Giró a la izquierda,
saliendo por fin de la fila donde un montón de tarros de atún lucían el rostro
alegre y caricaturesco de un pez con gorro de chef; más allá, donde las frutas
se apiñaban en montañas de todos los colores, cruzando una frondosa sección de
vegetales surtidos, se encontraba Margaret Brigham. Llevaba un vestido largo y
gris, que a pesar de su excesiva sobriedad, delineaba con sutileza su cuerpo
femenino; el cabello, prensado por un broche, caía luciendo un característico
brillo cobrizo que se mezclaba con otros matices semejantes y un poco más
oscuros. Estiraba su mano, que nada tenía que envidiarle al mármol, por encima
de una estantería con botellitas de vinagre. Fue entonces, cuando sus delicados
dedos tocaron la superficie rugosa de una bolsa de condimentos extraños, que se
sintió observada, una fuerza invisible le recorrió la espalda y se precipitó
directo a su nuca; una estocada fría, breve y punzante.
Ralph
White, treintañero, fanático religioso, retraído y solitario; se ocultaba parcialmente
entre la gente que pasaba con sus carros de compras. Cuando la mujer lo
percibió no pudo evitar el estremecimiento, una sonrisa estúpida se le dibujó
en el rostro, como una confusa mixtura de espanto y felicidad.
Margaret
le dedicó una sonrisa modesta, pero igualmente breve, revelando por un segundo
una hilera perfecta y blanquecina de dientes, luego volvió su rostro para
fingir que leía el reverso de un envase sacado al azar. Los ojos claros de ella
se movían inquietos, quería estar segura de que Ralph ya no la miraba, de que
había desaparecido y que no lo encontraría otra vez. ¿O acaso quería encontrar
su mirada nuevamente?, fue una dilema que la acompañó durante varios minutos,
hasta que llegó a la fila de pago. Sacó un monedero hecho por ella misma y
extrajo con rapidez unos cuantos billetes y monedas.
Cuando
lo vio en el estacionamiento se sintió muy apenada, en parte por su estricta
educación moral, impartida con severidad por su padre y en parte porque ver a
un hombre como Ralph, intentar sacar ileso un huevo de entre un cementerio
desparramado de cáscaras, frutas y comida chatarra le evocaba la imagen de un
niño abandonado, torpe y sin nadie en el mundo. Margaret Brigham jamás sabría lo
acertada que era su intuición, una súbita certeza disfrazada de presentimiento.
No
lo pensó dos veces; haciendo caso omiso de lo que su padre le había dicho, “Nada de acercarte a Ralph, ese hombre
tiene algo raro, algo que Dios no aprueba”, se hincó sobre el asfalto
ligeramente caldeado por el solo asomado y luego de volver a saludar, esta vez
con su voz tímida, dispuso la gracia de sus manos en recoger y ayudar a Ralph
con las bolsas.
—No
se supone que tengas que estar haciendo esto—musitó Ralph, antes de darse
cuenta de que no era buena idea decirlo—. Digo, tu padre… él no quiere…
—Él
quiere que yo sea una buena cristiana—terció Margaret—, le estoy haciendo
caso—ella soltó una risa que fue sofocada casi al instante por un respingo;
quizás por miedo a lo que había pensado… o quizás por emoción, ni siquiera ella
lo tenía claro.
—Gracias—dijo
Ralph intentando disimular sin éxito su nerviosismo.
Algunos
autos aparcados a su alrededor los envolvían con férreos reflejos del cielo
matutino; Margaret Brigham se sacudía la larga falda mientras ésta desprendía discretas
volutas de polvo que no tardaron en desaparecer.
Caminaron
juntos por varios minutos; el tema de conversación se centró en
interpretaciones limitadas de algunos versículos que cada uno consideraba
“esenciales” para la vida. Luego de un rato se separaron en una bifurcación que
interrumpió de súbito el caminar automático de ambos; ella se despejó el lado
derecho de su rostro y miró a Ralph intentando parecer despreocupada, pero en
el fondo sabía que no era cierto, la culpa le oprimía el torso, como si la
autoridad indiscutible de su padre le presionara como una tenaza severa.
—Fue
bueno verte—dijo Margaret pestañeando de forma errática, poseída de repente por
una contrariedad eléctrica—. Me tengo que ir, hasta pron…—aclaró su garganta,
que de un momento a otro pareció secarse—…to.
—Adiós—respondió
Ralph, parcialmente convencido de que aquella vez, quizás, sería la última en
la que vería a Margaret; idea que lo desesperó, tanto que decidió detenerla—. ¡Hey!
—exclamó bajando el brazo derecho que se había extendido como si el resto del
cuerpo estuviera hundiéndose en un océano profundo, escenario caótico, donde
Margaret era el único salvavidas cercano.
Ella
se volteó, la cortina de cabellos volvió a lucir un brillo cobrizo, casi
esmaltado y su mirada se fijó con gentileza en Ralph.
Él
le dedicó una mirada pueril, salpicada de cierta ridiculez; los parpados de Ralph
terminaban en una línea inclinada, lo que realzaba el efecto lastimero de su
expresión.
—¿Sucede
algo? —preguntó Margaret hundiendo con suavidad la yema de sus dedos en el
antebrazo izquierdo.
—Me
preguntaba—hizo una pausa para suavizar los músculos que tensaban su cara—, si
estarás en la reunión de mañana.
