domingo, 9 de marzo de 2014

Capítulo 4: De encuentros y trenes

Giró a la izquierda, saliendo por fin de la fila donde un montón de tarros de atún lucían el rostro alegre y caricaturesco de un pez con gorro de chef; más allá, donde las frutas se apiñaban en montañas de todos los colores, cruzando una frondosa sección de vegetales surtidos, se encontraba Margaret Brigham. Llevaba un vestido largo y gris, que a pesar de su excesiva sobriedad, delineaba con sutileza su cuerpo femenino; el cabello, prensado por un broche, caía luciendo un característico brillo cobrizo que se mezclaba con otros matices semejantes y un poco más oscuros. Estiraba su mano, que nada tenía que envidiarle al mármol, por encima de una estantería con botellitas de vinagre. Fue entonces, cuando sus delicados dedos tocaron la superficie rugosa de una bolsa de condimentos extraños, que se sintió observada, una fuerza invisible le recorrió la espalda y se precipitó directo a su nuca; una estocada fría, breve y punzante.
Ralph White, treintañero, fanático religioso, retraído y solitario; se ocultaba parcialmente entre la gente que pasaba con sus carros de compras. Cuando la mujer lo percibió no pudo evitar el estremecimiento, una sonrisa estúpida se le dibujó en el rostro, como una confusa mixtura de espanto y felicidad.
Margaret le dedicó una sonrisa modesta, pero igualmente breve, revelando por un segundo una hilera perfecta y blanquecina de dientes, luego volvió su rostro para fingir que leía el reverso de un envase sacado al azar. Los ojos claros de ella se movían inquietos, quería estar segura de que Ralph ya no la miraba, de que había desaparecido y que no lo encontraría otra vez. ¿O acaso quería encontrar su mirada nuevamente?, fue una dilema que la acompañó durante varios minutos, hasta que llegó a la fila de pago. Sacó un monedero hecho por ella misma y extrajo con rapidez unos cuantos billetes y monedas.

Cuando lo vio en el estacionamiento se sintió muy apenada, en parte por su estricta educación moral, impartida con severidad por su padre y en parte porque ver a un hombre como Ralph, intentar sacar ileso un huevo de entre un cementerio desparramado de cáscaras, frutas y comida chatarra le evocaba la imagen de un niño abandonado, torpe y sin nadie en el mundo. Margaret Brigham jamás sabría lo acertada que era su intuición, una súbita certeza disfrazada de presentimiento.
No lo pensó dos veces; haciendo caso omiso de lo que su padre le había dicho, “Nada de acercarte a Ralph, ese hombre tiene algo raro, algo que Dios no aprueba”, se hincó sobre el asfalto ligeramente caldeado por el solo asomado y luego de volver a saludar, esta vez con su voz tímida, dispuso la gracia de sus manos en recoger y ayudar a Ralph con las bolsas.




—No se supone que tengas que estar haciendo esto—musitó Ralph, antes de darse cuenta de que no era buena idea decirlo—. Digo, tu padre… él no quiere…
—Él quiere que yo sea una buena cristiana—terció Margaret—, le estoy haciendo caso—ella soltó una risa que fue sofocada casi al instante por un respingo; quizás por miedo a lo que había pensado… o quizás por emoción, ni siquiera ella lo tenía claro.
—Gracias—dijo Ralph intentando disimular sin éxito su nerviosismo.

Algunos autos aparcados a su alrededor los envolvían con férreos reflejos del cielo matutino; Margaret Brigham se sacudía la larga falda mientras ésta desprendía discretas volutas de polvo que no tardaron en desaparecer.
Caminaron juntos por varios minutos; el tema de conversación se centró en interpretaciones limitadas de algunos versículos que cada uno consideraba “esenciales” para la vida. Luego de un rato se separaron en una bifurcación que interrumpió de súbito el caminar automático de ambos; ella se despejó el lado derecho de su rostro y miró a Ralph intentando parecer despreocupada, pero en el fondo sabía que no era cierto, la culpa le oprimía el torso, como si la autoridad indiscutible de su padre le presionara como una tenaza severa.

—Fue bueno verte—dijo Margaret pestañeando de forma errática, poseída de repente por una contrariedad eléctrica—. Me tengo que ir, hasta pron…—aclaró su garganta, que de un momento a otro pareció secarse—…to.
—Adiós—respondió Ralph, parcialmente convencido de que aquella vez, quizás, sería la última en la que vería a Margaret; idea que lo desesperó, tanto que decidió detenerla—. ¡Hey! —exclamó bajando el brazo derecho que se había extendido como si el resto del cuerpo estuviera hundiéndose en un océano profundo, escenario caótico, donde Margaret era el único salvavidas cercano.
Ella se volteó, la cortina de cabellos volvió a lucir un brillo cobrizo, casi esmaltado y su mirada se fijó con gentileza en Ralph.
Él le dedicó una mirada pueril, salpicada de cierta ridiculez; los parpados de Ralph terminaban en una línea inclinada, lo que realzaba el efecto lastimero de su expresión. 
—¿Sucede algo? —preguntó Margaret hundiendo con suavidad la yema de sus dedos en el antebrazo izquierdo.
—Me preguntaba—hizo una pausa para suavizar los músculos que tensaban su cara—, si estarás en la reunión de mañana.
No supo como responder a Ralph; se sintió acorralada por varias ocurrencias disparatadas, por posibilidades tanto benéficas como catastróficas. Pero aquella desdichada y solitaria alma le simpatizaba, no sabía el porqué, pero dejó de importarle una vez que respondió:
—Sí, estaré.

