lunes, 3 de febrero de 2014

Capitulo 1: La iglesia impura



Ralph White miró con desdén la cara de Rut Hemingway, una señora de cuarenta y tantos cuyo acento sureño le resultaba inexplicablemente repugnante. Las manos huesudas de ella se plegaban bajo una bandeja redonda sobre la cual una docena de galletas caseras parecían temblar con ligereza. 

—No hay mejor manera de dar la bienvenida que con galletas recién salidas del horno—Esbozó una sonrisa protocolar que fue secundada por palabras igualmente forzadas—.Mi nombre es Rut, Rut Hemingway, vivo en aquella casa verde limón.

—No hay necesidad—"verde limón, ridículo", pensó—.de verdad no hay necesidad.
—Insisto...—su pequeña boca quedó abierta y su cabeza se inclinó en señal de duda.
—White, Ralph White—extendió la mano de forma mecánica.

Rut sujetó la bandeja con su mano izquierda y extendió la mano derecha con actitud cortés. Ralph evitaba frecuentemente el contacto con otras mujeres, para él suponía un pecado el simple hecho de mirarles el cabello. Esta visión exagerada de las doctrinas más tradicionales fue lo que hizo de aquel saludo una falta de lo más impía que media hora después intentaría expiar por medio de dolorosas penitencias.
Cuando la mano de ella entró en contacto con la de Ralph, éste sintió una profunda incomodidad, una especie de choque eléctrico y punzante le dio de lleno en la nuca. Era culpa, odiosa y pérfida culpa; sentimiento que para él era tanto una carga como una bendición.

—Ruth Hemingway, trabajo en la tienda  Rupert Chlotes, si un día le interesa puede pasarse por ahí, le puedo hacer un descuento— miró a Ralph de forma incomoda, escudriñando en sus pupilas inertes, en busca de una respuesta positiva.

—Claro, porqué no—respondió él con la mirada cautiva en la nariz aguileña de Rut. 

Quizás no podía escucharla realmente, pero su mente abría inquietantes posibilidades; podía escuchar la respiración de Rut, como el aire entraba y salía, como aquellas ovaladas fosas nasales parecían contraerse y dilatarse al compás de esas exhalaciones infernales. Sintió de pronto la necesidad sofocante de tapar aquellos agujeros, quitar ese estruendoso sonido, liberar al mundo de aquella respiración constante.
Ralph le devolvió una sonrisa tensa cuya falsedad Rut no divisó en lo absoluto. Ella le devolvió una sonrisa complaciente y luego de despedirse se marchó a paso rápido, tarareando distraída mientras saludaba a la gente que pasaba por la calle.

Cuando bajo la mirada vio aquellas galletas frescas, el aroma era dulce, yacían cubiertas con una especie de chocolate amargo. Entró para comerlas mientras leía junto a la ventana, como lo hacía cada día exactamente a las tres de la tarde.
La casa de Ralph aún no estaba del todo ordenada. Se había mudado hace unas semanas y aún quedaba mucho por hacer. Las cajas yacían apiladas en el pasillo principal, algunos libros estaban dispuestos en hileras sobre los estantes, en su mayoría literatura cristiana clásica, tratados teológicos y algunas descabelladas obras que apoyaban la inquisición. 
Un cuadro de la última cena decoraba una pared grisácea en donde solo había una fotografía, la familia de Ralph. Su padre, madre, sus dos hermanas y él, de fondo una extensa pradera. Ralph White era el único con vida. Vendió todo el terreno que antes había pertenecido a su padre para costear la casa y varias comodidades.

Acercó el sillón a la ventana, posó la biblia sobre un pequeño pedestal y comenzó a leer detenidamente mientras comía las galletas. El sentimiento de culpa fue aumentando a medida que avanzaba en el libro de Lucas. 

Extracto de "El caso de Ralph White"- Revista Sunshine 1960

"...nos pareció de lo más extraño, jamás un paciente había respondido de esa manera al tratamiento. El señor White dice tener revelaciones del cielo, pero estamos considerando seriamente la posibilidad de algún trastorno de la percepción. Inquieta de igual manera el modo en el que uno de los encargados de la seguridad el Señor White se hirió a sí mismo con una tijera; varios cortes en las piernas, suponemos que el estrés lo alteró pero existe una..." 



