La
voz de la niña se tornaba cada vez más difusa, tanto, que el sutil tono que
embellecía las palabras <<…el resto de tu vida>> se perdía entre la
percusión insistente de unos nudillos pequeños y angulosos sobre la puerta de
la entrada principal. El día aclaraba, era un martes recién nacido, amparado
por una proyección anaranjada de luz extendiéndose a través de las ventanas y
dando de lleno contra estantes, cajas apiladas y un refrigerador a punto de
colapsar por la falta de mantenimiento.
El
“toc-toc” se tornó más grave, emulando la determinación bélica de un ariete en
miniatura. Ralph lo había oído con toda claridad, incluso cuando los primeros
golpes eran fácilmente superados por los rasguños caprichosos de un puddle
mimado. Estando medio dormido pensó que probablemente se tratara de su tediosa
vecina a quién le había dedicado varias escenas de muertes irónicas en sus
fantasías más vengativas. Pero últimamente tenía pocos motivos para odiar y eso
lo hacía sentirse profundamente dichoso y tranquilo consigo mismo.
En
efecto, Ruth Hemingway golpeaba la puerta con premura; pero su expresión
oscilaba entre lo vacuo y lo temeroso, el sudor le cristalizaba parte de la
frente; despejada por la gracia cuasi-artística de un moño posado sobre la
mollera. De vez en cuando cesaba de tocar y se mordía las uñas, cuyo esmalte se
desgastaba, de modo que con el paso del tiempo adquirían la apariencia pobre de
puertas rojas y descascaradas.
— ¡Sr. White! —“Dios mío que conteste”, pensaba—. ¡Soy
Ruth, su vecina!
Eran las seis de la
mañana, en una hora más Ralph tenía que someterse al suave desliz del agua
caliente, pasar la hoja de afeitar de forma pulcra por la curva que unía la
punta de su mentón con el resto de su cuello, probar los huevos revueltos de
costumbre; con unas cuantas tiras de tocino muertas sobre las yemas, beber un
sorbo de café recién preparado y prepararse para una extenuante jornada. Una
rutina, que si bien no era precisamente una dosis de alegría, le hacía sentirse
listo y medianamente confiado. Pero la interrupción intempestiva de su vecina
le había privado de dicho nirvana cotidiano.
— ¡Voy en un momento! —gritó
desde la cama, inclinando la cabeza en dirección a la escalera. Su voz era
áspera, seca; sin lugar a dudas una voz surgida del sueño previo.
Ruth
apoyó la punta de su codo sobre una mano en forma de garra, mientras los dedos
de la otra se incrustaban sobre la piel tensa y ensombrecida por los pómulos. “Vamos, vamos, sal de una vez”, la voz
de sus pensamientos era más aguda que la habitual, lo que sin duda le habría
volado los sesos a Ralph. “No debí gritar
tan alto, ¡Oh! Debí llamarlo por teléfono, pero no tengo su número; pude
buscarlo, ¿no?”.
Él
apareció con una bata gris repleta de arrugas y con una constelación de motas
de género. El pelo enmarañado se le acumulaba en la mollera, era una especie de
planta de interior consistente en canas plateadas e intervalos de tenues
pinceladas oscuras. Los ojos entrecerrados ocultaban el fulgor rojo de un
derrame en la esfera izquierda. El mentón a medio afeitar lucía un sinfín de
púas crecientes, era una barba dominguera, “pero
es martes”, pensaba Ralph.
—¿Qué
pasa? —dijo al tiempo que limpiaba una repentina fuga de saliva de la comisura
de sus labios.
—Sr.White,
yo… yo tengo… tengo que decirle algo—la mujer miraba por encima de su hombro,
en dirección a la calle, como si alguien estuviera espiándola—. Ayer—carraspeó—,
un hombre vino a su casa y…
—¿Y?
—la apariencia aletargada cedió su trono a una preocupación evidente, que
intentaba escapar por los ojos y la sangre palpitante de las manos.