El cuarto de Ralph era sencillo: Unas cuantas decoraciones modestas de losa se alternaban con las fotos de paisajes recortadas de algunas revistas de viaje. Un Cristo crucificado se erguía imponente a pesar de su tamaño, por sobre la marquesa de una cama pequeña. Los colores que abarcaban el entorno eran sobrios en exceso; gris, negro, blanco y opacas variedades de beige se repartían tanto en las cortinas como en una alfombra felpuda, la ropa dentro del armario y la pintura de los muros.
Ralph dejó caer su cuerpo sobre la cama dispuesta en el centro, justo donde la luz de la luna dibujaba un franja diagonal sobre el diseño de flores grisáceas; cuando lo hizo los resortes amortiguaron la caída de tal modo que tardó unos segundos en estar completamente quieto.
Notó, sin el enojo habitual, que una mancha de humedad se estafa formando en el centro del techo. Parece una nube, pensó. Nunca antes había visto la semejanza, le pareció maravillosa. La última vez que tuvo una gotera subió al techo a regañadientes, los martillazos que secundaron sus reclamos fueron precedidos por gritos de dolor, cuando estaba enojado su pulgar izquierdo siempre salía mal parado en cuanto a trabajos de reparación se trataba.
Pero esta vez era diferente; la mancha era una nube y en el fondo, Ralph White sabía exactamente la razón: Margaret.

Eran las siete de la mañana. Había dormido toda la noche sin cubrirse, pero no sintió incomodidad alguna más que una pétrea capa helada en la parte posterior de los brazos y las orejas. Se levantó estrepitosamente, con temor instintivo; “Hoy debo ir a trabajar”. Se apoyó sobre la puerta del baño y la empujó apenas con fuerza, luego recordó: “Hoy no habrá montaje en el gimnasio techado, tienen que traer el resto del material”, no estaba seguro si la frase la había escuchado de su jefe o si era su propia cuerpo tratando de decirle: “Necesitamos dormir más".
Cuando se decidió a volver a la cama ya tenía la toalla en su mano izquierda; la lanzó contra la ducha, casi sin razonar y volvió a recostarse, esta vez bajo el amparo suave y protector de sus sábanas.

No le costó  darse cuenta de que estaba soñando; la prueba fidedigna de ello era que se movía más lento que de costumbre y que el entorno era difuso, donde se supone debían haber bordes o muros había una capa densa de niebla viva.
Estaba en una estación de trenes. El piso de colores alternados emulaba la apariencia conocida de un tablero de ajedrez. Había mucha gente caminando de un lado para el otro, eran todos altos, con abrigos largos y rostros inmutables. La multitud se movía en una misma dirección, justo hacia donde Ralph caminaba como si flotara, apenas sintiendo el rose de sus pies con el suelo, su representación onírica le resultó de lo más envidiable en comparación son su esencia carnal.

—Cada cual con su tren—decía una voz aguda, infantil y a la vez espesa de intriga.
—¿Quién tiene su tren? —preguntó Ralph, cuya boca se movía al compás de la escena, como era típico al soñar; presenciando más que decidiendo.
—¿Me acompañas al mío?
Cuando Ralph se giró se encontró con una pequeña niña de pelo plateado y rostro pálido; sus ojos yacían teñidos de un amarillo que les confería una belleza exótica y que enmarcaban la profundidad de las oscuras pupilas.
—Claro, ¿sabes dónde está?
—Es por acá—dijo la niña, tomando la mano invisible de Ralph.
Avanzaron por varios andenes y se detuvieron ante la fachada sólida de un tren de color escarlata.



—Aquí estás—dijo la niña.
—Es un lindo tren.
—Lo es.
—¿Cuándo llega el resto de la gente? —preguntó Ralph extrañado; notó que el tren estaba completamente vacío.
—Nadie más llegará, este es mi tren.
—¿Señorita? —preguntó un hombre oculto por las sombras nacientes del interior del tren—. ¿Está lista para el viaje.
—Sí, lo estoy—dijo mirando a Ralph—. Será un placer estar a tu lado el resto de tu vida—una sonrisa carente de emotividad se dibujó en el rostro de la niña.
—¿Disculpa?
—Tenemos que irnos, querido tren.

Las letras aparecieron tras varios serpenteos de fuego que dejaron detrás algunas curvas metálicas; en un costado del tren el nombre apareció como una revelación maléfica: <<RALPH WHITE>>.
El tren soltó con potencia densas nubes de vapor. Cuando empezó a moverse sobre el riel Ralph sintió que su cuerpo se volvía cada vez más etéreo.
La risa infantil de la niña revotó en medio de la estación, ignorando el sonido constante del gentío, imponiéndose como una sentencia fatal, como un augurio definitivo.
Cuando Ralph despertó no había sudor que delatara horror, ni respiración agitada que advirtiera las ansias de un escape instintivo. Se quedó mirando el sucio cristal de la ventana, un brillo anaranjado vaticinaba las primeras horas vespertinas del domingo.



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