La
marquesa de la cama crujió un par de veces, secundada por ronquidos irregulares
saliendo de la habitación de Ralph White. Eran cerca de las cinco de la
madrugada, sus párpados se contrajeron al compás de sus quejidos, en su mente,
se maquinaba un escenario idílico pero teñido de cierto repudio contenido.
En
el ligero espacio onírico que lo separaba de la noche quieta y fría, un suelo
familiar se extendía bajo sus pies, los que a su vez eran pequeños, eran los
pies de un niño. Ralph tenía cerca de siete años. Yacía quieto frente a la
ventana del orfanato, la habitación desprendía un olor acre, característico de
la humedad y la acumulación de polvo. Su mirada pueril atravesaba el cristal y
se perdía en la nieve apiñada en el patio frontal.
En
la calle, más allá de la verja retorcida, un chevrolet apache de color marrón se estacionaba bajo el tenue
amparo de un árbol sin hojas. Del vehículo bajó una silueta familiar; era un
hombre alto, cuya calva oculta por un sombrero de alas extensas era difícil de disimular
del todo, los ojos dormilones tras el cristal de los lentes de marco grueso parecían
estar así más bien por una pereza perpetua que por una condición inherente.
Entró caminando con ímpetu, su cuerpo gordo contrastaba como un trozo enorme de
carbón entre el hielo y el balanceo del desplace era muy parecido al de un pingüino
rechoncho; su nombre era Ismael, era un sacerdote católico de renombre, con
frecuencia solía visitar el orfanato para tratar temas de financiamiento o para
realizar tutorías teológicas.
Ralph
corrió desesperado para ocultarse en algún lugar; saltar por la ventana que
daba con el patio trasero le pareció una buena idea, hasta que recordó que la
mayoría de los niños estarían jugando a esa hora, armando muñecos de nieve,
tirándose bolas blanquecinas o restregando brazos y piernas sobre la nieve para
dibujar ángeles genéricos uno detrás de otro. Su cuerpo se tambaleo por la
contrariedad de su ocurrencia y terminó por quedar inmóvil en mitad de la
escalera. Fue ahí que se encontró de cara con el padre Ismael. Sube a tu habitación, Ralph, dijo en
tono carente de emoción. El niño sabía que era lo que pasaría después, el
horror vaticinado hizo que su cuerpo adulto se retorciera en la cama, sus manos
anchas intentaban alejar un recuerdo vacuo que lentamente adquiría tono, forma,
color, sonido e incluso olor.
Era
una peste a tabaco rancio que desprendía la solapa del abrigo del padre, o
quizá la capa de sudor en su frente cada vez más brillante, lo que le
inquietaba a Ralph.
Veía
como sus pupilas se dilataban, como su nariz se contraía con la respiración,
como sus manos tocaban lo que no debían.
Ralph
White sacudió las manos con más fuerza, intentando apartar las visiones del
futuro recóndito como si de humo se tratara. El recuerdo se hacía cada vez más
vívido, el tormento le roía la cordura como si un ácido imparable se filtrara
en su razón, diluyéndola, carcomiendo su humanidad.
El
infierno que se desencadenó hubiera seguido por varios minutos más, pero una
estridente interrupción pospuso la tortura. Aledaña a la cama, una pieza
decorativa de porcelana se había roto en varias partes, lo que no habría sido
extraño en absoluto si no fuera porque el plato con el dibujo de una lejana
Alaska, estaba colgado en la pared contraria. Al extraño suceso se sumó uno de
mayor misticismo; la puerta de la habitación de Ralph yacía rota, las astillas
como dientes de piraña, apuntaban hacia dentro, como si algo imparable hubiera
irrumpido, pero ese algo no se divisaba para nada. Cuando Ralph White intentó
encender la luz, notó que la ampolleta estaba rota y los trozos de vidrio se
habían desplegado amenazantes a lo largo de una alfombra felpuda.
Se
contrajo un poco antes de reaccionar. Sentía un miedo hormigueando su espalda y
estremeciendo cada músculo. El rostro del padre Ismael aún le atormentaba. El
rostro destrozado y el cuerpo mutilado del padre. ¡Sí!, el cadáver retorcido y
clavado sobre la verja del orfanato, con el rostro desfigurado y sus genitales
expuestos; todo conjugado en un paisaje macabro que marcó, no solo un hecho
noticioso que había adquirido matices legendarios, sino también la infancia
difícil de más de un huérfano que había acudido a la entrada tras escuchar el
grito de espanto y el posterior romper de los cristales.
La
telekinesis, conocida por aquel momento como “psicoquinesis”, era un fenómeno
que había suscitado más de una caza de brujas a lo largo de la historia. Lo
curioso es que la condición de Ralph se ramificaba en estados de mayor
complejidad. Cuando era adolescente, siendo un espléndido estudiante, aunque
muy conflictivo con las teorías científicas, un evento, similar al de la muerte
del padre Ismael, se había desarrollado durante una clase de historia
universal.
—El
Renacimiento tuvo al ser humano como centro de los grandes avances propios de
la época. A diferencia del Medioevo, la cualidad humana no se vio eclipsada por
la existencia de Dios—Cuando terminó de explicar se llevó una mano a la boca,
como si una bilis infecta le hubiera recorrido la garganta.