El líquido ácido salió expulsado grotescamente, Ralph se tocaba  la campanilla y el vomito adquiría una tonalidad cada vez más infecta.
"No está bien, no está bien", pensaba mientras intentaba expulsar cada migaja de galleta ingerida. 
Cuando terminó su cara había adquirido matices cadavéricos. Se apoyó sobre el muro del baño y se miró en el espejo.
—Debe ser limpiado, ¡debe ser limpiado!—se incorporó con pocas fuerzas y caminó hasta la cocina.


Se apoyó con la mano sobre el muro para poder guiarse, mientras dejaba una estela de baba y suciedad impregnada por donde pasaba los dedos. Bajo el brazo derecho la biblia yacía como parte de su cuerpo.
Finalmente se sentó en una pequeña silla en una esquina y se apoyó sobre el lavaplatos. Su mirada dubitativa se intercalaba con expresiones de miedo, rabia y agonía. En sí era una escena bastante perturbadora, sobre todo porque al parecer Ralph White parecía disfrutar aquel caótico cambio de emociones y conflictos internos.

El día avanzó, eran ya las cinco de la tarde y Ralph permanecía en la cocina discutiendo consigo mismo múltiples formas de castigarse por haber sido tan "próximo" con una mujer desconocida. Era un día Domingo, de modo que el trabajo no era motivo para abandonar su desquiciada meditación.
El mantel plástico que cubría la mesa ahora estaba rasgado por doquier y numerosas canciones religiosas se escapaban como un balbuceo moribundo que inundaba el entorno de desdicha y tristeza.

"La carne es pecado, el hombre es carne, el hombre es pecado"
El reloj de la sala de estar sonó de repente pero no pareció afectar la concentración de Ralph.
"El que habita bajo el abrigo del altísimo, morará bajo la sombra del omnipotente"
Al cabo de una media hora el teléfono suena.
"Expiar es un deber, mi deber..."
Su mirada fanática permanecía clavada sobre las hojas, el dedo índice se desplazaba a una velocidad demencial. Los versículos se intercalaban con artículos de conspiración política, imágenes de cristo y varios recortes de periódicos. 
El teléfono volvió a sonar. Su respiración se aceleró. La mano presionó con tal fuerza el aparato, quizás porque se imaginó por un instante el frágil cuello de la señora Hemingway cediendo ante el ímpetu furioso de sus dedos. Permaneció en silencio, aguantando por un instante la respiración.
—¿Hola?—La voz era ronca, intensa. 
—Diga
—¿Ralph? ¿Eres tú?
Reconoció inmediatamente aquel tono, aquella frecuencia áspera impresa en cada palabra. Era su hermanastro, Victor.
Victor White era  pintor y fotógrafo. Pertenecía a una familia bastante liberal en la que Ralph nunca pudo encajar debido a su particulares limitaciones filosóficas.
Cuando la familia original de Ralph murió en un accidente de tránsito, pasó parte de su adolescencia en un orfanato. Nunca fue de muchos amigos; mientras varios de los chicos del Golden Wing pasaban largas horas en el patio o jugando en los pasillos, él permanecía enclaustrado en una fortaleza de libros religiosos pertenecientes a una monja que solía visitarlos cada invierno.

—Victor, ¿Por qué llamas?, ¿Cómo conseguiste el número?
—Nunca me dijiste que te mudarías, pude ayudarte con el traslado.
—No era necesario. No tienes porque ayudarme—El tono de voz se tornó levemente defensivo.
—Ralph…—calló por unos cinco minutos—.Solo quiero que sepas que…
Colgó sin dudarlo, con una mueca agría y despectiva.

El teléfono sonó nuevamente, lo levantó y dejó caer sin pensarlo dos veces.


16 de Abril de 1934  Periódico semanal de Chamberlain, extracto:

…Louis Hale, una dedicada monja muy querida por la comunidad fue encontrada muerta este Lunes a las 15:45 hrs en el patio del orfanato Golden Wing. El cuerpo presentaba diversos rasguños que según los detectives fueron provocados por sus propias uñas. El cuerpo presentaba quemaduras y cortes cuyo origen…

—¿Ya conocieron a Ralph?
Amanda y Carl White respondieron “si” con una sincronía perfecta.
—Es un chico muy curioso. Le gusta leer y parece ser muy religioso. Quizás somos aquello que necesita—agregó Amanda White estrechando la mano de su esposo con esperanza.
—Me parece un buen muchacho, solo necesita un lugar adecuado—sonrió a su mujer y a continuación agregó—:Lo visitaremos semana por medio para conocernos mejor. Si todo sale bien el próximo Jueves tendremos un nuevo White en la familia.

