jueves, 29 de mayo de 2014

Capítulo 6: Voluntades



Un coágulo de sangre pareció acumularse en la vena que surcaba el dorso de su mano derecha. La sensación fue secundada por una especie de calambre eléctrico que le tensó los dedos índice y anular de la misma mano; fue entonces que notó una pequeña fisura avanzando por la superficie de un plato a medio lavar. El agua jabonosa corría a medida que intentaba limpiar las manchas rojas de la salsa de tomate, pero antes de que pudiera continuar, el plato se rompió como si se hubiera precipitado desde lo alto, dejando trozos blancos de losa desperdigados sobre el frío metal del fregadero.
Hace varios años, en número de “ciencia para todos”, Ralph había leído como la temperatura podía afectar las estructuras sólidas y entonces pensó que el plato había sido víctima de dicho fenómeno; pero la certeza se esfumó, diluida por un evento sin precedentes, una manifestación casi diabólica para Ralph, quien perdiendo la fuerza de la mandíbula, retrocedió entre tambaleos chocando de espaldas contra el refrigerador que en ese momento no paraba de rugir.

Cada pequeño trozo se elevó atrapado por la caricia ingrávida de una fuerza invisible. ¿Miedo?, sería natural sentirlo, pero Ralph se mantuvo quieto e inexpresivo; una parte de él, una parte sepultada por toneladas de dudas y miedos, se estremeció desde lo más profundo, produciendo una especie de cosquilleo gutural.
Los trozos de losa se mantuvieron pegados en el techo por algunos segundos, luego cayeron como una lluvia blanquecina produciendo un repiqueteo agudo.
Las pantuflas de Ralph se separaron  de los pies y fueron a dar a los rincones más oscuros de la cocina. El hombre yacía ahora con una expresión atrasada de asombro y sentado sobre el suelo frío.

Las primeras horas del día contornearon las casas circundantes y finalmente la de Ralph White, cuya fachada era cubierta en parte por un manzano anciano.
Ruth Hemingway, cerca de las ocho de la mañana, salió a fumar su primer y único cigarro del día, costumbre adquirida luego de haber asistido a varias sesiones semanales para adictos al tabaco.
De la misma manera varios ojos se abrieron a esas horas, algunos para leer algún periódico recién lanzado a la puerta, otros simplemente perdidos en las profundidades inescrutables de un café recién preparado.
No se podía esperar nada nuevo en aquel momento, los sonidos de siempre se reiteraron; algunas aves cantaron por encima de las ramas masajeadas por el aire, uno que otro vehículo alejándose en la calle perpendicular, un autobús escolar pasa y se va; nada del otro mundo.
El Sr. Lance, un octogenario que parecía irradiar un constante mal humor, se preparaba para un viaje a casa de su hija. Lucía una chaqueta de pana algo desgastada por los años, una boina le cubría la calva salpicada de manchas hepáticas y los pantalones de beige parecían ser más cortos de lo normal, quizás por la obsesión casi tradicional de llevar el cinturón un poco por encima de la altura del ombligo.
Una maleta de tamaño medio yacía junto a él, y al juzgar por su postura inmutable podría decirse que esperaba a que alguien lo recogiera.

Efectivamente, un automóvil se aproximó por la esquina cercana, era ni más ni menos que la silueta artística e inconfundible de un Porsche 356, color plateado, indudablemente con un dueño joven. El rostro del Sr. Lance pasó de muerto a vivo en segundos. Justo cuando el anciano se disponía a recoger su maleta alguien se le adelantó, a paso fugaz, dejando detrás el sonido de una puerta cerrándose.
Abraham Lance tenía treinta y dos años; no era amigo de la modestia en lo absoluto, lo que quedaba evidenciado en un traje de corte italiano y en una ostentosa hilera de anillos que precedían a unos nudillos frágiles.
Luego de saludar afectuosamente a su padre ambos entraron al auto y entonces sucedió lo que se supone no debía suceder; una ruptura, una chispa, un suceso que se repetiría algunos años después.

Para Abraham Lance no tenía gracia alguna lo que acababa de suceder. La primera idea: un niño de diez o tal vez trece años se había hecho el gracioso y le había lanzado una piedra al parabrisas de su auto, la segunda idea, más absurda y obviamente descartable: una lluvia de piedras estaba a punto de comenzar. Desechar la segunda opción fue rápido e instintivo, tanto que podría decirse que apenas existió como concepto en la mente furiosa de Abraham. No tenía idea de lo cerca que estuvo de convertirse en adivino.
Finalmente sucedió; el granizado gris se dejó caer sobre aquella olvidada calle de Chamberlain. Los techos de varias casas fueron dañados, Ruth Hemingway saltó aterrada luego de que una pequeña piedrecilla diera de lleno contra su pie izquierdo.
Aunque el caos que secundó la llovizna sembró más miedo que incertidumbre, pronto esta última se propagó como un virus; y no fue por las grietas provocadas, ni tampoco por las innumerables ventanas destrozadas… lo más extraño fue que al cabo de un rato no había rastro de piedra alguna… incluso dentro de las casas; como si los muertos guijarros se hubieran puesto de acuerdo para desvanecerse al primer pestañeo.

Ese día el Sr.Lance y su hijo Abraham viajaron a Texas, no sin antes acudir a la policía y armar un escándalo con la compañía de seguros. Ruth Hemingway se dedicó parte de la tarde a recoger algunos platos de porcelana rotos y a telefonear a algún contratista para reparar los daños en su tejado.
La Sra. Pinderton, una mujer recatada y de aire protocolar intentaba disimular su miedo tensando unas cejas angulosas y apretando el labio inferior. Sus dedos temblaban y no paraba de manifestar su desdicha con elocuencia desbocada. Luego de unos momentos entró a su casa y comenzó a telefonear a su sobrino, Duncan, un joven periodista primerizo. Claro, la llegada del esperanzado Duncan no tuvo sino decepciones consecutivas. Por un momento pensó que su carrera se dispararía y tendría la oportunidad de ascender en el edificio del “Small Empire”; pero no encontró nada más que testimonios y perforaciones en techos, vidrios y algunos infortunados accidentes que involucraban uno que otro cráneo fracturado.

La hipótesis de una broma no fue descartada. Pero la desaparición de las piedras seguía siendo un misterio; Duncan sabía que en el fondo el reportaje solo quedaría como otro rollo sobrenatural y especulativo sin peso noticioso. Algo parecido a lo que había sucedido con la desaparición masiva de ganado en las localidades rurales aledañas hace más de cinco años.
Mientras todo el mundo intentaba explicarse el porqué de tan abrupto y desconocido “fenómeno climático”, Ralph White descansaba con un libro en la mano, “Brujería en el siglo XIX y XX”. El ejemplar yacía abierto sobre la panza de Ralph y el lomo lucía un llamativo diseño, una línea dorada e ininterrumpida se extendía de punta a punta ilustrando lo que parecía ser la cadena evolutiva de Darwin, con la diferencia notoria de un hombre levitando como el último eslabón.

