—¿Podrías
decirnos que sucedió? —inquirió el policía con tono comprensivo.
Frente
a él, un niño taciturno balanceaba su espalda como una rama atrapada por el
viento. La capa de sudor que nacía en la base de su cabello le confería una
apariencia acentuada de nerviosismo.
El
suéter a rombos iba combinado con una camisa del mismo color esmeralda, el
cuello de la prenda denotaba descuido en cada arruga expuesta. Apoyó sus
pequeñas manos entre los muslos y unió los pulgares tiritones antes de
responder:
—Yo…
Yo solo…—se mordió el labio inferior con fuerza, luego su mentón se tensó de
modo que el color rojo de la carne se tornó blanco—.Yo solo le dije que me
dejara tranquilo, le pedí que me dejará tranquilo.
—¿Al
padre Ismael? —la vista del uniformado se agudizó sobre una gota de sudor que
recorrió la cien del pequeño Ralph.
—Sí,
le pedí… le pedí que no me molestara, que quería estar solo.
La
imagen del padre fue evocada nuevamente, con el horror característico de los
traumas recién implantados; la figura del padre Ismael, decorada por la
fantasía infantil, por la exageración del miedo súbito: era un demonio, de
dientes filosos, lengua serpenteante y mirada lasciva. Si no lo haces nunca dejaré que te adopten, mocoso. Es la voluntad del
Señor, debes entregarte a sus mandatos, decía el demonio con sotana,
mientras se interponía entre Ralph y la puerta de la habitación.
—¿Ralph?
¿estás bien? —la pregunta lo sacó del oscuro trance, sacudió la cabeza y cerró
los párpados con tanta fuerza que las arrugas se precipitaron hacía el centro
de su rostro, luego agregó, sin aflojar el rictus temeroso:
—Luego
pas eso—Ralph mantuvo los ojos cerrados, se llevó las manos hacia ambos lados
de la cabeza y agregó—: Eso que tengo adentro, lo empujó por la ventana.
—¿Disculpa?
—el policía ladeó el rostro mientras apoyaba el antebrazo en la mesa dispuesta
en medio del vestíbulo del orfanato—. ¿Qué llevas dentro? ¿un arma?.
—No
sé, creo. Solo pasó de repente, le dije que se fuera y luego salió disparado por
la ventana.
—¿Suicidio?
—preguntó un segundo policía, parado detrás de su colega.
—¿Desde
cuándo una persona puede volar seis metros horizontalmente? —arqueó una ceja para
enfatizar la ironía—. ¿Y sin tomar impulso? —luego movió la cabeza en ademan negativo
y se dirigió a una de las encargadas del orfanato—: ¿Está segura de que no
había nadie más en la habitación.
—Estoy
segura—respondió Berta Bower mirando a Ralph de reojo como si fuera el
mismísimo anticristo.
Periódico local de
Chamberlain- 26 de noviembre de 1938 (Extracto)
Conmoción ha provocado
la misteriosa muerte del padre Ismael Duke, quién fue encontrado muerto la
noche de este 25 de noviembre en el Orfanato central de Chamberlain. El cuerpo
fue retirado el mismo día por personal forense. Aunque no se sabe a ciencia
cierta la causa del fallecimiento, expertos afirman que pudo tratarse de un
suicidio, aunque no se han reunido las pruebas suficientes para constatarlo
como tal. El cuerpo fue perforado por las protecciones de la verja del
orfanato, las mortales heridas perforaron su hígado y pulmón derecho. Testigos
afirman que el cuerpo se movió durante tres segundos antes de quedar
completamente inmóvil…
Al
día siguiente Berta Bower llamó a Carl White para tramitar la adopción de
Ralph. Éste solo pudo inferir que el chico había presenciado un terrible suceso
y que, por consiguiente, estar con alguien que lo amara sería lo mejor para
superar la traumática experiencia.
Fue
ese 25 de noviembre, que el Ralph dejó
atrás su apellido original; de Fleming a White: Ralph White.
Sintió
como las manos huesudas de Ruth le sacudían los hombros. Un suave colchón le
amortiguaba la cabeza. Sentía el suelo frío en la palma de sus manos y en parte
de la espalda. Notó que la silueta de la mujer que lo auxiliaba era contorneada
por la luz de un foco redondo colgado en el techo. Por un momento pensó ver a
Margaret, lo que sin duda le llenó de alegría. Cuando notó que se trataba de
vecina Ruth Hemingway, una mueca agria le tensó la boca.
—Bueno—la
mujer sonrío por el alivio—, te desmayaste y empezaste a decir cosas como “quería estar solo” y “lo que llevo dentro” —.Fue muy raro.
