sábado, 15 de marzo de 2014

Capítulo 5: Profecías



La voz de la niña se tornaba cada vez más difusa, tanto, que el sutil tono que embellecía las palabras <<…el resto de tu vida>> se perdía entre la percusión insistente de unos nudillos pequeños y angulosos sobre la puerta de la entrada principal. El día aclaraba, era un martes recién nacido, amparado por una proyección anaranjada de luz extendiéndose a través de las ventanas y dando de lleno contra estantes, cajas apiladas y un refrigerador a punto de colapsar por la falta de mantenimiento.
El “toc-toc” se tornó más grave, emulando la determinación bélica de un ariete en miniatura. Ralph lo había oído con toda claridad, incluso cuando los primeros golpes eran fácilmente superados por los rasguños caprichosos de un puddle mimado. Estando medio dormido pensó que probablemente se tratara de su tediosa vecina a quién le había dedicado varias escenas de muertes irónicas en sus fantasías más vengativas. Pero últimamente tenía pocos motivos para odiar y eso lo hacía sentirse profundamente dichoso y tranquilo consigo mismo.

En efecto, Ruth Hemingway golpeaba la puerta con premura; pero su expresión oscilaba entre lo vacuo y lo temeroso, el sudor le cristalizaba parte de la frente; despejada por la gracia cuasi-artística de un moño posado sobre la mollera. De vez en cuando cesaba de tocar y se mordía las uñas, cuyo esmalte se desgastaba, de modo que con el paso del tiempo adquirían la apariencia pobre de  puertas rojas y descascaradas.

— ¡Sr. White! —“Dios mío que conteste”, pensaba—. ¡Soy Ruth, su vecina!
Eran las seis de la mañana, en una hora más Ralph tenía que someterse al suave desliz del agua caliente, pasar la hoja de afeitar de forma pulcra por la curva que unía la punta de su mentón con el resto de su cuello, probar los huevos revueltos de costumbre; con unas cuantas tiras de tocino muertas sobre las yemas, beber un sorbo de café recién preparado y prepararse para una extenuante jornada. Una rutina, que si bien no era precisamente una dosis de alegría, le hacía sentirse listo y medianamente confiado. Pero la interrupción intempestiva de su vecina le había privado de dicho nirvana cotidiano.
— ¡Voy en un momento! —gritó desde la cama, inclinando la cabeza en dirección a la escalera. Su voz era áspera, seca; sin lugar a dudas una voz surgida del sueño previo.
Ruth apoyó la punta de su codo sobre una mano en forma de garra, mientras los dedos de la otra se incrustaban sobre la piel tensa y ensombrecida por los pómulos. “Vamos, vamos, sal de una vez”, la voz de sus pensamientos era más aguda que la habitual, lo que sin duda le habría volado los sesos a Ralph. “No debí gritar tan alto, ¡Oh! Debí llamarlo por teléfono, pero no tengo su número; pude buscarlo, ¿no?”.
Él apareció con una bata gris repleta de arrugas y con una constelación de motas de género. El pelo enmarañado se le acumulaba en la mollera, era una especie de planta de interior consistente en canas plateadas e intervalos de tenues pinceladas oscuras. Los ojos entrecerrados ocultaban el fulgor rojo de un derrame en la esfera izquierda. El mentón a medio afeitar lucía un sinfín de púas crecientes, era una barba dominguera, “pero es martes”, pensaba Ralph.