A unos cuantos kilómetros de distancia, Margaret Brigham reparaba un dañado pantalón, sometiendo una delicada tela negra a las punzadas limpias de una aguja reluciente entre sus dedos. Había comenzado hace una hora, antes de que el día aclarara; era de aquellas personas que gustaban de exprimir cada segundo disponible.

—Recuerda que la Sra. Holiday vendrá por su vestido a las cuatro.
—Ya está listo—dijo la mujer ladeando el rostro con una sonrisa suave—. Ahora estoy trabajando en las cortinas que me encargaron en el orfanato.
—Eres un ángel en la tierra hija mía—dijo John Tobías Brigham acariciando la mollera cobriza de Margaret. Esta le devolvió una mirada teñida de infantilidad y luego volvió a concentrarse en su incesante labor.

Coser era sin lugar a dudas una de las actividades que mejor se le daban a Margaret; costumbre transformada, fortuitamente, en tradición; un arte doméstico inmortalizado por las experimentadas manos de su abuela, la que, con esmero, había traspasado a su hija y esta con igual entusiasmo a la suya. Al final de esta cadena maternal de enseñanzas, la ya no tan pequeña Margaret se esmeraba a tal grado, que sus pensamientos poco a poco comenzaban a adquirir la textura y color del género, de modo que durante un instante no supo si estaba pensando en el clima o en un diseño consecutivo de cuadros y lunares azulados.

Ralph White levantó su pierna derecha, la que a esas alturas parecía pesar varias toneladas. Cuando intentó hacer lo mismo con la izquierda no reparó en que sus dedos se habían enganchado con un pliegue de las sábanas y la pereza le negó toda posibilidad de evitar llevar consigo la enorme masa blanca que se había acumulado entre el desorden. Aún con los ojos cerrados, presionó el puente de la nariz entre el dedo pulgar y el índice; luego froto violentamente la palma de sus manos contra el rostro, como si intentara sacarse algún químico infecto.
Cuando sus ojos se abrieron un paisaje bastante peculiar lo rodeaba. Lo que llamaba más la atención era el pequeño candelabro comprado en una tienda de segunda mano; yacía roto sobre la alfombra; a su vez, esta última lucía una especie de líquido recién esparcido, probablemente del florero roto que brillaba entre el espacio del mueble de los calcetines y la puerta a medio abrir.
Los libros… irrecuperables; las páginas estaban repartidas en la habitación como un esquema irregular de rectángulos caóticos.
Entre las preocupaciones más comunes, o al menos, las que primero debieron acudir al pensamiento inmediato estarían: “¿Y ahora cómo pago los libros?” “¿Quién carajo entró a mi casa anoche?” “¿Me quitarán la identificación de la biblioteca?”; pero Ralph comenzaba a experimentar cierto regocijo que pronto nubló todo atisbo de desconcierto.
Luego de pestañar con intensidad se incorporó y giró sobre sus talones. El muro contiguo a la cama lucía  varias grietas que como venas oscuras se extendían hasta tocar el techo. Notó que la ventana estaba abierta de par en par y que el aire freso entraba a bocanadas intermitentes, trayendo consigo el aroma del pasto húmedo.

Durante gran parte de la tarde, Ralph estuvo pensando en la manera de acercarse a Margaret sin que su padre se enterara; tenía que estar con ella, tenía que decirle miles de cosas, tenía que… tenía que.
De momento se contentó con un café caliente, luego encendió la radio y mientras un suculento jazz alcanzaba cada rincón de la casa se puso a meditar, sentado en la sala de estar, con el rostro apoyado en los nudillos y el codo sobre uno de los brazos del sillón. En aquella posición imperturbable la luz del amanecer, que fluía libre entre las dos casas que yacían frente a la suya, le rozaba la frente justo por encima de los ojos.
No despegó la vista del cristal sucio de su ventana, empezó a asociar la forma de las manchas irregulares de polvo con imágenes y el esparcimiento mental que pronto le nubló los pensamientos se detuvo de golpe cuando la luz del solo le dio al fin justo en los ojos. Apartó la vista con los ojos cerrados y la nariz arrugada, pero el fulgor cesó de inmediato y para cuando Ralph se disponía a juntar  las cortinas notó que estas ya lo estaban.

El siguiente encuentro “casual” entre Margaret y Ralph se dio—maquinado por este último—en una amplia calle transitada, un espacio que separaba la barbería de Sam con una florería modesta cuya fachada evocaba un aire agreste.
La había seguido durante quince minutos, después de haberla divisado en una tienda de géneros. El día se había nublado, de modo que las solapas del abrigo largo que llevaba puesto y la bufanda que circundaban su cuello le cubrían en parte el rostro; tan curioso como perturbado.
Intentó muchas veces acercarse de forma cautelosa, pero no tardaba en aparecer un miedo irracional que le fijaba los pies al suelo y le oprimía la garganta. Fueron tres intentos: uno cerca de un parque, otro cerca de una cafetería y el tercer intento recién frustrado; en medio de la calle, escondido entre sus ropas y con esperanza lánguida.
Sus miradas estaban a punto de entrar en contacto, del mismo modo en que lo habían hecho aquella vez en el supermercado; pero la repentina y fugaz aparición de un camión perturbó el plan de Ralph, tanto que este no pudo evitar una mueca breve de frustración.

Una bolsa de tela oscilaba libre bajo el antebrazo de Margaret Brigham; dentro varios pliegues con diferentes diseños se amontonaban unos sobre otros confiriendo al paquete entero una textura suave e hinchada.
La mujer entró a una tienda de amplios ventanales, una vez dentro una anciana atendió a su presencia con una sonrisa cálida y luego de hablar por varios minutos Margaret comenzó a examinar un muestrario con agujas de varios tamaños. Luego se dirigió a otro rincón del local para examinar minuciosamente una masa colorida de madejas de lana. Durante los quince minutos que ella estuvo dentro, la mirada de Ralph no se despegó; yacía fijada, no por un anhelo acosador; lo que sin duda pudo haber sido, sino más bien por lo que hasta esas alturas se había vuelto una costumbre, un instinto automático: asechar a la mujer que durante el último mes había ocupado un lugar significativo en sus sueños más privados, el único ser sobre la tierra que le caía bien a sus sentidos.

Tomó una bocanada de aire y luego se dispuso a volver a casa. Durante los próximos tres días la rutina fue la misma; siempre asegurándose de que Margaret nunca pudiese verlo. Cuando volvió a casa un Jueves frío, prendió la chimenea cuyo corazón incandescente no había iluminado la sala de estar desde que el anterior dueño de la casa había sentido los primeros indicios de los días otoñales.
Durante varias horas buscó en los clasificados, algún empleo para ganarse la vida y de paso para mantener la mente ocupada.
Fue durante aquella cavilación acompañada de óvalos rojos dibujados sobre la superficie del periódico, que una mosca voló cerca de Ralph, moviéndose de forma errática, trazando curvas y rectas rápidas, violentas; un patrón irregular que no tardó en volverse desesperante, sobre todo porque el sonido emitido por el insecto pasaba de la oreja izquierda a la derecha.

