado como tradición para los White.
Vivían en una cómoda casa en Chamberlain. Sus vecinos los conocían por su radiante optimismo y espíritu solidario. De alguna manera toda esa aura idílica y de extrema felicidad, era para Ralph una fachada hipócrita y sin sentido; pero nunca lo manifestó abiertamente. Se limitaba a orar por las almas perdidas y descarriladas de su nueva familia.

Llevaban más de una hora conversando y Carl White aún no estaba seguro de haber hecho un avance significativo con Ralph, que en aquel entonces tenía siete años.
—¿Algún deporte?
—No.
—Ves televisión
—No.
—¿No ves televisión? —Carl se mostró sorprendido.
—No, no veo televisión—el rostro de Ralph mezclaba la historia de una infancia difícil con un pesimismo lóbrego.
Guardaron silencio por varios minutos más. Ralh leía un pasaje del apocalipsis.
—¿Qué lees?
—El apocalipsis
—¿De qué trata?
Carl intentó crear una apertura pero lo detubo una respuesta inquietante.
—De cómo los pecadores arderan por sus faltas, como el fuego los liberará de su miseria, de sus errores.

Eran palabras de peso para alguien de siete años. Carl se sintió incomodo, pero luego se convenció de que era solo un chico buscando respuestas. De seguro leía de todo y cruzaba por alguna crisis existencial propia de la edad.

El orfanato Golden Wing consistía en una enorme casona de diseño alemán. La madera reacia al frío presentaba un color marrón que le otorgaba la apariencia de una fortaleza doméstica. Las habitaciones de los huérfanos estaban distribuidas a partir del sgundo piso. Cada cuarto poseía cuatro literas y dos muebles de apariencia modesta que generalmente se usaban para guardar ropas viejas y juguetes donados.
El único cuarto que solo poseía una cama era el de         Ralph. En aquel espacio vivió durante seis años. De los cuales dos fueron los peores de su vida. Entre 1930 y 1932 el padre Ismael  Duke realizó frecuentes visitas al orfanato Golden Wing y en cada una de ellas solía frecuentar al retraído Ralph.

—Está bien, es bueno que te guste leer—dijo Carl apoyando su mano en el hombro de Ralph. Éste se estremeció y bajó la mirada—.Volveré mañana junto con Amanda, hasta luego Ralph.

—Hasta luego Carl—murmuró con la cabeza gacha.

Sonó el despertador, eran las siete.

Ralph se duchó mientras cantaba un salmo. Frente al espejo ejecutó una minuciosa limpieza; primero los dientes, hilera por hilera, luego cortó algunos pelos que sobresalían de su nariz, limpió los odios como si se tratara de  las más finas piezas de relojería. Deslizó una peineta reiteradas veces hasta conseguir la apariencia pulcra de un oficinista, le gustaba estar presentable, incluso cuando sabía que estaría varias horas bajo el sol y con un casco sobre su cabeza.
—Buenos días —el portero dejó entrar a Ralph
—Buenos días Dennis.

El nuevo gimnasio del Colegio Ewen era altísimo, el techo estaba conformado por varios arcos metálicos que le conferían un aspecto de cúpula. Y Ralph White participaría durante varias semanas en su edificación.







Los compañeros de trabajo de Ralph mantenían una relación distante para con el fanático religioso. Pero no era solo su obsesiva fijación por la figura crucificada de Cristo lo que los mantenía distantes, había algo más, el brillo plateado del cañón de un  revolver recién pulido se asomaba parcialmente por la chaqueta de Ralph White. Aquel oscuro y letal artefacto repelía toda burla e invitación para tomarse unas cervezas heladas al salir del turno.
Nunca se supo porque razón llevaba el arma a todas partes y nadie nunca tuvo el valor suficiente como para preguntárselo.
Eran las siete de la tarde. La jornada había terminado. 
"Hasta pronto", "Nos vemos mañana"; para Ralph todas aquellas palabras eran intentos fallidos por sacarlo de su "rectitud" e incluso cuando uno se atrevió a decirle "Que Dios te bendiga", lo consideró como una muestra burda de condescendencia y engaño.


Caminó por la calle recitando diversos pasajes de la biblia, ensimismado y a paso moribundo. De pronto algo lo sacudió por dentro. A lo lejos podía escuchar una canción muy conocida para él, era la inconfundible melodía de un góspel. Pero con un toque más sobrio y lento, más sumiso, para el juicio de su oído: correcto.