—¿Qué pasa? —dijo al tiempo que limpiaba una repentina fuga de saliva de la comisura de sus labios.
—Sr.White, yo… yo tengo… tengo que decirle algo—la mujer miraba por encima de su hombro, en dirección a la calle, como si alguien estuviera espiándola—. Ayer—carraspeó—, un hombre vino a su casa y…
—¿Y? —la apariencia aletargada cedió su trono a una preocupación evidente, que intentaba escapar por los ojos y la sangre palpitante de las manos.
—Se quedó mirando la casa por un momento y luego llamó a la puerta. Usted no estaba, de modo que fue a mi casa y…
—Señora Hemingway, no quiero parecer maleducado, pero tampoco soy un fanático del suspenso—Ralph se sorprendió con la maestría con la que había disfrazado al menos cien diferentes insultos que acudieron a su mente en ese momento, apiñados uno detrás de otro, encerrados en un corral irrompible de hipocresía.
—Lo siento—sus parpados se inclinaron con tristeza, prosiguió con un tono más calmado y también más acongojado—. Me preguntó por usted y quería saber si iría a la reunión de una iglesia o algo así. Era un hombre alto y…
— ¿Nombre? —soltó sin siquiera pensarlo. Contorneó los ojos sin disimulo y agregó: —¿Podría decirme como se llamaba? —“Supongo que pudo empezar por eso”. Le encantaba la privacidad del pensamiento.
—John Tobías Brigham—declaró ella, con un énfasis tímido.
— ¿Qué más le dijo?
—Solo eso, quería estar al tanto de su asistencia a esa iglesia y nada más. Pero…—trago saliva con rapidez, estaba al tanto de lo poco tolerante que era su vecino con las pausas que superaban los dos segundos—Ese hombre tiene algo extraño, algo andaba mal con él. No sé cómo explicarlo, intuición femenina quizás. Yo no me fiaría, Ralph—cuando terminó la frase intentó tomar la mano muerta de Ralph, pero éste la había retirado poseído por un espasmo y la posó sobre el marco de la puerta.
—Lo tendré en cuenta, gracias—cerró la puerta sin reparar en cerca que estaba de la cara de Ruth, aparentemente.


Sabía que volver a dormir y disfrutar de esa última hora como si formara parte de un agasajo continuo de ocho horas sería imposible, así que caminó medio muerto por el pasillo que daba a la cocina y se preparó el desayuno. Notó que se había saltado la ducha caliente y el afeitado. Dejó la sartén sobre la cocinilla. Cuando puso el primer pie sobre la ducha su vista se petrificó ante la sorpresiva presencia de una cucaracha negruzca junto al lavamanos. El asco, como un chasquido de sensaciones amargas, le recorrió parcialmente el interior de la garganta, pero tuvo su punto de mayor descarga en una reacción involuntaria con las manos, una gesticulación similar a la usada para apartar a las moscas que rondan cerca de la cara. Cuando Ralph intentó centrarse, con calma tardía, notó que el desdichado bicho se había reventado de la nada; por la mitad, un corte pulcro separaba el cuerpo, varias patas se habían desprendido por la influencia invisible de alguna fuerza sombría y la imagen en general constaba de dos carcasas negras, patas, viseras y  manchas de un infecto pus amarillento.

Recordó la escena de aquella vez; el padre Ismael, volando por los aires, rompiendo los cristales del segundo piso, cruzando el patio frontal y precipitándose como un saco muerto sobre las afiladas puntas de la verja. En aquel instante se había hecho la idea a punta de oído, puesto que no tuvo el valor de asomarse para confirmarlo con sus ojos aterrados. De modo que la sangre, la postura retorcida y la carne perforada, no fueron más que visualizaciones transformadas, muchas veces, en pesadillas que lo visitaban sin aviso; a veces en los meses de frío o cuando recordaba el orfanato de su niñez lejana.
No lo había notado, posiblemente por la costumbre, pero se había duchado, afeitado, perfumado, peinado. Tampoco se percató de lo rápido que había desayunado. Durante la secuencia programada, solo había hecho una tarea con un detenimiento en parte reticente; limpiar la suciedad dejada por la cucaracha explosiva.

Debía ir a trabajar, al gimnasio del Colegio Ewen. Ralph se encargaba de unir las vigas superiores y de hacer cumplir las normas de seguridad. Un trabajo que para nada era su favorito, pero lo consideraba un trabajo digno. Para él, trabajar era sinónimo de sufrimiento, un sufrimiento necesario. Desde que era adolescente nunca se tragó las visiones “ligeras e idílicas” que muchos intentaron inculcarle con respecto a la vida.

—Buen día—dijo Ralph.
—Buen día Ralph—respondió el portero, sin apartar la mirada de un crucigrama rayado más de la cuenta.

Fue en ese momento, de aparente cotidianeidad, que una columna de humo negra se irguió con espesor instantáneo. Se escucharon cientos de voces gritando desesperadas, chillidos agónicos y desgarradores se esparcieron furtivos en medio del caos.