—Se
quedó mirando la casa por un momento y luego llamó a la puerta. Usted no
estaba, de modo que fue a mi casa y…
—Señora
Hemingway, no quiero parecer maleducado, pero tampoco soy un fanático del
suspenso—Ralph se sorprendió con la maestría con la que había disfrazado al
menos cien diferentes insultos que acudieron a su mente en ese momento,
apiñados uno detrás de otro, encerrados en un corral irrompible de hipocresía.
—Lo
siento—sus parpados se inclinaron con tristeza, prosiguió con un tono más
calmado y también más acongojado—. Me preguntó por usted y quería saber si iría
a la reunión de una iglesia o algo así. Era un hombre alto y…
—
¿Nombre? —soltó sin siquiera pensarlo. Contorneó los ojos sin disimulo y
agregó: —¿Podría decirme como se llamaba? —“Supongo
que pudo empezar por eso”. Le encantaba la privacidad del pensamiento.
—John
Tobías Brigham—declaró ella, con un énfasis tímido.
—
¿Qué más le dijo?
—Solo
eso, quería estar al tanto de su asistencia a esa iglesia y nada más.
Pero…—trago saliva con rapidez, estaba al tanto de lo poco tolerante que era su
vecino con las pausas que superaban los dos segundos—Ese hombre tiene algo
extraño, algo andaba mal con él. No sé cómo explicarlo, intuición femenina
quizás. Yo no me fiaría, Ralph—cuando terminó la frase intentó tomar la mano
muerta de Ralph, pero éste la había retirado poseído por un espasmo y la posó
sobre el marco de la puerta.
—Lo
tendré en cuenta, gracias—cerró la puerta sin reparar en cerca que estaba de la
cara de Ruth, aparentemente.
Sabía
que volver a dormir y disfrutar de esa última hora como si formara parte de un
agasajo continuo de ocho horas sería imposible, así que caminó medio muerto por
el pasillo que daba a la cocina y se preparó el desayuno. Notó que se había
saltado la ducha caliente y el afeitado. Dejó la sartén sobre la cocinilla. Cuando
puso el primer pie sobre la ducha su vista se petrificó ante la sorpresiva
presencia de una cucaracha negruzca junto al lavamanos. El asco, como un
chasquido de sensaciones amargas, le recorrió parcialmente el interior de la
garganta, pero tuvo su punto de mayor descarga en una reacción involuntaria con
las manos, una gesticulación similar a la usada para apartar a las moscas que
rondan cerca de la cara. Cuando Ralph intentó centrarse, con calma tardía, notó
que el desdichado bicho se había reventado de la nada; por la mitad, un corte
pulcro separaba el cuerpo, varias patas se habían desprendido por la influencia
invisible de alguna fuerza sombría y la imagen en general constaba de dos
carcasas negras, patas, viseras y
manchas de un infecto pus amarillento.
Recordó
la escena de aquella vez; el padre Ismael, volando por los aires, rompiendo los
cristales del segundo piso, cruzando el patio frontal y precipitándose como un
saco muerto sobre las afiladas puntas de la verja. En aquel instante se había
hecho la idea a punta de oído, puesto que no tuvo el valor de asomarse para confirmarlo
con sus ojos aterrados. De modo que la sangre, la postura retorcida y la carne
perforada, no fueron más que visualizaciones transformadas, muchas veces, en
pesadillas que lo visitaban sin aviso; a veces en los meses de frío o cuando
recordaba el orfanato de su niñez lejana.
No
lo había notado, posiblemente por la costumbre, pero se había duchado,
afeitado, perfumado, peinado. Tampoco se percató de lo rápido que había
desayunado. Durante la secuencia programada, solo había hecho una tarea con un
detenimiento en parte reticente; limpiar la suciedad dejada por la cucaracha
explosiva.
Debía
ir a trabajar, al gimnasio del Colegio Ewen. Ralph se encargaba de unir las
vigas superiores y de hacer cumplir las normas de seguridad. Un trabajo que
para nada era su favorito, pero lo consideraba un trabajo digno. Para él,
trabajar era sinónimo de sufrimiento, un sufrimiento necesario. Desde que era
adolescente nunca se tragó las visiones “ligeras e idílicas” que muchos
intentaron inculcarle con respecto a la vida.
—Buen
día—dijo Ralph.
—Buen
día Ralph—respondió el portero, sin apartar la mirada de un crucigrama rayado
más de la cuenta.