Y los infieles arderán, las llamas todo lo limpian ya,
Y los hijos del padre danzarán, libres de pecado estarán...

Sintió un ardor que energizó sus pasos. Sus ojos se abrían camino en medio de rostros desconcertados que lo veían avanzar cautivado por la canción en su cabeza.


Que el injusto lo siga siendo,
que el justo se mantenga firme.
Porque cuando él venga, 
Los impíos estarán ardiendo...

Cuando llegó a la fuente de  su obsesión se encontró frente  a una modesta casa, más marrón por el paso del tiempo que por el color de la pintura que caía precariamente sobre un césped mal cuidado. La música lo estremecía y la letra seguía germinando ideas de una moral inalcanzable y castigos irónicos dentro de su retorcido cerebro.
Decidió entrar. Sabía que dentro de aquella casa encontraría gente que compartía su visión, gente con la que podría purificarse a sí mismo para luego purificar a los demás. Era su destino. Tenía que serlo.

Se asomó por el dintel de la la puerta lentamente y se encontró frente a un  rostro de mujer. 
Era de tez pálida, ojos verdes y un pelo cuyo brillo cobrizo se difuminaba con rastros de un rojo tenue. Su nombre era Margaret Brigham. 

 Nota: Sí, Margaret Brigham es la madre de Carrie.

De pronto Ralph White se vio rodeado de voces alegres y sonrisas complacientes, no como las "falsas" máscaras de sus compañeros de trabajo, ni tan ácida como la expresión de de Ruth Hemingway, a quien por cierto, ya le tenía un asco irremediable. "Verde limón", recordó con una mueca exagerada.
Mientras él expulsaba con reticencia la imagen de Ruth en su cabeza, el resto de los "hermanos" comenzaron a leer la biblia en voz alta y al unísono. Era un sonido tétrico, seco, carente de voluntad, áspero y mecánico. Ralph se sabía aquel versículo de memoria, de modo que lo recitó con la mirada fija en un mural descascarado.

En las líneas que surcaban su recuerdos, se relataba la historia de como Dios castiga a un hombre que va en busca de leña durante un día en el que estaba prohibido cualquier tipo de trabajo. Ralph se sintió conmovido de cierta manera, pero la lágrima que estuvo a punto de escapar por el borde de su párpado fue sofocada por una mirada densa. En las bancas contrarias, donde se sentaban las mujeres, Margaret se le quedó mirando por un segundo, luego apartó la mirada con nerviosismo y de pronto un sentimiento de culpa equivalente a tres sacos de harina comenzó presionar sus hombros femeninos. La mujer se arrodilló a orar. Una sonrisa involuntaria e inocente se ocultó entre sus manos devotas.
Ralph White pensó que tendría que volver a sufrir el martirio de olvidar sus instintos bajos, pero esta vez no se sintió mal, en lo absoluto. Se sintió dichoso. Se sintió feliz.

Cuando el culto había concluido comenzó un sinfín de despedidas afectuosas y charlas casuales. Todas aquellas muestras de sociabilidad teñidas con un distanciamiento que rosaba lo robótico.
Muchos se acercaron a Ralph para darle la bienvenida. Entre todos ellos se encontraban un hombre alto con un corte militar que le otorgaba una apariencia imponente a sus canas prematuras, su nombre era Tobias Brigham, el líder de la Iglesia Fundamentalista de Chamberlain.
Tobias le dio un apretón de manos manteniendo una distancia considerable con Ralph.

—Que Dios te guarde en su santo reino—Se acomodo la corbata con la mano izquierda mientras retiraba la derecha con lentitud—.¿Cuál es tu nombre?

—Ralph White, mucho gusto en conocerle...—Hizo una pausa que fue secundada por la rasposa voz de Tobias.

—Tobias, Tobias Brigham—Dijo, haciendo especial enfasis en la "S" y en la "B".
Se quedaron mirando por un instante. De cierto modo Ralph ya lo respetaba, Tobias parecía ser de aquellos líderes que ,según Ralph, el mundo necesitaba. 
—Hasta pronto Ralph, esperamos verte con más frecuencia por acá.
—Delo por hecho—Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía con tanta naturalidad y soltura.

Una fila interminable de personas se despidieron de Ralph. De pronto, vio como una cabellera cobriza y una tez pálida se acercaban, con belleza rotunda e inusual.
Margaret era hija de Tobias. Por aquella misma razón, aquel hombre esperó parado en la puerta, con mirada de halcón sobre su única hija, el destello vivo de lo que había sido su difunta esposa.