— ¡Bomberos! ¡Que alguien llame a los bomberos! —exclamó Ralph.
Miró hacia los demás con la expresión tensa, pero solo recibió miradas impávidas y algunos ceños fruncidos.
— ¿Qué mierda te pasa Ralph?, ¡Suéltame! —gritaba Niel Johnson sujetando la muñeca rígida de Ralph; éste último, impulsado por la emergencia y cegado por el pánico, le había tomado del cuello de la camisa, como lo haría alguien a punto de iniciar un huracán de puñetazos, pero sin darse cuenta.
— ¿Qué nadie lo ve? —terció Ralph volteándose hacia el gimnasio, que esta vez lucía intacto—. Pero… yo…

El resto de la jornada Ralph hizo un esfuerzo dantesco por ignorar los susurros molestos de sus compañeros. Durante la hora del almuerzo, se abstuvo de desenvolver el sándwich de su cobertura de papel aluminio, el bulto brillante se mecía en el interior de la lonchera emitiendo un ruido similar al de una interferencia radial.

Las horas pasaron volando; la fachada del gimnasio era imponente y la estructura del techo ya había adquirido una solidez contundente. Pronto la obra estaría terminada del todo y Ralph tendría que buscar otro trabajo, en algún edificio de cimientos incipientes, quizá.
Cuando estuvo a punto de volver a su casa, se tomó unos minutos para mirar nuevamente hacia donde antes se había alzado la columna de humo, como un presagio visual, junto con el vaticinio diabólico de una masa de cuerpos ardiendo y gritando bajo un cielo de estrellas ornamentales; una escena que sintió cercana, incluso tras las gruesas separaciones metálicas.

El traje yacía sobre la orilla de la cama, desplegado como un conjunto heterogéneo de color gris con tenues rayas de un tono más claro. No estaba seguro si funcionaría, si era una buena idea volver a ver a Margaret. Pero en esos momentos; cuando el pasado le atormentaba y el presente era invadido por ambiguos sueños e inquietantes visiones… y como olivar la cucaracha que se había abierto por alguna fuerza inexplicable… sin lugar a dudas ver los ojos, la piel, la sonrisa de Margaret resultaría gratificante, lo suficiente como para un olvido momentáneo.
Una melodía tranquilizante se esparcía por el interior de la iglesia; era una de esas canciones góspel con un ritmo pegadizo y acompañado de aplausos al unísono. La letra, en contraste con la miel sonora esparcida por el órgano, trataba de las maldiciones que debían pagar los hijos por los pecados de sus padres; una temática recurrente en aquel nido de “blancas palomas”.

—Es bueno verlo por acá nuevamente, Ralph—Tobías Brigham estrechaba la mano del recién llegado como una prensa mecánica.
—Siempre es bueno congregarse; “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” —dijo Ralph, mientras el versículo del libro de Mateo le auxiliaba en pronta respuesta.
—Así es—los ojos de Tobías eran profundos, verdaderos lagos con penumbras por corazón.

Más allá de la multitud que paulatinamente dejaba de cantar, Ralph pudo distinguir la figura armoniosa de quien sería su “Musa de la calma”, la silueta grácil y femenina, le recordaba las cariátides que decoraban la entrada del museo de historia natural de Chamberlain.
Cuando sus miradas, esta vez con una misteriosa carga de deseo, se cruzaron, la presencia de Tobías Brigham se interpuso entre ambos, como un centinela de traje negro. Ralph sabía que no era bienvenido en aquel lugar; se lo decía el apretón de manos, el tono despectivo, la visita a su casa… y el puño tembloroso de Tobías, una masa compacta de dedos vibrando sobre la superficie de un banquillo.

Cuando todo terminó un “Sígame” ronco y sin aviso se impuso entre las conversaciones circundantes. Ralph caminó detrás de Tobías, haciendo un esfuerzo para ignorar a Margaret, quien yacía a dos metros de él.
La mayoría de los asistentes solían conversar unos minutos antes de despedirse y retirarse; durante aquel lapso inmutable por la costumbre, los dos hombres salieron por la puerta principal y caminaron a paso acelerado por el lado izquierdo de la iglesia; detrás, una especie de chatarrería se hacía notar en medio de la noche con destellos angulosos en el patio trasero, un sitio apartado y ciertamente ausente en la memoria de muchos.

—No vuelvas, por ningún motivo—las fosas nasales de Tobías se dilataban y contraían a un ritmo frenético, no muy diferente a la respiración intensa de un toro a punto de embestir.
— ¿Por qué no? —respondió Ralph, intentando apartar la mano fuerte de Tobías de su cuello. No había notado la fuerza con la que el hombre lo presionaba contra el muro.
—Ya sabes por qué. Mi hija… tú… jamás, ¡nunca!
Un ardor extraño recorrió la espalda de Ralph y como un serpiente etérea se deslizó hasta posarse sobre la mollera, luego, un hormigueo similar a una cascada tibia le recordó la ducha que había tomada aquella mañana.