Fue
en ese momento, de aparente cotidianeidad, que una columna de humo negra se
irguió con espesor instantáneo. Se escucharon cientos de voces gritando
desesperadas, chillidos agónicos y desgarradores se esparcieron furtivos en
medio del caos.
—
¡Bomberos! ¡Que alguien llame a los bomberos! —exclamó Ralph.
Miró
hacia los demás con la expresión tensa, pero solo recibió miradas impávidas y
algunos ceños fruncidos.
—
¿Qué mierda te pasa Ralph?, ¡Suéltame! —gritaba Niel Johnson sujetando la
muñeca rígida de Ralph; éste último, impulsado por la emergencia y cegado por
el pánico, le había tomado del cuello de la camisa, como lo haría alguien a
punto de iniciar un huracán de puñetazos, pero sin darse cuenta.
—
¿Qué nadie lo ve? —terció Ralph volteándose hacia el gimnasio, que esta vez
lucía intacto—. Pero… yo…
El
resto de la jornada Ralph hizo un esfuerzo dantesco por ignorar los susurros
molestos de sus compañeros. Durante la hora del almuerzo, se abstuvo de
desenvolver el sándwich de su cobertura de papel aluminio, el bulto brillante se
mecía en el interior de la lonchera emitiendo un ruido similar al de una
interferencia radial.
Las
horas pasaron volando; la fachada del gimnasio era imponente y la estructura
del techo ya había adquirido una solidez contundente. Pronto la obra estaría
terminada del todo y Ralph tendría que buscar otro trabajo, en algún edificio
de cimientos incipientes, quizá.
Cuando
estuvo a punto de volver a su casa, se tomó unos minutos para mirar nuevamente
hacia donde antes se había alzado la columna de humo, como un presagio visual, junto
con el vaticinio diabólico de una masa de cuerpos ardiendo y gritando bajo un
cielo de estrellas ornamentales; una escena que sintió cercana, incluso tras
las gruesas separaciones metálicas.
El
traje yacía sobre la orilla de la cama, desplegado como un conjunto heterogéneo
de color gris con tenues rayas de un tono más claro. No estaba seguro si
funcionaría, si era una buena idea volver a ver a Margaret. Pero en esos
momentos; cuando el pasado le atormentaba y el presente era invadido por
ambiguos sueños e inquietantes visiones… y como olivar la cucaracha que se
había abierto por alguna fuerza inexplicable… sin lugar a dudas ver los ojos,
la piel, la sonrisa de Margaret resultaría gratificante, lo suficiente como
para un olvido momentáneo.
Una
melodía tranquilizante se esparcía por el interior de la iglesia; era una de
esas canciones góspel con un ritmo pegadizo y acompañado de aplausos al
unísono. La letra, en contraste con la miel sonora esparcida por el órgano,
trataba de las maldiciones que debían pagar los hijos por los pecados de sus
padres; una temática recurrente en aquel nido de “blancas palomas”.
—Es
bueno verlo por acá nuevamente, Ralph—Tobías Brigham estrechaba la mano del
recién llegado como una prensa mecánica.
—Siempre
es bueno congregarse; “Porque donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” —dijo
Ralph, mientras el versículo del libro de Mateo le auxiliaba en pronta
respuesta.
—Así
es—los ojos de Tobías eran profundos, verdaderos lagos con penumbras por
corazón.
Más
allá de la multitud que paulatinamente dejaba de cantar, Ralph pudo distinguir
la figura armoniosa de quien sería su “Musa
de la calma”, la silueta grácil y femenina, le recordaba las cariátides que
decoraban la entrada del museo de historia natural de Chamberlain.
Cuando
sus miradas, esta vez con una misteriosa carga de deseo, se cruzaron, la
presencia de Tobías Brigham se interpuso entre ambos, como un centinela de
traje negro. Ralph sabía que no era bienvenido en aquel lugar; se lo decía el
apretón de manos, el tono despectivo, la visita a su casa… y el puño tembloroso
de Tobías, una masa compacta de dedos vibrando sobre la superficie de un
banquillo.