—¿Eso
dije? —el escándalo se apropió de su voz—. ¿Solo eso? —quería cerciorarse de
que su odiosa vecina no supiera nada de aquel tormentoso pasado.
—Solo
eso; una y otra vez.
Giró
sobre su cadera y se paró con prisa. No tenía tiempo para cavilar sus visiones.
De modo que al recordar el porqué estaba en el garaje de Ruth dijo:
—¿Qué
cajas eran las que querías mover?
Luego
de ayudar a Ruth Hemingway (y de rechazar con falsa cortesía una taza de té),
Ralph cruzó la calle a zancadas para encerrarse en la soledad de su hogar.
Lloró
desconsoladamente sentado en el tercer peldaño de la escalera. El pasado lo
atormentaba, el presente lo perseguía y el futuro… el futuro se rehusaba a ser
prometedor.
El
lunes sucedió de forma lineal y monótona; un saludo al portero, subir a
trabajar en los arcos metálicos del gimnasio techado, luego volver a casa y ver
el canal cristiano del cable.
Gary
Monroe era un pastor protestante, de piel bronceada, pelo crespo y apariencia
bonachona. Lucía un traje elegante; un juego negro combinado con una camisa del
mismo color y una corbata de un carmesí contrastante. Minguo de aquellos rasgos
coloridos le resultaba relevante a Ralph, sobre todo porque la Belweder solo transmitía en blanco y
negro. Giró el comando de la pantalla
para sintonizar otro canal, una parte de
él se sintió mal por hacerlo, pero la culpa desapareció cuando notó que un
partido de beisbol se desplegaba ante sus ojos aburridos.
Sintió
una comezón en la nuca derecha, se rascó varias veces mientras se hundía cada
vez más en el sofá. Luego su mirada vaga se perdió en las diminutas figuras de
los jugadores; pronto, donde había un bateador, Ralph vio dos, el home run anunciado por el comentarista
se distorsionó cada vez más hasta perderse en sus pensamientos. Hasta que el
partido de beisbol perdió toda relevancia. Hasta que, sin darse cuenta, un
nuevo desmayo lo había sepultado en un letargo indefinido.
No
hubo sueño, tampoco alucinación. Solo un vacío subconsciente. Cuando sus ojos
se abrieron, notó, con extrañeza, que eran cerca de las dos de la madrugada; un
parte de él se sintió descansado y otra claramente experimentó un ligero
descontrol, por haber perturbado el milimétrico horario de sueño, cuya
reparación se había vuelto más difícil debido a la pesadilla de la noche
anterior.
De
modo que Ralph White se sentó sobre la cama, luego dejó caer todo su cuerpo e
intentó conciliar el sueño, quiso convencer a su organismo de que sus ánimos
estaban abatidos por algún esfuerzo, claramente fue un esfuerzo en vano.
—¡Mamá!
—gritaba la niña pecosa, restregando sus ojos para atenuar las lágrimas .
—Susy,
¿Qué sucede? —preguntó Sarah Wayne precipitándose por encima de pequeño cerco
de madera que bordeaba la entrada de su casa.
—¡Ralph
White rompió mi trenecito! ¡dile algo! —dijo la niña cuyo labio inferior
ocultaba el superior bajo un bulto rojo y babeante.
—¿Es
cierto eso Ralph? ¿A caso no eres demasiado grande para andar jugando con niñas
de la edad de mi hija? —Sarah tomó a su hija en brazos negándose a relajar el
su gesto de desaprobación—. No te acerques a Susy y no rompas los juguetes de
otros, cielos, ¿qué pasa contigo muchacho?
La
madre se alejaba mientras la pequeña acurrucada parcialmente en el torso de su
protectora asomaba el rostro rosado por el hombro y sacaba la lengua con
desprecio. La imagen fue muy irritante para Ralph, que yacía arrodillado en el
suelo, intentando unir las piezas del pequeño tren, el lodo se le metía por las
hendiduras de su pantalón corto y sus manos se movían poseídas por el pavor; los
trozos de madera del juguete chocaban entre sí creando un ritmo caótico y
triste. Cuando Susy se río de su desgracia, Ralph, teniendo apenas siete años elaboró
una venganza trascendiendo la conocida ley de “…es un plato que se sirve frío”. Se tomó su tiempo; fue en la
secundaria, cuando Susy Wayne perdió todos sus dientes durante una excursión al
centro acuático, que el odio fermentado de Ralph subió justo después del tétrico incidente, como
espuma por la espalda, justo al recordar el resentimiento de su infancia, la primera de muchas ocasiones que lo hizo sentirse
un marginado. Entonces, el adolescente Ralph río… como nunca lo había hecho
antes, río y la sangre que surgió de la boca de Susy se esparció por el tanque de los delfines, como una explosión de ramas rojizas.
Syair SDY
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