Las luces de los faroles lejanos parpadearon un instante, un ligero temblor sacudió el polvo acumulado entre los trastos del patio trasero. Era aquella sensación, el catalizador idóneo para desatar lo que Ralph ocultaba en su interior; el miedo. Miedo al padre Ismael y sus manos lascivas, miedo a ser golpeado por sus compañeros de escuela, miedo a las cucarachas… miedo a perder la imagen catártica de Margaret, diluyendo sus pesadillas en un mar de hermosos paisajes ocultos en su memoria. Hojas de otoño cayendo más allá del cristal de la ventana, una fina capa transparente que lo separaba del exterior y lo mantenía a raya en el psiquiátrico que había sido su hogar por más de tres años.

— ¡Apártate de mí! —vociferó Ralph. Pero antes de que sus cuerdas vocales terminaran de vibrar, Tobías había salido disparado contra el capó de un auto sin ruedas. El retumbar del metal no se comparó al posterior quejido, un lamento que no fue ignorado por quienes acudieron con intriga al patio trasero.
La escena era bastante clara; dos hombres con las ropas alborotadas, uno de ellos con expresión impávida se apoyaba contra el muro, el otro se retorcía de dolor en el suelo. Tal había sido la potencia del impacto, que la superficie metálica lucía una abolladura profunda y sombría.

— ¡Papá! —gritó Margaret abriéndose paso entre el cada vez más denso tumulto—. ¡¿Pero en qué estabas pensando, Ralph?! —exclamó mientras intentaba poner a su padre de pie. Los brazos delgados rodearon el tronco de Tobías, cuyo traje había adquirido la tonalidad parda de la tierra húmeda.
—Yo no… él voló… él quería que me fuera—las palabras se apilaban unas sobre otras, pero de forma tan caótica que fue imposible hacerlas coincidir en una cadena coherente—, él empezó cuando…
—Joven—terció una mujer de edad dando un paso adelante; llevaba un vestido largo, con rayas verticales que enmarcaban un cuerpo diminuto y rechoncho—, está usted en una casa del Señor, no le haremos nada… si se va ahora mismo.

Reconocía ese tono de voz, era una amenaza velada. Los dientes inferiores de la mujer quedaban expuestos en medio de una boca medio abierta; a Ralph le recordaba la apariencia grotesca de un perro de nariz ñata que solía visitar el patio frontal del orfanato.  No tuvo mucho tiempo para reparar en la inoportuna similitud, el rostro de Margaret proyectaba un intenso desconcierto, sazonado con una decepción amarga y salpicada de un odio ascendente.

—Vete de aquí, Ralph—las lágrimas de Margaret se precipitaron sobre una piel ruborizada por la rabia—, ahora.

Se despegó de la pared, se sintió un poco torpe. Las miradas acusadoras del gentío le proferían agudas estocadas de miedo, rencor y reprobación, todas aquellas emociones le entumecían los músculos de la espalda y la nuca.
Se abrió paso con la mirada gacha, solo pudo ver sus zapatos cuyo camino era cedido por otros de diferentes colores y tamaños; reconoció los tacones pulcros y negros de la anciana con dentadura sobresaliente.

Cuando llegó a su hogar, lanzó el manojo de llaves contra un espejo lejano; esté se trisó, apenas dibujando unas cuantas rectas relampagueantes sobre la superficie. Esto le causo cierta impotencia furiosa a Ralph que deseo por un instante haber lanzado las llaves con una fuerza más  acorde con su actual estado. Fue en ese momento que un estruendo súbito dividió los trozos en partes más pequeñas, tanto así que antes de que Ralph pudiera darse cuenta, un montón de pequeñas esquirlas del tamaño de un grano de arroz se apilaban sobre el piso de la sala de estar. El efecto sobrenatural suscitado había ido más allá; la sección de la pared donde yacía colgado el espejo ahora lucía una especie de agujero profundo, una perforación vacua que interrumpía el patrón de rombos decorativos.