Cuando
todo terminó un “Sígame” ronco y sin
aviso se impuso entre las conversaciones circundantes. Ralph caminó detrás de
Tobías, haciendo un esfuerzo para ignorar a Margaret, quien yacía a dos metros
de él.
La
mayoría de los asistentes solían conversar unos minutos antes de despedirse y
retirarse; durante aquel lapso inmutable por la costumbre, los dos hombres
salieron por la puerta principal y caminaron a paso acelerado por el lado
izquierdo de la iglesia; detrás, una especie de chatarrería se hacía notar en
medio de la noche con destellos angulosos en el patio trasero, un sitio
apartado y ciertamente ausente en la memoria de muchos.
—No
vuelvas, por ningún motivo—las fosas nasales de Tobías se dilataban y contraían
a un ritmo frenético, no muy diferente a la respiración intensa de un toro a
punto de embestir.
—
¿Por qué no? —respondió Ralph, intentando apartar la mano fuerte de Tobías de
su cuello. No había notado la fuerza con la que el hombre lo presionaba contra
el muro.
—Ya
sabes por qué. Mi hija… tú… jamás, ¡nunca!
Un
ardor extraño recorrió la espalda de Ralph y como un serpiente etérea se
deslizó hasta posarse sobre la mollera, luego, un hormigueo similar a una
cascada tibia le recordó la ducha que había tomada aquella mañana.
Las
luces de los faroles lejanos parpadearon un instante, un ligero temblor sacudió
el polvo acumulado entre los trastos del patio trasero. Era aquella sensación,
el catalizador idóneo para desatar lo que Ralph ocultaba en su interior; el
miedo. Miedo al padre Ismael y sus manos lascivas, miedo a ser golpeado por sus
compañeros de escuela, miedo a las cucarachas… miedo a perder la imagen catártica
de Margaret, diluyendo sus pesadillas en un mar de hermosos paisajes ocultos en
su memoria. Hojas de otoño cayendo más allá del cristal de la ventana, una fina
capa transparente que lo separaba del exterior y lo mantenía a raya en el
psiquiátrico que había sido su hogar por más de tres años.
—
¡Apártate de mí! —vociferó Ralph. Pero antes de que sus cuerdas vocales
terminaran de vibrar, Tobías había salido disparado contra el capó de un auto
sin ruedas. El retumbar del metal no se comparó al posterior quejido, un
lamento que no fue ignorado por quienes acudieron con intriga al patio trasero.
La
escena era bastante clara; dos hombres con las ropas alborotadas, uno de ellos
con expresión impávida se apoyaba contra el muro, el otro se retorcía de dolor
en el suelo. Tal había sido la potencia del impacto, que la superficie metálica
lucía una abolladura profunda y sombría.
—
¡Papá! —gritó Margaret abriéndose paso entre el cada vez más denso tumulto—. ¡¿Pero
en qué estabas pensando, Ralph?! —exclamó mientras intentaba poner a su padre
de pie. Los brazos delgados rodearon el tronco de Tobías, cuyo traje había
adquirido la tonalidad parda de la tierra húmeda.
—Yo
no… él voló… él quería que me fuera—las palabras se apilaban unas sobre otras,
pero de forma tan caótica que fue imposible hacerlas coincidir en una cadena
coherente—, él empezó cuando…
—Joven—terció
una mujer de edad dando un paso adelante; llevaba un vestido largo, con rayas
verticales que enmarcaban un cuerpo diminuto y rechoncho—, está usted en una
casa del Señor, no le haremos nada… si se va ahora mismo.
Reconocía
ese tono de voz, era una amenaza velada. Los dientes inferiores de la mujer
quedaban expuestos en medio de una boca medio abierta; a Ralph le recordaba la
apariencia grotesca de un perro de nariz ñata que solía visitar el patio
frontal del orfanato. No tuvo mucho
tiempo para reparar en la inoportuna similitud, el rostro de Margaret
proyectaba un intenso desconcierto, sazonado con una decepción amarga y salpicada
de un odio ascendente.
—Vete
de aquí, Ralph—las lágrimas de Margaret se precipitaron sobre una piel
ruborizada por la rabia—, ahora.