La
brillante respuesta que Ralph había expuesto con forzada elocuencia, no era en
absoluto una ocurrencia propia. Durante breves instantes, el, hasta entonces,
escuálido Ralph White, había respondido casi por inercia a la inquisitiva voz
de Zoe Desjardin, cuya hija, una deportista empedernida y obsesionada, había
quedado anonadada con la intervención del chico más tímido de su escuela, que
por lo visto, le había quitado las palabras de la boca, literalmente.
Ralph
White experimentó por mucho tiempo con su talento, atribuyendo su existencia a
Dios o a los ángeles. Lo extraño, y quizás, lo más perturbador que sucedió
durante aquel periodo de curiosidad, fue que el día después de que Ralph viera
un documental del holocausto judío; del cual muchas escenas vívidas había
repasado una y otra vez, una monja treintañera se habría suicidado de la misma
manera en la que lo habían hecho unos actores durante la dramatización
proyectada en el salón de clases.
No
era lo que tenía en mente. Intentó convertir a muchos de sus compañeros al
cristianismo, pero, a pesar de haber tenido cierto éxito, intentó apartar aquel
don diabólico de su vida; decisión que tomó cuando uno de sus “convertidos” había
crucificado a uno de sus mascotas en el patio de la escuela.
No
entendía porque razón la gente hacía esas cosas, ni tampoco entendía porque él
podía suscitar tan horrendas desgracias.
Barrió
las esquirlas de la ampolleta con cuidado y las retiró con una pala de mano.
Cuando echó los trozos en una bolsa, notó que su pulso irregular hacía que su
mano derecha le temblara como la cola de una serpiente cascabel. Pero no era el
miedo lo que le provocaba tan repentina
reacción, era el deseo, el anhelo, el poder que palpitaba dentro de sí mismo,
el poder de doblegar voluntades.
Entonces
pensó en Margaret Brigham. En su cabello cobrizo, casi rojo, en sus ojos
profundos, en la sonrisa cordial que le elevaba con distinción sus pómulos
pulidos. Su fascinación lo llevó a pensar que quizás podría sacar provecho de
su don. Quizás podría sacar de en medio los obstáculos que la vida le había
impuesto y por fin tomar las riendas de todo, hacer las cosas a su manera, a la
manera correcta.
Recordó
lo que había sucedido durante el culto de las
diez de la noche. Cuando decidió ir con su mejor ropa, su mejor sonrisa y su
mejor biblia (Ralph White tenía veintidós biblias diferentes). Recordó la cara
de Tobias Brigham, recordó cómo se había acercado, rodeando a una multitud que
se despedía, para apartarse con él a un rincón alejado. Recordó la amenaza
velada “Margaret, mi hija, mi querida
Margaret, no se involucrará con usted, de ninguna manera. No la saludará, no le
sonreirá y no pecará con su mirada. Lo he visto, husmeando la pulcra humanidad
de mi muchacha. Soy un hombre de Dios, pero mi temperamento tiene límites… y
hasta Dios quema a sus hijos cuando es necesario”.
Cuando
vio la imagen de Margaret alejándose entre la multitud, desapareciendo sin
dedicarle ni una mirada, sin siquiera despedirse; Ralph White se retiró de la iglesia,
a paso apresurado, como si escapara de un incendio devorador.
Las
noticias de la mañana solo lo deprimieron más. Cada día era lo mismo, una
muerte por aquí, una balacera por allá, ¿por qué no, una violación?, una guerra
en algún país bajo, un político acusado de infidelidad. Raph White anhelaba
escuchar algo como: Un huracán de
proporciones se acerca a Maine y tendrá su mayor foco en Chamberlain. Imaginó
su casa desapareciendo entre el vendaval, imaginó la iglesia, imaginó
nuevamente a Tobias Brigham, pero intentando respirar a la mitad de un caos
espiral.
Su
fantasía fue interrumpida por un moderado Ding
Dong, proveniente de la entrada.
Del
otro lado de la puerta, la penúltima persona que quería ver en toda la tierra
(después de Tobías), su tediosa vecina, Ruth Hemingway.
—¡Buenos
días! —la sonrisa era tan perfecta, tan odiosa, tan forzada, que Ralph sintió
una necesidad urgente de romperla de un puñetazo. Contuvo su ira y respondió
con postura reticente:
—Buenos
días.
—Me
preguntaba si…—cuando Ruth titubeaba solía frotar la punta de su viejo delantal
entre su dedo índice y el pulgar—. Me preguntaba si le importaría ayudarme con
un problema que tengo en el garaje, son unas cajas que llegaron hace poco, pero
no quedaron bien acomodadas. No le pediría ayuda si no fuera usted tan fuerte,
o eso supongo—la condescendencia que salpicaban sus palabras era atenuada por
la timidez reinante en su timbre de voz, de modo que Ralph aceptó a
regañadientes.
La
casa de Ruth Hemingway era, a diferencia de la casa de Ralph, un festival
visual de matices vívidos. Amarillo, rojo, verde y azul se mezclaban en tantas
partes que le conferían a la fachada un toque lúdico propio de los jardines
infantiles.
Cuando
entraron al garaje, la foto de un Cristo crucificado hizo que Ralph pestañara,
como si la luz de un foco se hubiera prendido de golpe. Una visión le hizo
arder la frente, era la imagen del mismo Cristo, pero dentro de un armario
oscuro, sintió una sensación repentina de claustrofobia, quería escapar de ese
lugar. Cuando su vista se aclaró, notó que yacía tirado en el suelo y el rostro
de Ruth le miraba con preocupación mientras ésta gritaba “¡Ayuda!”.
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