— ¿Qué… qué qui… qué quieres… qué quieres de mí? —el llanto le dificultaba el habla, por cada sílaba que pronunciaba una bocanada espasmódica de aire le interrumpía—. ¿Qué es es… esto? Yo no quería… él… él la… él la apartará de mí—Se llevó la yema de los dedos a cada lado de la cabeza, las venas hinchadas dibujaban un relieve arbóreo sobre su frente sudorosa. Cuando notó que ya no quedaba nada más por decir, lloró desconsoladamente, cayó de rodillas, junto al primer peldaño de la escalera.

No era la posición más cómoda para quedarse dormido, su cabeza, cuello, tronco y piernas se desparramaron sobre los peldaños. El dolor no le despertó, era tal su estado de ánimo que el sueño se precipitó más por la necesidad de olvidar que por descansar.
Nuevamente se encontró a sí mismo parado en la estación. Los trenes llegaban a los andenes, dejando detrás espesas estelas de vapor, cada una diluyéndose en el cielo permanentemente anaranjado.

— ¿Otra vez tú? — Dijo la niña—. Vamos, quizás esta vez podamos ir juntos.
— ¿Quién eres?
—Tú sabes que soy, Ralph.

Antes de que Ralph pudiera contestar, un tren irrumpió con ímpetu férrico en la escena, justo en el andén aledaño. Era como todos los trenes, pero el nombre que perfilaba en su costado no era para nada como los “Emily”, “Sean” o “Ralph” que estaban cerca. Cuando el vapor se disipó el nombre que brillaba ante los ojos del hombre y la niña era: “Hitler”.

— ¿Qué significa esto?



En la lejanía un “Athila” fue a parar en el andén 1356. Luego un “Nerón” le precedió.

— ¡Oh!, hace tanto tiempo que no veía ese tren… fueron tiempos interesantes ¿no?
—Mira chiquilla—espetó Ralph—, será mejor que…
—No soy una chiquilla—dijo la niña, entornando los ojos ahora inyectados de sangre.
—Entonces ¿cómo te llamas?
—No tengo nombre.
— ¿De dónde vienes?
—De todas partes.
— ¿Cuántos años tienes? —la voz de Ralph empezaba a teñirse de preocupación.
—Muchos… creo—la niña se rascó la punta de la nariz y luego encogió los hombros—. Es hora de que tomes tu tren Ralph, para que pueda acompañarte—La niña llevó su mano derecha al bolsillo de su vestido rosa. Extendió el brazo hacia Ralph y cuando abrió la mano una cucaracha mutilada apareció entre los dedos infantiles de la niña sin nombre—. Por cierto, de nada.

Despertó con un punzante dolor en todo el cuerpo. Se sentó sobre un peldaño y pestañó con fuerza varias veces. Le costaba trabajo recordar lo soñado, pero solo hizo falta la lejana imagen de un insecto reventado. “Necesito ayuda”, pensó.



domingo, 9 de marzo de 2014

Capítulo 4: De encuentros y trenes

Giró a la izquierda, saliendo por fin de la fila donde un montón de tarros de atún lucían el rostro alegre y caricaturesco de un pez con gorro de chef; más allá, donde las frutas se apiñaban en montañas de todos los colores, cruzando una frondosa sección de vegetales surtidos, se encontraba Margaret Brigham. Llevaba un vestido largo y gris, que a pesar de su excesiva sobriedad, delineaba con sutileza su cuerpo femenino; el cabello, prensado por un broche, caía luciendo un característico brillo cobrizo que se mezclaba con otros matices semejantes y un poco más oscuros. Estiraba su mano, que nada tenía que envidiarle al mármol, por encima de una estantería con botellitas de vinagre. Fue entonces, cuando sus delicados dedos tocaron la superficie rugosa de una bolsa de condimentos extraños, que se sintió observada, una fuerza invisible le recorrió la espalda y se precipitó directo a su nuca; una estocada fría, breve y punzante.
Ralph White, treintañero, fanático religioso, retraído y solitario; se ocultaba parcialmente entre la gente que pasaba con sus carros de compras. Cuando la mujer lo percibió no pudo evitar el estremecimiento, una sonrisa estúpida se le dibujó en el rostro, como una confusa mixtura de espanto y felicidad.
Margaret le dedicó una sonrisa modesta, pero igualmente breve, revelando por un segundo una hilera perfecta y blanquecina de dientes, luego volvió su rostro para fingir que leía el reverso de un envase sacado al azar. Los ojos claros de ella se movían inquietos, quería estar segura de que Ralph ya no la miraba, de que había desaparecido y que no lo encontraría otra vez. ¿O acaso quería encontrar su mirada nuevamente?, fue una dilema que la acompañó durante varios minutos, hasta que llegó a la fila de pago. Sacó un monedero hecho por ella misma y extrajo con rapidez unos cuantos billetes y monedas.