El matrimonio de los White era la personificación viviente del sueño americano. Él era un abogado de éxito y ella una maestra de instituto. Su hijo Victor estudiaba en una academia de arte. Sonreir era una costumbre que el tiempo había consolidado como tradición para los White.
Vivían en una cómoda casa en Chamberlain. Sus vecinos los conocían por su radiante optimismo y espíritu solidario. De alguna manera toda esa aura idílica y de extrema felicidad, era para Ralph una fachada hipócrita y sin sentido; pero nunca lo manifestó abiertamente. Se limitaba a orar por las almas perdidas y descarriladas de su nueva familia.

Llevaban más de una hora conversando y Carl White aún no estaba seguro de haber hecho un avance significativo con Ralph, que en aquel entonces tenía siete años.
—¿Algún deporte?
—No.
—Ves televisión
—No.
—¿No ves televisión? —Carl se mostró sorprendido.
—No, no veo televisión—el rostro de Ralph mezclaba la historia de una infancia difícil con un pesimismo lóbrego.
Guardaron silencio por varios minutos más. Ralh leía un pasaje del apocalipsis.
—¿Qué lees?
—El apocalipsis
—¿De qué trata?
Carl intentó crear una apertura pero lo detubo una respuesta inquietante.
—De cómo los pecadores arderan por sus faltas, como el fuego los liberará de su miseria, de sus errores.

Eran palabras de peso para alguien de siete años. Carl se sintió incomodo, pero luego se convenció de que era solo un chico buscando respuestas. De seguro leía de todo y cruzaba por alguna crisis existencial propia de la edad.

El orfanato Golden Wing consistía en una enorme casona de diseño alemán. La madera reacia al frío presentaba un color marrón que le otorgaba la apariencia de una fortaleza doméstica. Las habitaciones de los huérfanos estaban distribuidas a partir del sgundo piso. Cada cuarto poseía cuatro literas y dos muebles de apariencia modesta que generalmente se usaban para guardar ropas viejas y juguetes donados.
El único cuarto que solo poseía una cama era el de         Ralph. En aquel espacio vivió durante seis años. De los cuales dos fueron los peores de su vida. Entre 1930 y 1932 el padre Ismael  Duke realizó frecuentes visitas al orfanato Golden Wing y en cada una de ellas solía frecuentar al retraído Ralph.

—Está bien, es bueno que te guste leer—dijo Carl apoyando su mano en el hombro de Ralph. Éste se estremeció y bajó la mirada—.Volveré mañana junto con Amanda, hasta luego Ralph.

—Hasta luego Carl—murmuró con la cabeza gacha.

Sonó el despertador, eran las siete.

Ralph se duchó mientras cantaba un salmo. Frente al espejo ejecutó una minuciosa limpieza; primero los dientes, hilera por hilera, luego cortó algunos pelos que sobresalían de su nariz, limpió los odios como si se tratara de  las más finas piezas de relojería. Deslizó una peineta reiteradas veces hasta conseguir la apariencia pulcra de un oficinista, le gustaba estar presentable, incluso cuando sabía que estaría varias horas bajo el sol y con un casco sobre su cabeza.
—Buenos días —el portero dejó entrar a Ralph
—Buenos días Dennis.

El nuevo gimnasio del Colegio Ewen era altísimo, el techo estaba conformado por varios arcos metálicos que le conferían un aspecto de cúpula. Y Ralph White participaría durante varias semanas en su edificación.







Los compañeros de trabajo de Ralph mantenían una relación distante para con el fanático religioso. Pero no era solo su obsesiva fijación por la figura crucificada de Cristo lo que los mantenía distantes, había algo más, el brillo plateado del cañón de un  revolver recién pulido se asomaba parcialmente por la chaqueta de Ralph White. Aquel oscuro y letal artefacto repelía toda burla e invitación para tomarse unas cervezas heladas al salir del turno.
Nunca se supo porque razón llevaba el arma a todas partes y nadie nunca tuvo el valor suficiente como para preguntárselo.
Eran las siete de la tarde. La jornada había terminado. 
"Hasta pronto", "Nos vemos mañana"; para Ralph todas aquellas palabras eran intentos fallidos por sacarlo de su "rectitud" e incluso cuando uno se atrevió a decirle "Que Dios te bendiga", lo consideró como una muestra burda de condescendencia y engaño.