Cuando la paciencia de Ralph se había acabado, cual hilo tensado y luego cortado, decidió acabar con la vida de aquella pequeña erinia en miniatura. Tomó el mismo periódico donde estaba buscando trabajo, lo enrolló con apremio vengativo, apretó la lengua con los labios en una expresión concentrada y arremetió contra la mosca.
El puntito negro posado sobre la mesa de madera desapareció, pero no había rastro alguno de su muerte en el rollo de papel, tampoco sobre la superficie de la mesa… la muy desgraciada se había posado con descaro sobre la frente sudada de Ralph, este se golpeó la zona con la palma abierta; tan fuerte había sido el golpe que fácilmente pudo ser confundido con un aplauso. La mosca seguía viva, aún rigiendo invicta su pequeño trozo de cielo.
Pasaron algunos minutos de lucha interminable entre los zumbidos inoportunos y los intermitentes ataques de ira que terminaban por destrozar uno que otro objeto de vidrio o porcelana. La escena se había convertido en una representación—al menos desde el punto de visa de algún director de cine—del odio más intenso y la respuesta más provocativa.
Cuando pudo ver nuevamente a la pequeña existencia negra, notó que esta se posó inerte sobre el periódico enrollado. Nunca había deseado tanto terminar con la vida de una mosca, pero el tedio parecía superar poco a poco a su impaciencia.

Mosca de mierda, como desearía que… como desearía que te quemaras… ¡sí!, quémate puta mosca hija de…”

No era sencillo para Ralph desahogarse en un medio tan inmaterial e ilimitado como su imaginación… pero cuando dicho desquite pasaba  a un plano real y lo hacía acompañado de una orden imposible de negar, las cosas se ponían interesantes.
Sucedió que estando la lámpara encendida metro y medio de la mesa, el insecto, atraído por la intensa aura blanca de la ampolleta voló hacía ella como lo haría una polilla devota a las formas luminosas. Siguiendo la ruta trágica que emula las puertas de un paraíso cuyo interior solo ofrece fuegos violentos.
Cuando se posó sobre el vidrio caliente no tardó en doblar las piernas, como si una fuerza la fijara… y ahí se quedó hasta que el calor de cien wats terminó por desprender sus miembros tras emitir un ligero repiqueteo.

Luego de probar su nuevo don con dos moscas más, tres ardillas, un perro…era el momento de dar el siguiente paso y Ralph solo pudo pensar en el nombre de una persona.




sábado, 15 de marzo de 2014

Capítulo 5: Profecías



La voz de la niña se tornaba cada vez más difusa, tanto, que el sutil tono que embellecía las palabras <<…el resto de tu vida>> se perdía entre la percusión insistente de unos nudillos pequeños y angulosos sobre la puerta de la entrada principal. El día aclaraba, era un martes recién nacido, amparado por una proyección anaranjada de luz extendiéndose a través de las ventanas y dando de lleno contra estantes, cajas apiladas y un refrigerador a punto de colapsar por la falta de mantenimiento.
El “toc-toc” se tornó más grave, emulando la determinación bélica de un ariete en miniatura. Ralph lo había oído con toda claridad, incluso cuando los primeros golpes eran fácilmente superados por los rasguños caprichosos de un puddle mimado. Estando medio dormido pensó que probablemente se tratara de su tediosa vecina a quién le había dedicado varias escenas de muertes irónicas en sus fantasías más vengativas. Pero últimamente tenía pocos motivos para odiar y eso lo hacía sentirse profundamente dichoso y tranquilo consigo mismo.

En efecto, Ruth Hemingway golpeaba la puerta con premura; pero su expresión oscilaba entre lo vacuo y lo temeroso, el sudor le cristalizaba parte de la frente; despejada por la gracia cuasi-artística de un moño posado sobre la mollera. De vez en cuando cesaba de tocar y se mordía las uñas, cuyo esmalte se desgastaba, de modo que con el paso del tiempo adquirían la apariencia pobre de  puertas rojas y descascaradas.

— ¡Sr. White! —“Dios mío que conteste”, pensaba—. ¡Soy Ruth, su vecina!
Eran las seis de la mañana, en una hora más Ralph tenía que someterse al suave desliz del agua caliente, pasar la hoja de afeitar de forma pulcra por la curva que unía la punta de su mentón con el resto de su cuello, probar los huevos revueltos de costumbre; con unas cuantas tiras de tocino muertas sobre las yemas, beber un sorbo de café recién preparado y prepararse para una extenuante jornada. Una rutina, que si bien no era precisamente una dosis de alegría, le hacía sentirse listo y medianamente confiado. Pero la interrupción intempestiva de su vecina le había privado de dicho nirvana cotidiano.
— ¡Voy en un momento! —gritó desde la cama, inclinando la cabeza en dirección a la escalera. Su voz era áspera, seca; sin lugar a dudas una voz surgida del sueño previo.
Ruth apoyó la punta de su codo sobre una mano en forma de garra, mientras los dedos de la otra se incrustaban sobre la piel tensa y ensombrecida por los pómulos. “Vamos, vamos, sal de una vez”, la voz de sus pensamientos era más aguda que la habitual, lo que sin duda le habría volado los sesos a Ralph. “No debí gritar tan alto, ¡Oh! Debí llamarlo por teléfono, pero no tengo su número; pude buscarlo, ¿no?”.
Él apareció con una bata gris repleta de arrugas y con una constelación de motas de género. El pelo enmarañado se le acumulaba en la mollera, era una especie de planta de interior consistente en canas plateadas e intervalos de tenues pinceladas oscuras. Los ojos entrecerrados ocultaban el fulgor rojo de un derrame en la esfera izquierda. El mentón a medio afeitar lucía un sinfín de púas crecientes, era una barba dominguera, “pero es martes”, pensaba Ralph.

—¿Qué pasa? —dijo al tiempo que limpiaba una repentina fuga de saliva de la comisura de sus labios.
—Sr.White, yo… yo tengo… tengo que decirle algo—la mujer miraba por encima de su hombro, en dirección a la calle, como si alguien estuviera espiándola—. Ayer—carraspeó—, un hombre vino a su casa y…
—¿Y? —la apariencia aletargada cedió su trono a una preocupación evidente, que intentaba escapar por los ojos y la sangre palpitante de las manos.
—Se quedó mirando la casa por un momento y luego llamó a la puerta. Usted no estaba, de modo que fue a mi casa y…
—Señora Hemingway, no quiero parecer maleducado, pero tampoco soy un fanático del suspenso—Ralph se sorprendió con la maestría con la que había disfrazado al menos cien diferentes insultos que acudieron a su mente en ese momento, apiñados uno detrás de otro, encerrados en un corral irrompible de hipocresía.
—Lo siento—sus parpados se inclinaron con tristeza, prosiguió con un tono más calmado y también más acongojado—. Me preguntó por usted y quería saber si iría a la reunión de una iglesia o algo así. Era un hombre alto y…
— ¿Nombre? —soltó sin siquiera pensarlo. Contorneó los ojos sin disimulo y agregó: —¿Podría decirme como se llamaba? —“Supongo que pudo empezar por eso”. Le encantaba la privacidad del pensamiento.
—John Tobías Brigham—declaró ella, con un énfasis tímido.
— ¿Qué más le dijo?
—Solo eso, quería estar al tanto de su asistencia a esa iglesia y nada más. Pero…—trago saliva con rapidez, estaba al tanto de lo poco tolerante que era su vecino con las pausas que superaban los dos segundos—Ese hombre tiene algo extraño, algo andaba mal con él. No sé cómo explicarlo, intuición femenina quizás. Yo no me fiaría, Ralph—cuando terminó la frase intentó tomar la mano muerta de Ralph, pero éste la había retirado poseído por un espasmo y la posó sobre el marco de la puerta.
—Lo tendré en cuenta, gracias—cerró la puerta sin reparar en cerca que estaba de la cara de Ruth, aparentemente.