Cuando lo vio en el estacionamiento se sintió muy apenada, en parte por su estricta educación moral, impartida con severidad por su padre y en parte porque ver a un hombre como Ralph, intentar sacar ileso un huevo de entre un cementerio desparramado de cáscaras, frutas y comida chatarra le evocaba la imagen de un niño abandonado, torpe y sin nadie en el mundo. Margaret Brigham jamás sabría lo acertada que era su intuición, una súbita certeza disfrazada de presentimiento.
No lo pensó dos veces; haciendo caso omiso de lo que su padre le había dicho, “Nada de acercarte a Ralph, ese hombre tiene algo raro, algo que Dios no aprueba”, se hincó sobre el asfalto ligeramente caldeado por el solo asomado y luego de volver a saludar, esta vez con su voz tímida, dispuso la gracia de sus manos en recoger y ayudar a Ralph con las bolsas.




—No se supone que tengas que estar haciendo esto—musitó Ralph, antes de darse cuenta de que no era buena idea decirlo—. Digo, tu padre… él no quiere…
—Él quiere que yo sea una buena cristiana—terció Margaret—, le estoy haciendo caso—ella soltó una risa que fue sofocada casi al instante por un respingo; quizás por miedo a lo que había pensado… o quizás por emoción, ni siquiera ella lo tenía claro.
—Gracias—dijo Ralph intentando disimular sin éxito su nerviosismo.

Algunos autos aparcados a su alrededor los envolvían con férreos reflejos del cielo matutino; Margaret Brigham se sacudía la larga falda mientras ésta desprendía discretas volutas de polvo que no tardaron en desaparecer.
Caminaron juntos por varios minutos; el tema de conversación se centró en interpretaciones limitadas de algunos versículos que cada uno consideraba “esenciales” para la vida. Luego de un rato se separaron en una bifurcación que interrumpió de súbito el caminar automático de ambos; ella se despejó el lado derecho de su rostro y miró a Ralph intentando parecer despreocupada, pero en el fondo sabía que no era cierto, la culpa le oprimía el torso, como si la autoridad indiscutible de su padre le presionara como una tenaza severa.

—Fue bueno verte—dijo Margaret pestañeando de forma errática, poseída de repente por una contrariedad eléctrica—. Me tengo que ir, hasta pron…—aclaró su garganta, que de un momento a otro pareció secarse—…to.
—Adiós—respondió Ralph, parcialmente convencido de que aquella vez, quizás, sería la última en la que vería a Margaret; idea que lo desesperó, tanto que decidió detenerla—. ¡Hey! —exclamó bajando el brazo derecho que se había extendido como si el resto del cuerpo estuviera hundiéndose en un océano profundo, escenario caótico, donde Margaret era el único salvavidas cercano.
Ella se volteó, la cortina de cabellos volvió a lucir un brillo cobrizo, casi esmaltado y su mirada se fijó con gentileza en Ralph.
Él le dedicó una mirada pueril, salpicada de cierta ridiculez; los parpados de Ralph terminaban en una línea inclinada, lo que realzaba el efecto lastimero de su expresión. 
—¿Sucede algo? —preguntó Margaret hundiendo con suavidad la yema de sus dedos en el antebrazo izquierdo.
—Me preguntaba—hizo una pausa para suavizar los músculos que tensaban su cara—, si estarás en la reunión de mañana.
No supo como responder a Ralph; se sintió acorralada por varias ocurrencias disparatadas, por posibilidades tanto benéficas como catastróficas. Pero aquella desdichada y solitaria alma le simpatizaba, no sabía el porqué, pero dejó de importarle una vez que respondió:
—Sí, estaré.