No
supo como responder a Ralph; se sintió acorralada por varias ocurrencias
disparatadas, por posibilidades tanto benéficas como catastróficas. Pero
aquella desdichada y solitaria alma le simpatizaba, no sabía el porqué, pero
dejó de importarle una vez que respondió:
—Sí,
estaré.
El
cuarto de Ralph era sencillo: Unas cuantas decoraciones modestas de losa se
alternaban con las fotos de paisajes recortadas de algunas revistas de viaje.
Un Cristo crucificado se erguía imponente a pesar de su tamaño, por sobre la marquesa
de una cama pequeña. Los colores que abarcaban el entorno eran sobrios en
exceso; gris, negro, blanco y opacas variedades de beige se repartían tanto en
las cortinas como en una alfombra felpuda, la ropa dentro del armario y la
pintura de los muros.
Ralph
dejó caer su cuerpo sobre la cama dispuesta en el centro, justo donde la luz de
la luna dibujaba un franja diagonal sobre el diseño de flores grisáceas; cuando
lo hizo los resortes amortiguaron la caída de tal modo que tardó unos segundos
en estar completamente quieto.
Notó,
sin el enojo habitual, que una mancha de humedad se estafa formando en el
centro del techo. Parece una nube, pensó.
Nunca antes había visto la semejanza, le pareció maravillosa. La última vez que
tuvo una gotera subió al techo a regañadientes, los martillazos que secundaron
sus reclamos fueron precedidos por gritos de dolor, cuando estaba enojado su
pulgar izquierdo siempre salía mal parado en cuanto a trabajos de reparación se
trataba.
Pero
esta vez era diferente; la mancha era una nube y en el fondo, Ralph White sabía
exactamente la razón: Margaret.
Eran
las siete de la mañana. Había dormido toda la noche sin cubrirse, pero no
sintió incomodidad alguna más que una pétrea capa helada en la parte posterior
de los brazos y las orejas. Se levantó estrepitosamente, con temor instintivo; “Hoy debo ir a trabajar”. Se apoyó sobre
la puerta del baño y la empujó apenas con fuerza, luego recordó: “Hoy no habrá montaje en el gimnasio techado,
tienen que traer el resto del material”, no estaba seguro si la frase la
había escuchado de su jefe o si era su propia cuerpo tratando de decirle: “Necesitamos dormir más".
Cuando se decidió a volver a la cama ya tenía la toalla en su mano izquierda; la lanzó contra la ducha, casi sin razonar y volvió a recostarse, esta vez bajo el amparo suave y protector de sus sábanas.
Cuando se decidió a volver a la cama ya tenía la toalla en su mano izquierda; la lanzó contra la ducha, casi sin razonar y volvió a recostarse, esta vez bajo el amparo suave y protector de sus sábanas.
No
le costó darse cuenta de que estaba
soñando; la prueba fidedigna de ello era que se movía más lento que de
costumbre y que el entorno era difuso, donde se supone debían haber bordes o
muros había una capa densa de niebla viva.
Estaba
en una estación de trenes. El piso de colores alternados emulaba la apariencia
conocida de un tablero de ajedrez. Había mucha gente caminando de un lado para
el otro, eran todos altos, con abrigos largos y rostros inmutables. La multitud
se movía en una misma dirección, justo hacia donde Ralph caminaba como si
flotara, apenas sintiendo el rose de sus pies con el suelo, su representación
onírica le resultó de lo más envidiable en comparación son su esencia carnal.
—Cada
cual con su tren—decía una voz aguda, infantil y a la vez espesa de intriga.
—¿Quién
tiene su tren? —preguntó Ralph, cuya boca se movía al compás de la escena, como
era típico al soñar; presenciando más que decidiendo.
—¿Me
acompañas al mío?
Cuando
Ralph se giró se encontró con una pequeña niña de pelo plateado y rostro
pálido; sus ojos yacían teñidos de un amarillo que les confería una belleza
exótica y que enmarcaban la profundidad de las oscuras pupilas.
—Claro,
¿sabes dónde está?
—Es
por acá—dijo la niña, tomando la mano invisible de Ralph.
Avanzaron
por varios andenes y se detuvieron ante la fachada sólida de un tren de color
escarlata.
—Aquí
estás—dijo la niña.
—Es
un lindo tren.
—Lo
es.
—¿Cuándo
llega el resto de la gente? —preguntó Ralph extrañado; notó que el tren estaba
completamente vacío.
—Nadie
más llegará, este es mi tren.
—¿Señorita?
—preguntó un hombre oculto por las sombras nacientes del interior del tren—.
¿Está lista para el viaje.
—Sí,
lo estoy—dijo mirando a Ralph—. Será un placer estar a tu lado el resto de tu
vida—una sonrisa carente de emotividad se dibujó en el rostro de la niña.
—¿Disculpa?
—Tenemos
que irnos, querido tren.
Las
letras aparecieron tras varios serpenteos de fuego que dejaron detrás algunas curvas
metálicas; en un costado del tren el nombre apareció como una revelación
maléfica: <<RALPH WHITE>>.
El
tren soltó con potencia densas nubes de vapor. Cuando empezó a moverse sobre el
riel Ralph sintió que su cuerpo se volvía cada vez más etéreo.
La
risa infantil de la niña revotó en medio de la estación, ignorando el sonido
constante del gentío, imponiéndose como una sentencia fatal, como un augurio
definitivo.
Cuando
Ralph despertó no había sudor que delatara horror, ni respiración agitada que
advirtiera las ansias de un escape instintivo. Se quedó mirando el sucio
cristal de la ventana, un brillo anaranjado vaticinaba las primeras horas
vespertinas del domingo.
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