Sabía que volver a dormir y disfrutar de esa última hora como si formara parte de un agasajo continuo de ocho horas sería imposible, así que caminó medio muerto por el pasillo que daba a la cocina y se preparó el desayuno. Notó que se había saltado la ducha caliente y el afeitado. Dejó la sartén sobre la cocinilla. Cuando puso el primer pie sobre la ducha su vista se petrificó ante la sorpresiva presencia de una cucaracha negruzca junto al lavamanos. El asco, como un chasquido de sensaciones amargas, le recorrió parcialmente el interior de la garganta, pero tuvo su punto de mayor descarga en una reacción involuntaria con las manos, una gesticulación similar a la usada para apartar a las moscas que rondan cerca de la cara. Cuando Ralph intentó centrarse, con calma tardía, notó que el desdichado bicho se había reventado de la nada; por la mitad, un corte pulcro separaba el cuerpo, varias patas se habían desprendido por la influencia invisible de alguna fuerza sombría y la imagen en general constaba de dos carcasas negras, patas, viseras y  manchas de un infecto pus amarillento.

Recordó la escena de aquella vez; el padre Ismael, volando por los aires, rompiendo los cristales del segundo piso, cruzando el patio frontal y precipitándose como un saco muerto sobre las afiladas puntas de la verja. En aquel instante se había hecho la idea a punta de oído, puesto que no tuvo el valor de asomarse para confirmarlo con sus ojos aterrados. De modo que la sangre, la postura retorcida y la carne perforada, no fueron más que visualizaciones transformadas, muchas veces, en pesadillas que lo visitaban sin aviso; a veces en los meses de frío o cuando recordaba el orfanato de su niñez lejana.
No lo había notado, posiblemente por la costumbre, pero se había duchado, afeitado, perfumado, peinado. Tampoco se percató de lo rápido que había desayunado. Durante la secuencia programada, solo había hecho una tarea con un detenimiento en parte reticente; limpiar la suciedad dejada por la cucaracha explosiva.

Debía ir a trabajar, al gimnasio del Colegio Ewen. Ralph se encargaba de unir las vigas superiores y de hacer cumplir las normas de seguridad. Un trabajo que para nada era su favorito, pero lo consideraba un trabajo digno. Para él, trabajar era sinónimo de sufrimiento, un sufrimiento necesario. Desde que era adolescente nunca se tragó las visiones “ligeras e idílicas” que muchos intentaron inculcarle con respecto a la vida.

—Buen día—dijo Ralph.
—Buen día Ralph—respondió el portero, sin apartar la mirada de un crucigrama rayado más de la cuenta.

Fue en ese momento, de aparente cotidianeidad, que una columna de humo negra se irguió con espesor instantáneo. Se escucharon cientos de voces gritando desesperadas, chillidos agónicos y desgarradores se esparcieron furtivos en medio del caos.

— ¡Bomberos! ¡Que alguien llame a los bomberos! —exclamó Ralph.
Miró hacia los demás con la expresión tensa, pero solo recibió miradas impávidas y algunos ceños fruncidos.
— ¿Qué mierda te pasa Ralph?, ¡Suéltame! —gritaba Niel Johnson sujetando la muñeca rígida de Ralph; éste último, impulsado por la emergencia y cegado por el pánico, le había tomado del cuello de la camisa, como lo haría alguien a punto de iniciar un huracán de puñetazos, pero sin darse cuenta.
— ¿Qué nadie lo ve? —terció Ralph volteándose hacia el gimnasio, que esta vez lucía intacto—. Pero… yo…

El resto de la jornada Ralph hizo un esfuerzo dantesco por ignorar los susurros molestos de sus compañeros. Durante la hora del almuerzo, se abstuvo de desenvolver el sándwich de su cobertura de papel aluminio, el bulto brillante se mecía en el interior de la lonchera emitiendo un ruido similar al de una interferencia radial.

Las horas pasaron volando; la fachada del gimnasio era imponente y la estructura del techo ya había adquirido una solidez contundente. Pronto la obra estaría terminada del todo y Ralph tendría que buscar otro trabajo, en algún edificio de cimientos incipientes, quizá.
Cuando estuvo a punto de volver a su casa, se tomó unos minutos para mirar nuevamente hacia donde antes se había alzado la columna de humo, como un presagio visual, junto con el vaticinio diabólico de una masa de cuerpos ardiendo y gritando bajo un cielo de estrellas ornamentales; una escena que sintió cercana, incluso tras las gruesas separaciones metálicas.

El traje yacía sobre la orilla de la cama, desplegado como un conjunto heterogéneo de color gris con tenues rayas de un tono más claro. No estaba seguro si funcionaría, si era una buena idea volver a ver a Margaret. Pero en esos momentos; cuando el pasado le atormentaba y el presente era invadido por ambiguos sueños e inquietantes visiones… y como olivar la cucaracha que se había abierto por alguna fuerza inexplicable… sin lugar a dudas ver los ojos, la piel, la sonrisa de Margaret resultaría gratificante, lo suficiente como para un olvido momentáneo.
Una melodía tranquilizante se esparcía por el interior de la iglesia; era una de esas canciones góspel con un ritmo pegadizo y acompañado de aplausos al unísono. La letra, en contraste con la miel sonora esparcida por el órgano, trataba de las maldiciones que debían pagar los hijos por los pecados de sus padres; una temática recurrente en aquel nido de “blancas palomas”.

—Es bueno verlo por acá nuevamente, Ralph—Tobías Brigham estrechaba la mano del recién llegado como una prensa mecánica.
—Siempre es bueno congregarse; “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” —dijo Ralph, mientras el versículo del libro de Mateo le auxiliaba en pronta respuesta.
—Así es—los ojos de Tobías eran profundos, verdaderos lagos con penumbras por corazón.