Caminó por la calle recitando diversos pasajes de la biblia, ensimismado y a paso moribundo. De pronto algo lo sacudió por dentro. A lo lejos podía escuchar una canción muy conocida para él, era la inconfundible melodía de un góspel. Pero con un toque más sobrio y lento, más sumiso, para el juicio de su oído: correcto.

Y los infieles arderán, las llamas todo lo limpian ya,
Y los hijos del padre danzarán, libres de pecado estarán...

Sintió un ardor que energizó sus pasos. Sus ojos se abrían camino en medio de rostros desconcertados que lo veían avanzar cautivado por la canción en su cabeza.


Que el injusto lo siga siendo,
que el justo se mantenga firme.
Porque cuando él venga, 
Los impíos estarán ardiendo...

Cuando llegó a la fuente de  su obsesión se encontró frente  a una modesta casa, más marrón por el paso del tiempo que por el color de la pintura que caía precariamente sobre un césped mal cuidado. La música lo estremecía y la letra seguía germinando ideas de una moral inalcanzable y castigos irónicos dentro de su retorcido cerebro.
Decidió entrar. Sabía que dentro de aquella casa encontraría gente que compartía su visión, gente con la que podría purificarse a sí mismo para luego purificar a los demás. Era su destino. Tenía que serlo.

Se asomó por el dintel de la la puerta lentamente y se encontró frente a un  rostro de mujer. 
Era de tez pálida, ojos verdes y un pelo cuyo brillo cobrizo se difuminaba con rastros de un rojo tenue. Su nombre era Margaret Brigham. 

 Nota: Sí, Margaret Brigham es la madre de Carrie.

De pronto Ralph White se vio rodeado de voces alegres y sonrisas complacientes, no como las "falsas" máscaras de sus compañeros de trabajo, ni tan ácida como la expresión de de Ruth Hemingway, a quien por cierto, ya le tenía un asco irremediable. "Verde limón", recordó con una mueca exagerada.
Mientras él expulsaba con reticencia la imagen de Ruth en su cabeza, el resto de los "hermanos" comenzaron a leer la biblia en voz alta y al unísono. Era un sonido tétrico, seco, carente de voluntad, áspero y mecánico. Ralph se sabía aquel versículo de memoria, de modo que lo recitó con la mirada fija en un mural descascarado.

En las líneas que surcaban su recuerdos, se relataba la historia de como Dios castiga a un hombre que va en busca de leña durante un día en el que estaba prohibido cualquier tipo de trabajo. Ralph se sintió conmovido de cierta manera, pero la lágrima que estuvo a punto de escapar por el borde de su párpado fue sofocada por una mirada densa. En las bancas contrarias, donde se sentaban las mujeres, Margaret se le quedó mirando por un segundo, luego apartó la mirada con nerviosismo y de pronto un sentimiento de culpa equivalente a tres sacos de harina comenzó presionar sus hombros femeninos. La mujer se arrodilló a orar. Una sonrisa involuntaria e inocente se ocultó entre sus manos devotas.
Ralph White pensó que tendría que volver a sufrir el martirio de olvidar sus instintos bajos, pero esta vez no se sintió mal, en lo absoluto. Se sintió dichoso. Se sintió feliz.

Cuando el culto había concluido comenzó un sinfín de despedidas afectuosas y charlas casuales. Todas aquellas muestras de sociabilidad teñidas con un distanciamiento que rosaba lo robótico.
Muchos se acercaron a Ralph para darle la bienvenida. Entre todos ellos se encontraban un hombre alto con un corte militar que le otorgaba una apariencia imponente a sus canas prematuras, su nombre era Tobias Brigham, el líder de la Iglesia Fundamentalista de Chamberlain.
Tobias le dio un apretón de manos manteniendo una distancia considerable con Ralph.

—Que Dios te guarde en su santo reino—Se acomodo la corbata con la mano izquierda mientras retiraba la derecha con lentitud—.¿Cuál es tu nombre?

—Ralph White, mucho gusto en conocerle...—Hizo una pausa que fue secundada por la rasposa voz de Tobias.

—Tobias, Tobias Brigham—Dijo, haciendo especial enfasis en la "S" y en la "B".
Se quedaron mirando por un instante. De cierto modo Ralph ya lo respetaba, Tobias parecía ser de aquellos líderes que ,según Ralph, el mundo necesitaba. 
—Hasta pronto Ralph, esperamos verte con más frecuencia por acá.
—Delo por hecho—Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía con tanta naturalidad y soltura.