—Es...—Se aclaró la garganta mientras presionaba contra su estómago una biblia de cuero negruzco—.Es bueno verte por acá—Trago saliva involuntariamente y un manto rojo se desplegó sobre sus pómulos angulosos—. No es que te conozca ni nada, osea, quiero decir... es bueno que tengas fe y que...—No supo continuar.
—Es importante tener un lugar a donde encontrarse con Dios—Dijo, intentando no apartar la mirada de  la frente de Margaret. Quería evitar a toda costa sus ojos azules, aquellos perfectos astros marinos. 
—Hasta pronto—Dijo ella, caminando a paso corto y acelerado.
—Hasta pronto—Dijo Ralph.

Eran las seis de la mañana. Sabía que el despertador sonaría a las siete y que escucharía el comentario irónico de algún locutor de radio o el comercial de una pastilla milagrosa para la concentración. No le importaba.
Pasó el cuchillo con brusquedad, esparciendo la mantequilla que se derretía poco a poco hasta ser absorbida por el pan recién tostado. El olor a café lo reconfortó. Se sentó en la pequeña mesa dispuesta en el centro de la cocina e intento olvidar. Necesitaba olvidar.
El esfuerzo era doble aquella mañana. ¿Por qué? pues, el sueño que había tenido con Margaret Brigham había sacudido su "rectitud".

Se duchó, y ahí estaba ella. Se vistió, y a su lado ella también lo hacía. Salió por la puerta y antes de que su pie izquierdo tocará el exterior, imaginó que alguien se despedía de él. Comenzó a preocuparse de verdad. Esto era algo serio.

La construcción del gimnasio del Colegio Ewen adquiría cada vez más solidez. Los arcos que constituían el techo se erguían como aureolas metálicas. 
Ralph se subió a una viga y procedió a fortalecer algunas uniones.

—¡Sr. Ralph!—Una voz autoritaria lo sacó de su trance laboral.
Miró hacia abajo y vio a un oficial de policía que lo miraba con los ojos entrecerrados. 
—¿Algún problema, oficial?
—Necesito hablar con usted, Sr.White. 

Cuando estuvo abajo el oficial le hizo señas para que lo siguiera a un sitio apartado.

—Recibí el reporte de uno de sus compañeros de trabajo. ¿Está usted usando un arma?, ¿Aquí, en la construcción?—Inquirió el policía con una expresión híbrida de desconcierto y reprobación. 

—No llevo armas, soy cristiano, las armas son para matar. Yo no mato—Dijo Ralph, con un tono que sugería el inconfundible aspecto de un discurso memorizado.

Luego de que el policía revisará su chaqueta, su bolso, casillero y por último, al propio Ralph, se rascó la cabeza y dijo:
—Supongo que se habrán confundido—Su expresión no varió—.Recuerde que es muy peligroso llevar armas Sr.White.
—No llevo armas.
—Lo digo solo como recomendación previsora—Se acercó al comunicador enganchado a su camisa y dijo—:No tiene nada.
Ralph notó con asombro como tres hombres con miradas lancinantes se daban media vuelta y se subían a un coche patrulla.

Se sintió más irritado de lo normal. Comenzó a buscar rostros culpables  o temerosos. Pero era difícil encontrar a alguien, todos parecían ocultar algo, todos lo miraban pensando "¿En qué se habrá metido el loco de White?", "Siempre supe que era drogadicto, es demasiado raro", "de seguro abuso de una menor, siempre supe que era un depravado". 
La jornada fue larga. Pesada. Ralph se retiró invadido aún por un sentimiento de furia que le hacía arder por dentro. Una vena con forma de v palpitaba sobre su frente sudorosa.
Caminó y caminó.

Ahí estaba, la iglesia. Ahí estaría Margaret. No podía evitar pensar en ello. Se sintió mal. Había estado tan distraído con aquellos ojos azules, que había olvidado por completo llevar su revolver con él. Pero luego pensó que si no fuera por la visión quimérica de Margaret en su cabeza, probablemente ahora estaría en problemas. 
Tenía que contarle. 

El culto estaba a punto de comenzar. Ralph se vistió rápidamente con su mejor ropa.
Era una noche de 25 de Julio. Algunas cosas cambiarían.