Más allá de la multitud que paulatinamente dejaba de cantar, Ralph pudo distinguir la figura armoniosa de quien sería su “Musa de la calma”, la silueta grácil y femenina, le recordaba las cariátides que decoraban la entrada del museo de historia natural de Chamberlain.
Cuando sus miradas, esta vez con una misteriosa carga de deseo, se cruzaron, la presencia de Tobías Brigham se interpuso entre ambos, como un centinela de traje negro. Ralph sabía que no era bienvenido en aquel lugar; se lo decía el apretón de manos, el tono despectivo, la visita a su casa… y el puño tembloroso de Tobías, una masa compacta de dedos vibrando sobre la superficie de un banquillo.

Cuando todo terminó un “Sígame” ronco y sin aviso se impuso entre las conversaciones circundantes. Ralph caminó detrás de Tobías, haciendo un esfuerzo para ignorar a Margaret, quien yacía a dos metros de él.
La mayoría de los asistentes solían conversar unos minutos antes de despedirse y retirarse; durante aquel lapso inmutable por la costumbre, los dos hombres salieron por la puerta principal y caminaron a paso acelerado por el lado izquierdo de la iglesia; detrás, una especie de chatarrería se hacía notar en medio de la noche con destellos angulosos en el patio trasero, un sitio apartado y ciertamente ausente en la memoria de muchos.

—No vuelvas, por ningún motivo—las fosas nasales de Tobías se dilataban y contraían a un ritmo frenético, no muy diferente a la respiración intensa de un toro a punto de embestir.
— ¿Por qué no? —respondió Ralph, intentando apartar la mano fuerte de Tobías de su cuello. No había notado la fuerza con la que el hombre lo presionaba contra el muro.
—Ya sabes por qué. Mi hija… tú… jamás, ¡nunca!
Un ardor extraño recorrió la espalda de Ralph y como un serpiente etérea se deslizó hasta posarse sobre la mollera, luego, un hormigueo similar a una cascada tibia le recordó la ducha que había tomada aquella mañana.

Las luces de los faroles lejanos parpadearon un instante, un ligero temblor sacudió el polvo acumulado entre los trastos del patio trasero. Era aquella sensación, el catalizador idóneo para desatar lo que Ralph ocultaba en su interior; el miedo. Miedo al padre Ismael y sus manos lascivas, miedo a ser golpeado por sus compañeros de escuela, miedo a las cucarachas… miedo a perder la imagen catártica de Margaret, diluyendo sus pesadillas en un mar de hermosos paisajes ocultos en su memoria. Hojas de otoño cayendo más allá del cristal de la ventana, una fina capa transparente que lo separaba del exterior y lo mantenía a raya en el psiquiátrico que había sido su hogar por más de tres años.

— ¡Apártate de mí! —vociferó Ralph. Pero antes de que sus cuerdas vocales terminaran de vibrar, Tobías había salido disparado contra el capó de un auto sin ruedas. El retumbar del metal no se comparó al posterior quejido, un lamento que no fue ignorado por quienes acudieron con intriga al patio trasero.
La escena era bastante clara; dos hombres con las ropas alborotadas, uno de ellos con expresión impávida se apoyaba contra el muro, el otro se retorcía de dolor en el suelo. Tal había sido la potencia del impacto, que la superficie metálica lucía una abolladura profunda y sombría.

— ¡Papá! —gritó Margaret abriéndose paso entre el cada vez más denso tumulto—. ¡¿Pero en qué estabas pensando, Ralph?! —exclamó mientras intentaba poner a su padre de pie. Los brazos delgados rodearon el tronco de Tobías, cuyo traje había adquirido la tonalidad parda de la tierra húmeda.
—Yo no… él voló… él quería que me fuera—las palabras se apilaban unas sobre otras, pero de forma tan caótica que fue imposible hacerlas coincidir en una cadena coherente—, él empezó cuando…
—Joven—terció una mujer de edad dando un paso adelante; llevaba un vestido largo, con rayas verticales que enmarcaban un cuerpo diminuto y rechoncho—, está usted en una casa del Señor, no le haremos nada… si se va ahora mismo.

Reconocía ese tono de voz, era una amenaza velada. Los dientes inferiores de la mujer quedaban expuestos en medio de una boca medio abierta; a Ralph le recordaba la apariencia grotesca de un perro de nariz ñata que solía visitar el patio frontal del orfanato.  No tuvo mucho tiempo para reparar en la inoportuna similitud, el rostro de Margaret proyectaba un intenso desconcierto, sazonado con una decepción amarga y salpicada de un odio ascendente.

—Vete de aquí, Ralph—las lágrimas de Margaret se precipitaron sobre una piel ruborizada por la rabia—, ahora.

Se despegó de la pared, se sintió un poco torpe. Las miradas acusadoras del gentío le proferían agudas estocadas de miedo, rencor y reprobación, todas aquellas emociones le entumecían los músculos de la espalda y la nuca.
Se abrió paso con la mirada gacha, solo pudo ver sus zapatos cuyo camino era cedido por otros de diferentes colores y tamaños; reconoció los tacones pulcros y negros de la anciana con dentadura sobresaliente.

Cuando llegó a su hogar, lanzó el manojo de llaves contra un espejo lejano; esté se trisó, apenas dibujando unas cuantas rectas relampagueantes sobre la superficie. Esto le causo cierta impotencia furiosa a Ralph que deseo por un instante haber lanzado las llaves con una fuerza más  acorde con su actual estado. Fue en ese momento que un estruendo súbito dividió los trozos en partes más pequeñas, tanto así que antes de que Ralph pudiera darse cuenta, un montón de pequeñas esquirlas del tamaño de un grano de arroz se apilaban sobre el piso de la sala de estar. El efecto sobrenatural suscitado había ido más allá; la sección de la pared donde yacía colgado el espejo ahora lucía una especie de agujero profundo, una perforación vacua que interrumpía el patrón de rombos decorativos.

— ¿Qué… qué qui… qué quieres… qué quieres de mí? —el llanto le dificultaba el habla, por cada sílaba que pronunciaba una bocanada espasmódica de aire le interrumpía—. ¿Qué es es… esto? Yo no quería… él… él la… él la apartará de mí—Se llevó la yema de los dedos a cada lado de la cabeza, las venas hinchadas dibujaban un relieve arbóreo sobre su frente sudorosa. Cuando notó que ya no quedaba nada más por decir, lloró desconsoladamente, cayó de rodillas, junto al primer peldaño de la escalera.

No era la posición más cómoda para quedarse dormido, su cabeza, cuello, tronco y piernas se desparramaron sobre los peldaños. El dolor no le despertó, era tal su estado de ánimo que el sueño se precipitó más por la necesidad de olvidar que por descansar.
Nuevamente se encontró a sí mismo parado en la estación. Los trenes llegaban a los andenes, dejando detrás espesas estelas de vapor, cada una diluyéndose en el cielo permanentemente anaranjado.

— ¿Otra vez tú? — Dijo la niña—. Vamos, quizás esta vez podamos ir juntos.
— ¿Quién eres?
—Tú sabes que soy, Ralph.

Antes de que Ralph pudiera contestar, un tren irrumpió con ímpetu férrico en la escena, justo en el andén aledaño. Era como todos los trenes, pero el nombre que perfilaba en su costado no era para nada como los “Emily”, “Sean” o “Ralph” que estaban cerca. Cuando el vapor se disipó el nombre que brillaba ante los ojos del hombre y la niña era: “Hitler”.