Una fila interminable de personas se despidieron de Ralph. De pronto, vio como una cabellera cobriza y una tez pálida se acercaban, con belleza rotunda e inusual.
Margaret era hija de Tobias. Por aquella misma razón, aquel hombre esperó parado en la puerta, con mirada de halcón sobre su única hija, el destello vivo de lo que había sido su difunta esposa.

—Es...—Se aclaró la garganta mientras presionaba contra su estómago una biblia de cuero negruzco—.Es bueno verte por acá—Trago saliva involuntariamente y un manto rojo se desplegó sobre sus pómulos angulosos—. No es que te conozca ni nada, osea, quiero decir... es bueno que tengas fe y que...—No supo continuar.
—Es importante tener un lugar a donde encontrarse con Dios—Dijo, intentando no apartar la mirada de  la frente de Margaret. Quería evitar a toda costa sus ojos azules, aquellos perfectos astros marinos. 
—Hasta pronto—Dijo ella, caminando a paso corto y acelerado.
—Hasta pronto—Dijo Ralph.

Eran las seis de la mañana. Sabía que el despertador sonaría a las siete y que escucharía el comentario irónico de algún locutor de radio o el comercial de una pastilla milagrosa para la concentración. No le importaba.
Pasó el cuchillo con brusquedad, esparciendo la mantequilla que se derretía poco a poco hasta ser absorbida por el pan recién tostado. El olor a café lo reconfortó. Se sentó en la pequeña mesa dispuesta en el centro de la cocina e intento olvidar. Necesitaba olvidar.
El esfuerzo era doble aquella mañana. ¿Por qué? pues, el sueño que había tenido con Margaret Brigham había sacudido su "rectitud".

Se duchó, y ahí estaba ella. Se vistió, y a su lado ella también lo hacía. Salió por la puerta y antes de que su pie izquierdo tocará el exterior, imaginó que alguien se despedía de él. Comenzó a preocuparse de verdad. Esto era algo serio.

La construcción del gimnasio del Colegio Ewen adquiría cada vez más solidez. Los arcos que constituían el techo se erguían como aureolas metálicas. 
Ralph se subió a una viga y procedió a fortalecer algunas uniones.

—¡Sr. Ralph!—Una voz autoritaria lo sacó de su trance laboral.
Miró hacia abajo y vio a un oficial de policía que lo miraba con los ojos entrecerrados. 
—¿Algún problema, oficial?
—Necesito hablar con usted, Sr.White. 

Cuando estuvo abajo el oficial le hizo señas para que lo siguiera a un sitio apartado.

—Recibí el reporte de uno de sus compañeros de trabajo. ¿Está usted usando un arma?, ¿Aquí, en la construcción?—Inquirió el policía con una expresión híbrida de desconcierto y reprobación. 

—No llevo armas, soy cristiano, las armas son para matar. Yo no mato—Dijo Ralph, con un tono que sugería el inconfundible aspecto de un discurso memorizado.

Luego de que el policía revisará su chaqueta, su bolso, casillero y por último, al propio Ralph, se rascó la cabeza y dijo:
—Supongo que se habrán confundido—Su expresión no varió—.Recuerde que es muy peligroso llevar armas Sr.White.
—No llevo armas.
—Lo digo solo como recomendación previsora—Se acercó al comunicador enganchado a su camisa y dijo—:No tiene nada.
Ralph notó con asombro como tres hombres con miradas lancinantes se daban media vuelta y se subían a un coche patrulla.

Se sintió más irritado de lo normal. Comenzó a buscar rostros culpables  o temerosos. Pero era difícil encontrar a alguien, todos parecían ocultar algo, todos lo miraban pensando "¿En qué se habrá metido el loco de White?", "Siempre supe que era drogadicto, es demasiado raro", "de seguro abuso de una menor, siempre supe que era un depravado". 
La jornada fue larga. Pesada. Ralph se retiró invadido aún por un sentimiento de furia que le hacía arder por dentro. Una vena con forma de v palpitaba sobre su frente sudorosa.
Caminó y caminó.

Ahí estaba, la iglesia. Ahí estaría Margaret. No podía evitar pensar en ello. Se sintió mal. Había estado tan distraído con aquellos ojos azules, que había olvidado por completo llevar su revolver con él. Pero luego pensó que si no fuera por la visión quimérica de Margaret en su cabeza, probablemente ahora estaría en problemas. 
Tenía que contarle. 

El culto estaba a punto de comenzar. Ralph se vistió rápidamente con su mejor ropa.
Era una noche de 25 de Julio. Algunas cosas cambiarían.



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