Se
despegó de la pared, se sintió un poco torpe. Las miradas acusadoras del gentío
le proferían agudas estocadas de miedo, rencor y reprobación, todas aquellas
emociones le entumecían los músculos de la espalda y la nuca.
Se
abrió paso con la mirada gacha, solo pudo ver sus zapatos cuyo camino era
cedido por otros de diferentes colores y tamaños; reconoció los tacones pulcros
y negros de la anciana con dentadura sobresaliente.
Cuando
llegó a su hogar, lanzó el manojo de llaves contra un espejo lejano; esté se
trisó, apenas dibujando unas cuantas rectas relampagueantes sobre la
superficie. Esto le causo cierta impotencia furiosa a Ralph que deseo por un
instante haber lanzado las llaves con una fuerza más acorde con su actual estado. Fue en ese
momento que un estruendo súbito dividió los trozos en partes más pequeñas,
tanto así que antes de que Ralph pudiera darse cuenta, un montón de pequeñas
esquirlas del tamaño de un grano de arroz se apilaban sobre el piso de la sala
de estar. El efecto sobrenatural suscitado había ido más allá; la sección de la
pared donde yacía colgado el espejo ahora lucía una especie de agujero
profundo, una perforación vacua que interrumpía el patrón de rombos
decorativos.
—
¿Qué… qué qui… qué quieres… qué quieres de mí? —el llanto le dificultaba el
habla, por cada sílaba que pronunciaba una bocanada espasmódica de aire le
interrumpía—. ¿Qué es es… esto? Yo no quería… él… él la… él la apartará de mí—Se
llevó la yema de los dedos a cada lado de la cabeza, las venas hinchadas
dibujaban un relieve arbóreo sobre su frente sudorosa. Cuando notó que ya no
quedaba nada más por decir, lloró desconsoladamente, cayó de rodillas, junto al
primer peldaño de la escalera.
No
era la posición más cómoda para quedarse dormido, su cabeza, cuello, tronco y
piernas se desparramaron sobre los peldaños. El dolor no le despertó, era tal
su estado de ánimo que el sueño se precipitó más por la necesidad de olvidar
que por descansar.
Nuevamente
se encontró a sí mismo parado en la estación. Los trenes llegaban a los
andenes, dejando detrás espesas estelas de vapor, cada una diluyéndose en el
cielo permanentemente anaranjado.
—
¿Otra vez tú? — Dijo la niña—. Vamos, quizás esta vez podamos ir juntos.
—
¿Quién eres?
—Tú
sabes que soy, Ralph.
Antes
de que Ralph pudiera contestar, un tren irrumpió con ímpetu férrico en la
escena, justo en el andén aledaño. Era como todos los trenes, pero el nombre
que perfilaba en su costado no era para nada como los “Emily”, “Sean” o “Ralph”
que estaban cerca. Cuando el vapor se disipó el nombre que brillaba ante los
ojos del hombre y la niña era: “Hitler”.
—
¿Qué significa esto?
En
la lejanía un “Athila” fue a parar en
el andén 1356. Luego un “Nerón” le
precedió.
—
¡Oh!, hace tanto tiempo que no veía ese tren… fueron tiempos interesantes ¿no?
—Mira
chiquilla—espetó Ralph—, será mejor que…
—No
soy una chiquilla—dijo la niña, entornando los ojos ahora inyectados de sangre.
—Entonces
¿cómo te llamas?
—No
tengo nombre.
—
¿De dónde vienes?
—De
todas partes.
—
¿Cuántos años tienes? —la voz de Ralph empezaba a teñirse de preocupación.
—Muchos…
creo—la niña se rascó la punta de la nariz y luego encogió los hombros—. Es
hora de que tomes tu tren Ralph, para que pueda acompañarte—La niña llevó su
mano derecha al bolsillo de su vestido rosa. Extendió el brazo hacia Ralph y
cuando abrió la mano una cucaracha mutilada apareció entre los dedos infantiles
de la niña sin nombre—. Por cierto, de nada.
Despertó
con un punzante dolor en todo el cuerpo. Se sentó sobre un peldaño y pestañó
con fuerza varias veces. Le costaba trabajo recordar lo soñado, pero solo hizo
falta la lejana imagen de un insecto reventado. “Necesito ayuda”, pensó.