— ¿Qué significa esto?



En la lejanía un “Athila” fue a parar en el andén 1356. Luego un “Nerón” le precedió.

— ¡Oh!, hace tanto tiempo que no veía ese tren… fueron tiempos interesantes ¿no?
—Mira chiquilla—espetó Ralph—, será mejor que…
—No soy una chiquilla—dijo la niña, entornando los ojos ahora inyectados de sangre.
—Entonces ¿cómo te llamas?
—No tengo nombre.
— ¿De dónde vienes?
—De todas partes.
— ¿Cuántos años tienes? —la voz de Ralph empezaba a teñirse de preocupación.
—Muchos… creo—la niña se rascó la punta de la nariz y luego encogió los hombros—. Es hora de que tomes tu tren Ralph, para que pueda acompañarte—La niña llevó su mano derecha al bolsillo de su vestido rosa. Extendió el brazo hacia Ralph y cuando abrió la mano una cucaracha mutilada apareció entre los dedos infantiles de la niña sin nombre—. Por cierto, de nada.

Despertó con un punzante dolor en todo el cuerpo. Se sentó sobre un peldaño y pestañó con fuerza varias veces. Le costaba trabajo recordar lo soñado, pero solo hizo falta la lejana imagen de un insecto reventado. “Necesito ayuda”, pensó.



domingo, 9 de marzo de 2014

Capítulo 4: De encuentros y trenes

Giró a la izquierda, saliendo por fin de la fila donde un montón de tarros de atún lucían el rostro alegre y caricaturesco de un pez con gorro de chef; más allá, donde las frutas se apiñaban en montañas de todos los colores, cruzando una frondosa sección de vegetales surtidos, se encontraba Margaret Brigham. Llevaba un vestido largo y gris, que a pesar de su excesiva sobriedad, delineaba con sutileza su cuerpo femenino; el cabello, prensado por un broche, caía luciendo un característico brillo cobrizo que se mezclaba con otros matices semejantes y un poco más oscuros. Estiraba su mano, que nada tenía que envidiarle al mármol, por encima de una estantería con botellitas de vinagre. Fue entonces, cuando sus delicados dedos tocaron la superficie rugosa de una bolsa de condimentos extraños, que se sintió observada, una fuerza invisible le recorrió la espalda y se precipitó directo a su nuca; una estocada fría, breve y punzante.
Ralph White, treintañero, fanático religioso, retraído y solitario; se ocultaba parcialmente entre la gente que pasaba con sus carros de compras. Cuando la mujer lo percibió no pudo evitar el estremecimiento, una sonrisa estúpida se le dibujó en el rostro, como una confusa mixtura de espanto y felicidad.
Margaret le dedicó una sonrisa modesta, pero igualmente breve, revelando por un segundo una hilera perfecta y blanquecina de dientes, luego volvió su rostro para fingir que leía el reverso de un envase sacado al azar. Los ojos claros de ella se movían inquietos, quería estar segura de que Ralph ya no la miraba, de que había desaparecido y que no lo encontraría otra vez. ¿O acaso quería encontrar su mirada nuevamente?, fue una dilema que la acompañó durante varios minutos, hasta que llegó a la fila de pago. Sacó un monedero hecho por ella misma y extrajo con rapidez unos cuantos billetes y monedas.

Cuando lo vio en el estacionamiento se sintió muy apenada, en parte por su estricta educación moral, impartida con severidad por su padre y en parte porque ver a un hombre como Ralph, intentar sacar ileso un huevo de entre un cementerio desparramado de cáscaras, frutas y comida chatarra le evocaba la imagen de un niño abandonado, torpe y sin nadie en el mundo. Margaret Brigham jamás sabría lo acertada que era su intuición, una súbita certeza disfrazada de presentimiento.
No lo pensó dos veces; haciendo caso omiso de lo que su padre le había dicho, “Nada de acercarte a Ralph, ese hombre tiene algo raro, algo que Dios no aprueba”, se hincó sobre el asfalto ligeramente caldeado por el solo asomado y luego de volver a saludar, esta vez con su voz tímida, dispuso la gracia de sus manos en recoger y ayudar a Ralph con las bolsas.




—No se supone que tengas que estar haciendo esto—musitó Ralph, antes de darse cuenta de que no era buena idea decirlo—. Digo, tu padre… él no quiere…
—Él quiere que yo sea una buena cristiana—terció Margaret—, le estoy haciendo caso—ella soltó una risa que fue sofocada casi al instante por un respingo; quizás por miedo a lo que había pensado… o quizás por emoción, ni siquiera ella lo tenía claro.
—Gracias—dijo Ralph intentando disimular sin éxito su nerviosismo.

Algunos autos aparcados a su alrededor los envolvían con férreos reflejos del cielo matutino; Margaret Brigham se sacudía la larga falda mientras ésta desprendía discretas volutas de polvo que no tardaron en desaparecer.
Caminaron juntos por varios minutos; el tema de conversación se centró en interpretaciones limitadas de algunos versículos que cada uno consideraba “esenciales” para la vida. Luego de un rato se separaron en una bifurcación que interrumpió de súbito el caminar automático de ambos; ella se despejó el lado derecho de su rostro y miró a Ralph intentando parecer despreocupada, pero en el fondo sabía que no era cierto, la culpa le oprimía el torso, como si la autoridad indiscutible de su padre le presionara como una tenaza severa.

—Fue bueno verte—dijo Margaret pestañeando de forma errática, poseída de repente por una contrariedad eléctrica—. Me tengo que ir, hasta pron…—aclaró su garganta, que de un momento a otro pareció secarse—…to.
—Adiós—respondió Ralph, parcialmente convencido de que aquella vez, quizás, sería la última en la que vería a Margaret; idea que lo desesperó, tanto que decidió detenerla—. ¡Hey! —exclamó bajando el brazo derecho que se había extendido como si el resto del cuerpo estuviera hundiéndose en un océano profundo, escenario caótico, donde Margaret era el único salvavidas cercano.
Ella se volteó, la cortina de cabellos volvió a lucir un brillo cobrizo, casi esmaltado y su mirada se fijó con gentileza en Ralph.
Él le dedicó una mirada pueril, salpicada de cierta ridiculez; los parpados de Ralph terminaban en una línea inclinada, lo que realzaba el efecto lastimero de su expresión. 
—¿Sucede algo? —preguntó Margaret hundiendo con suavidad la yema de sus dedos en el antebrazo izquierdo.
—Me preguntaba—hizo una pausa para suavizar los músculos que tensaban su cara—, si estarás en la reunión de mañana.
No supo como responder a Ralph; se sintió acorralada por varias ocurrencias disparatadas, por posibilidades tanto benéficas como catastróficas. Pero aquella desdichada y solitaria alma le simpatizaba, no sabía el porqué, pero dejó de importarle una vez que respondió:
—Sí, estaré.