El cuarto de Ralph era sencillo: Unas cuantas decoraciones modestas de losa se alternaban con las fotos de paisajes recortadas de algunas revistas de viaje. Un Cristo crucificado se erguía imponente a pesar de su tamaño, por sobre la marquesa de una cama pequeña. Los colores que abarcaban el entorno eran sobrios en exceso; gris, negro, blanco y opacas variedades de beige se repartían tanto en las cortinas como en una alfombra felpuda, la ropa dentro del armario y la pintura de los muros.
Ralph dejó caer su cuerpo sobre la cama dispuesta en el centro, justo donde la luz de la luna dibujaba un franja diagonal sobre el diseño de flores grisáceas; cuando lo hizo los resortes amortiguaron la caída de tal modo que tardó unos segundos en estar completamente quieto.
Notó, sin el enojo habitual, que una mancha de humedad se estafa formando en el centro del techo. Parece una nube, pensó. Nunca antes había visto la semejanza, le pareció maravillosa. La última vez que tuvo una gotera subió al techo a regañadientes, los martillazos que secundaron sus reclamos fueron precedidos por gritos de dolor, cuando estaba enojado su pulgar izquierdo siempre salía mal parado en cuanto a trabajos de reparación se trataba.
Pero esta vez era diferente; la mancha era una nube y en el fondo, Ralph White sabía exactamente la razón: Margaret.

Eran las siete de la mañana. Había dormido toda la noche sin cubrirse, pero no sintió incomodidad alguna más que una pétrea capa helada en la parte posterior de los brazos y las orejas. Se levantó estrepitosamente, con temor instintivo; “Hoy debo ir a trabajar”. Se apoyó sobre la puerta del baño y la empujó apenas con fuerza, luego recordó: “Hoy no habrá montaje en el gimnasio techado, tienen que traer el resto del material”, no estaba seguro si la frase la había escuchado de su jefe o si era su propia cuerpo tratando de decirle: “Necesitamos dormir más".
Cuando se decidió a volver a la cama ya tenía la toalla en su mano izquierda; la lanzó contra la ducha, casi sin razonar y volvió a recostarse, esta vez bajo el amparo suave y protector de sus sábanas.

No le costó  darse cuenta de que estaba soñando; la prueba fidedigna de ello era que se movía más lento que de costumbre y que el entorno era difuso, donde se supone debían haber bordes o muros había una capa densa de niebla viva.
Estaba en una estación de trenes. El piso de colores alternados emulaba la apariencia conocida de un tablero de ajedrez. Había mucha gente caminando de un lado para el otro, eran todos altos, con abrigos largos y rostros inmutables. La multitud se movía en una misma dirección, justo hacia donde Ralph caminaba como si flotara, apenas sintiendo el rose de sus pies con el suelo, su representación onírica le resultó de lo más envidiable en comparación son su esencia carnal.

—Cada cual con su tren—decía una voz aguda, infantil y a la vez espesa de intriga.
—¿Quién tiene su tren? —preguntó Ralph, cuya boca se movía al compás de la escena, como era típico al soñar; presenciando más que decidiendo.
—¿Me acompañas al mío?
Cuando Ralph se giró se encontró con una pequeña niña de pelo plateado y rostro pálido; sus ojos yacían teñidos de un amarillo que les confería una belleza exótica y que enmarcaban la profundidad de las oscuras pupilas.
—Claro, ¿sabes dónde está?
—Es por acá—dijo la niña, tomando la mano invisible de Ralph.
Avanzaron por varios andenes y se detuvieron ante la fachada sólida de un tren de color escarlata.



—Aquí estás—dijo la niña.
—Es un lindo tren.
—Lo es.
—¿Cuándo llega el resto de la gente? —preguntó Ralph extrañado; notó que el tren estaba completamente vacío.
—Nadie más llegará, este es mi tren.
—¿Señorita? —preguntó un hombre oculto por las sombras nacientes del interior del tren—. ¿Está lista para el viaje.
—Sí, lo estoy—dijo mirando a Ralph—. Será un placer estar a tu lado el resto de tu vida—una sonrisa carente de emotividad se dibujó en el rostro de la niña.
—¿Disculpa?
—Tenemos que irnos, querido tren.

Las letras aparecieron tras varios serpenteos de fuego que dejaron detrás algunas curvas metálicas; en un costado del tren el nombre apareció como una revelación maléfica: <<RALPH WHITE>>.
El tren soltó con potencia densas nubes de vapor. Cuando empezó a moverse sobre el riel Ralph sintió que su cuerpo se volvía cada vez más etéreo.
La risa infantil de la niña revotó en medio de la estación, ignorando el sonido constante del gentío, imponiéndose como una sentencia fatal, como un augurio definitivo.
Cuando Ralph despertó no había sudor que delatara horror, ni respiración agitada que advirtiera las ansias de un escape instintivo. Se quedó mirando el sucio cristal de la ventana, un brillo anaranjado vaticinaba las primeras horas vespertinas del domingo.