El cuarto de Ralph era sencillo: Unas cuantas decoraciones modestas de losa se alternaban con las fotos de paisajes recortadas de algunas revistas de viaje. Un Cristo crucificado se erguía imponente a pesar de su tamaño, por sobre la marquesa de una cama pequeña. Los colores que abarcaban el entorno eran sobrios en exceso; gris, negro, blanco y opacas variedades de beige se repartían tanto en las cortinas como en una alfombra felpuda, la ropa dentro del armario y la pintura de los muros.
Ralph dejó caer su cuerpo sobre la cama dispuesta en el centro, justo donde la luz de la luna dibujaba un franja diagonal sobre el diseño de flores grisáceas; cuando lo hizo los resortes amortiguaron la caída de tal modo que tardó unos segundos en estar completamente quieto.
Notó, sin el enojo habitual, que una mancha de humedad se estafa formando en el centro del techo. Parece una nube, pensó. Nunca antes había visto la semejanza, le pareció maravillosa. La última vez que tuvo una gotera subió al techo a regañadientes, los martillazos que secundaron sus reclamos fueron precedidos por gritos de dolor, cuando estaba enojado su pulgar izquierdo siempre salía mal parado en cuanto a trabajos de reparación se trataba.
Pero esta vez era diferente; la mancha era una nube y en el fondo, Ralph White sabía exactamente la razón: Margaret.

Eran las siete de la mañana. Había dormido toda la noche sin cubrirse, pero no sintió incomodidad alguna más que una pétrea capa helada en la parte posterior de los brazos y las orejas. Se levantó estrepitosamente, con temor instintivo; “Hoy debo ir a trabajar”. Se apoyó sobre la puerta del baño y la empujó apenas con fuerza, luego recordó: “Hoy no habrá montaje en el gimnasio techado, tienen que traer el resto del material”, no estaba seguro si la frase la había escuchado de su jefe o si era su propia cuerpo tratando de decirle: “Necesitamos dormir más".
Cuando se decidió a volver a la cama ya tenía la toalla en su mano izquierda; la lanzó contra la ducha, casi sin razonar y volvió a recostarse, esta vez bajo el amparo suave y protector de sus sábanas.

No le costó  darse cuenta de que estaba soñando; la prueba fidedigna de ello era que se movía más lento que de costumbre y que el entorno era difuso, donde se supone debían haber bordes o muros había una capa densa de niebla viva.
Estaba en una estación de trenes. El piso de colores alternados emulaba la apariencia conocida de un tablero de ajedrez. Había mucha gente caminando de un lado para el otro, eran todos altos, con abrigos largos y rostros inmutables. La multitud se movía en una misma dirección, justo hacia donde Ralph caminaba como si flotara, apenas sintiendo el rose de sus pies con el suelo, su representación onírica le resultó de lo más envidiable en comparación son su esencia carnal.

—Cada cual con su tren—decía una voz aguda, infantil y a la vez espesa de intriga.
—¿Quién tiene su tren? —preguntó Ralph, cuya boca se movía al compás de la escena, como era típico al soñar; presenciando más que decidiendo.
—¿Me acompañas al mío?
Cuando Ralph se giró se encontró con una pequeña niña de pelo plateado y rostro pálido; sus ojos yacían teñidos de un amarillo que les confería una belleza exótica y que enmarcaban la profundidad de las oscuras pupilas.
—Claro, ¿sabes dónde está?
—Es por acá—dijo la niña, tomando la mano invisible de Ralph.
Avanzaron por varios andenes y se detuvieron ante la fachada sólida de un tren de color escarlata.



—Aquí estás—dijo la niña.
—Es un lindo tren.
—Lo es.
—¿Cuándo llega el resto de la gente? —preguntó Ralph extrañado; notó que el tren estaba completamente vacío.
—Nadie más llegará, este es mi tren.
—¿Señorita? —preguntó un hombre oculto por las sombras nacientes del interior del tren—. ¿Está lista para el viaje.
—Sí, lo estoy—dijo mirando a Ralph—. Será un placer estar a tu lado el resto de tu vida—una sonrisa carente de emotividad se dibujó en el rostro de la niña.
—¿Disculpa?
—Tenemos que irnos, querido tren.

Las letras aparecieron tras varios serpenteos de fuego que dejaron detrás algunas curvas metálicas; en un costado del tren el nombre apareció como una revelación maléfica: <<RALPH WHITE>>.
El tren soltó con potencia densas nubes de vapor. Cuando empezó a moverse sobre el riel Ralph sintió que su cuerpo se volvía cada vez más etéreo.
La risa infantil de la niña revotó en medio de la estación, ignorando el sonido constante del gentío, imponiéndose como una sentencia fatal, como un augurio definitivo.
Cuando Ralph despertó no había sudor que delatara horror, ni respiración agitada que advirtiera las ansias de un escape instintivo. Se quedó mirando el sucio cristal de la ventana, un brillo anaranjado vaticinaba las primeras horas vespertinas del domingo.



miércoles, 26 de febrero de 2014

Capítulo 3: La primera vez de Ralph



—¿Podrías decirnos que sucedió? —inquirió el policía con tono comprensivo.
Frente a él, un niño taciturno balanceaba su espalda como una rama atrapada por el viento. La capa de sudor que nacía en la base de su cabello le confería una apariencia acentuada de nerviosismo.
El suéter a rombos iba combinado con una camisa del mismo color esmeralda, el cuello de la prenda denotaba descuido en cada arruga expuesta. Apoyó sus pequeñas manos entre los muslos y unió los pulgares tiritones antes de responder:
—Yo… Yo solo…—se mordió el labio inferior con fuerza, luego su mentón se tensó de modo que el color rojo de la carne se tornó blanco—.Yo solo le dije que me dejara tranquilo, le pedí que me dejará tranquilo.
—¿Al padre Ismael? —la vista del uniformado se agudizó sobre una gota de sudor que recorrió la cien del pequeño Ralph.
—Sí, le pedí… le pedí que no me molestara, que quería estar solo.
La imagen del padre fue evocada nuevamente, con el horror característico de los traumas recién implantados; la figura del padre Ismael, decorada por la fantasía infantil, por la exageración del miedo súbito: era un demonio, de dientes filosos, lengua serpenteante y mirada lasciva. Si no lo haces nunca dejaré que te adopten, mocoso. Es la voluntad del Señor, debes entregarte a sus mandatos, decía el demonio con sotana, mientras se interponía entre Ralph y la puerta de la habitación.

—¿Ralph? ¿estás bien? —la pregunta lo sacó del oscuro trance, sacudió la cabeza y cerró los párpados con tanta fuerza que las arrugas se precipitaron hacía el centro de su rostro, luego agregó, sin aflojar el rictus temeroso:
—Luego pas eso—Ralph mantuvo los ojos cerrados, se llevó las manos hacia ambos lados de la cabeza y agregó—: Eso que tengo adentro, lo empujó por la ventana.
—¿Disculpa? —el policía ladeó el rostro mientras apoyaba el antebrazo en la mesa dispuesta en medio del vestíbulo del orfanato—. ¿Qué llevas dentro? ¿un arma?.
—No sé, creo. Solo pasó de repente, le dije que se fuera y luego salió disparado por la ventana.
—¿Suicidio? —preguntó un segundo policía, parado detrás de su colega.
—¿Desde cuándo una persona puede volar seis metros horizontalmente? —arqueó una ceja para enfatizar la ironía—. ¿Y sin tomar impulso? —luego movió la cabeza en ademan negativo y se dirigió a una de las encargadas del orfanato—: ¿Está segura de que no había nadie más en la habitación.
—Estoy segura—respondió Berta Bower mirando a Ralph de reojo como si fuera el mismísimo anticristo.



Periódico local de Chamberlain- 26 de noviembre de 1938 (Extracto)

Conmoción ha provocado la misteriosa muerte del padre Ismael Duke, quién fue encontrado muerto la noche de este 25 de noviembre en el Orfanato central de Chamberlain. El cuerpo fue retirado el mismo día por personal forense. Aunque no se sabe a ciencia cierta la causa del fallecimiento, expertos afirman que pudo tratarse de un suicidio, aunque no se han reunido las pruebas suficientes para constatarlo como tal. El cuerpo fue perforado por las protecciones de la verja del orfanato, las mortales heridas perforaron su hígado y pulmón derecho. Testigos afirman que el cuerpo se movió durante tres segundos antes de quedar completamente inmóvil…



Al día siguiente Berta Bower llamó a Carl White para tramitar la adopción de Ralph. Éste solo pudo inferir que el chico había presenciado un terrible suceso y que, por consiguiente, estar con alguien que lo amara sería lo mejor para superar la traumática experiencia.
Fue ese  25 de noviembre, que el Ralph dejó atrás su apellido original; de Fleming a White: Ralph White.

Sintió como las manos huesudas de Ruth le sacudían los hombros. Un suave colchón le amortiguaba la cabeza. Sentía el suelo frío en la palma de sus manos y en parte de la espalda. Notó que la silueta de la mujer que lo auxiliaba era contorneada por la luz de un foco redondo colgado en el techo. Por un momento pensó ver a Margaret, lo que sin duda le llenó de alegría. Cuando notó que se trataba de vecina Ruth Hemingway, una mueca agria le tensó la boca.

—Bueno—la mujer sonrío por el alivio—, te desmayaste y empezaste a decir cosas como “quería estar solo” y “lo que llevo dentro” —.Fue muy raro.
—¿Eso dije? —el escándalo se apropió de su voz—. ¿Solo eso? —quería cerciorarse de que su odiosa vecina no supiera nada de aquel tormentoso pasado.
—Solo eso; una y otra vez.

Giró sobre su cadera y se paró con prisa. No tenía tiempo para cavilar sus visiones. De modo que al recordar el porqué estaba en el garaje de Ruth dijo:

—¿Qué cajas eran las que querías mover?


 Luego de ayudar a Ruth Hemingway (y de rechazar con falsa cortesía una taza de té), Ralph cruzó la calle a zancadas para encerrarse en la soledad de su hogar.
Lloró desconsoladamente sentado en el tercer peldaño de la escalera. El pasado lo atormentaba, el presente lo perseguía y el futuro… el futuro se rehusaba a ser prometedor.

El lunes sucedió de forma lineal y monótona; un saludo al portero, subir a trabajar en los arcos metálicos del gimnasio techado, luego volver a casa y ver el canal cristiano del cable.
Gary Monroe era un pastor protestante, de piel bronceada, pelo crespo y apariencia bonachona. Lucía un traje elegante; un juego negro combinado con una camisa del mismo color y una corbata de un carmesí contrastante. Minguo de aquellos rasgos coloridos le resultaba relevante a Ralph, sobre todo porque la Belweder solo transmitía en blanco y negro.  Giró el comando de la pantalla para sintonizar otro canal,  una parte de él se sintió mal por hacerlo, pero la culpa desapareció cuando notó que un partido de beisbol se desplegaba ante sus ojos aburridos.

Sintió una comezón en la nuca derecha, se rascó varias veces mientras se hundía cada vez más en el sofá. Luego su mirada vaga se perdió en las diminutas figuras de los jugadores; pronto, donde había un bateador, Ralph vio dos, el home run anunciado por el comentarista se distorsionó cada vez más hasta perderse en sus pensamientos. Hasta que el partido de beisbol perdió toda relevancia. Hasta que, sin darse cuenta, un nuevo desmayo lo había sepultado en un letargo indefinido.
No hubo sueño, tampoco alucinación. Solo un vacío subconsciente. Cuando sus ojos se abrieron, notó, con extrañeza, que eran cerca de las dos de la madrugada; un parte de él se sintió descansado y otra claramente experimentó un ligero descontrol, por haber perturbado el milimétrico horario de sueño, cuya reparación se había vuelto más difícil debido a la pesadilla de la noche anterior.
De modo que Ralph White se sentó sobre la cama, luego dejó caer todo su cuerpo e intentó conciliar el sueño, quiso convencer a su organismo de que sus ánimos estaban abatidos por algún esfuerzo, claramente fue un esfuerzo en vano.

—¡Mamá! —gritaba la niña pecosa, restregando sus ojos para atenuar las lágrimas .
—Susy, ¿Qué sucede? —preguntó Sarah Wayne precipitándose por encima de pequeño cerco de madera que bordeaba la entrada de su casa.
—¡Ralph White rompió mi trenecito! ¡dile algo! —dijo la niña cuyo labio inferior ocultaba el superior bajo un bulto rojo y babeante.


—¿Es cierto eso Ralph? ¿A caso no eres demasiado grande para andar jugando con niñas de la edad de mi hija? —Sarah tomó a su hija en brazos negándose a relajar el su gesto de desaprobación—. No te acerques a Susy y no rompas los juguetes de otros, cielos, ¿qué pasa contigo muchacho?



La madre se alejaba mientras la pequeña acurrucada parcialmente en el torso de su protectora asomaba el rostro rosado por el hombro y sacaba la lengua con desprecio. La imagen fue muy irritante para Ralph, que yacía arrodillado en el suelo, intentando unir las piezas del pequeño tren, el lodo se le metía por las hendiduras de su pantalón corto y sus manos se movían poseídas por el pavor; los trozos de madera del juguete chocaban entre sí creando un ritmo caótico y triste. Cuando Susy se río de su desgracia, Ralph, teniendo apenas siete años elaboró una venganza trascendiendo la conocida ley de “…es un plato que se sirve frío”. Se tomó su tiempo; fue en la secundaria, cuando Susy Wayne perdió todos sus dientes durante una excursión al centro acuático, que el odio fermentado de Ralph subió justo después del tétrico incidente, como espuma por la espalda,  justo al recordar el resentimiento de su infancia, la primera de muchas ocasiones que lo hizo sentirse un marginado. Entonces, el adolescente Ralph río… como nunca lo había hecho antes, río y la sangre que surgió de la boca de Susy se esparció por el tanque de los delfines, como una explosión de ramas rojizas.